BOLSONARO

Más de la mitad de los bosques del Amazonas fueron degradados por el hombre

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Más de un tercio de los bosques del Amazonas fueron degradados por la actividad humana, una extensión diez veces superior a la del Reino Unido, advirtió un equipo de 35 científicos en un artículo publicado en la revista Science.

La degradación se diferencia de la deforestación en que el uso de la tierra afectada no cambia -es decir, que continúa siendo bosque-, a pesar de que desaparezcan la mayoría de árboles y la vegetación.

Y explicaron que las principales causas de degradación identificadas son los incendios forestales, la tala ilegal, los cambios en la vegetación que se producen junto a zonas deforestadas y la sequía extrema.

Los científicos agregaron que la cantidad de emisiones contaminantes derivadas de esta degradación es igual, o incluso superior, a la que se produce por la deforestación del Amazonas.

En concreto, encontraron que el 38% de la zona boscosa se vio afectada, temporal o permanentemente, por la actividad humana, una extensión diez veces superior a la del Reino Unido.

“A pesar de la incertidumbre sobre el efecto total de estas alteraciones, está claro que su efecto acumulado puede ser igual de importante que la deforestación en lo que se refiere a emisiones de carbono y pérdida de biodiversidad”, explicó uno de los autores, Jos Barlow, a través de un comunicado.

Los científicos estimaron que estos cuatro factores continuarán produciendo grandes cantidades de emisiones contaminantes, incluso si se elimina totalmente la deforestación del Amazonas, así es que propusieron crear sistemas de monitorización específicos que tengan en cuenta estas amenazas para el entorno, además de suprimir la tala de árboles.

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Lula remueve a jefes policiales en 18 estados y a 26 responsables regionales

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El Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil desplazó hoy de sus cargos a 18 jefes de la Policía Federal (PF) y a 26 de los 27 superintendentes regionales de la Policía Caminera Federal (PRF), después de haber despedido a militares afectados a la seguridad del Palacio del Planalto tras los ataques golpistas del 8 de enero.

El ministro de Justicia, Flávio Dino, oficializó la remoción de 26 de las 27 cúpulas regionales de la PRF, excepto la del estado de Piauí, ocupado de forma interina por Jairo Lima, y el cese de 18 jefes de la PF, entre ellos los tres más importantes, San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais.

El nuevo superintendente de la PF en Río de Janeiro es Leandro Almada, en el cuerpo policial desde 2008 y conocido por liderar una investigación que rebeló trabas en el esclarecimiento del asesinato de la concejal Marielle Franco, ocurrido en 2018, destacó el diario local Folha de Sao Paulo.

Para San Pablo, la mayor superintendencia del país, el elegido fue Rogério Giampaolli, que ya era jefe del Comando Táctico de Operaciones y actualmente estaba a cargo de la PF en el municipio paulista Sorocaba.

Para comandar la superintendencia en Paraíba se designó a Christiane Correa Machado, que ya fue jefa de la división antiterrorista durante cinco años y coordinó la protección contra atentados extremistas en el Mundial de 2014 y en los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro.

Respecto de la PRF, su imagen se vio afectada por una serie de acciones destinadas a favorecer la votación de Bolsonaro en los comicios de octubre de 2022, cuando se obstruyó el paso de micros con electores de Lula en estados de la región nordeste.

El exdirector de la PRF, Silvinei Vasques, un oficial cercano al expresidente Jair Bolsonaro, es investigado por la Justicia Federal.

Además, en mayo del año pasado, agentes de la PRF arrestaron y asfixiaron, en Sergipe, al motociclista Genivaldo Jesus Santos, que falleció dentro de un vehículo policial, hecho que encendió las alarmas sobre los procedimientos policiales.

La sustitución no vendría motivada por los ataques a los tres poderes de Brasil del 8 de enero pasado, informó Dino, que agregó que la decisión había sido debatida en la etapa de transición del nuevo Gobierno de Lula da Silva.

Sin embargo, previo a estos cambios dentro de la Policía, el Gobierno de Lula había modificado los gabinetes de seguridad encargados de custodiar el Palacio del Planato, sede de la Presidencia, y el Palacio de la Alvorada, la residencia oficial, tras los ataques golpistas.

Ese 8 de enero, el Gobierno brasileño decretó la intervención federal de la Secretaría de Seguridad Pública de Brasilia por “omisión” de la policía local ante el accionar de los grupos extremistas.

Dino defendió la “desbolsonarización” de las fuerzas de seguridad y declaró que “lo opuesto de una policía bolsonarista es una policía legalista, nadie puede sabotear una operación policial por cuestiones ideológicas”, según recogió la agencia de noticias ANSA.

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Brasil, rehén de Bolsonaro

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Las represalias de las derechas latinoamericanas no se quedan en un simple comentario en redes sociales, sino que se manifiestan en las calles. Tal es el caso de Brasil, en donde los bolsonaristas asaltaron las sedes de los tres poderes. El crecimiento de la influencia ideológica para semejante arrebato a la paz institucional tiene nombre y apellido: Jair Bolsonaro. 

El Congreso, Planalto y el Supremo Tribunal de Justicia en Brasilia fueron asediados por seguidores bolsonaristas, quienes, con afán de irrumpir el orden público, se llevaron por delante lo edilicio, lo artístico que decoraba los recintos, pero lo más importante, el respeto a las instituciones democráticas. La condena internacional hacia los hechos ocurridos en la capital brasileña la semana pasada, parece no encontrar total aceptación en el propio país de los sucesos golpistas. Tal es así, que la figura de Bolsonaro es la representación máxima de una porción grande de la sociedad, y que, como figura principal, sirvió de instigador para provocar estos asaltos. 

Fotos de Gabriela Bilo, Fotojornalista de Folha de S. Paulo cubriendo política em Brasília.

Justamente, en Brasil, y sobre todo dentro del oficialismo, apuntan hacia el ex presidente. Pero no solo como un opositor partidario, sino como una verdadera amenaza para la democracia. A tal punto, que su retorno a Brasil es una incógnita, y varias versiones giran en torno. Por un lado, el fantasma de la extradición, que podría tomar curso legal, y, por otro lado, la decisión estadounidense en mano de congresistas demócratas, exigiendo que se le revoque la visa diplomática. Más allá de eso, el concepto no busca diluirse en hipotéticos escenarios. Sino más bien, en la construcción de un fenómeno que hoy toma entidad y que amenaza seriamente al curso democrático de Brasil. 

Cuando se afirma que el vecino país es rehén de Bolsonaro, no se refiere al hecho de que no haya gente que pueda pensar de otra manera, o al hecho de intentar forzar la preferencia por el Partido de los Trabajadores, quién como todo ente que ejerció el poder tiene tópicos cuestionables. Aquí se va mucho más allá, y es al irrespeto total de las instituciones. El bolsonarismo, siendo gobierno y siendo oposición, marcó su agenda por el descrédito del sistema que eleva las voluntades populares al manejo estatal. Su posicionamiento como un cúmulo de “outsiders anti – comunistas”, solo profundizó aún más a la noción anti – Estado, que lejos de una premisa del anarquismo clásico, aboga por ampliar la diferencia entre los ricos y los pobres, casi como si se tratase de una suerte de darwinismo social, en donde se privilegie a los que mejor se adaptan a la jungla de concreto en sociedad. 

El disparate del total desprecio del bolsonarismo por el modelo democrático esconde una cuestión aún más oscura. Son férreos defensores de la sangrienta dictadura que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. Básicamente, defender eso es estar de acuerdo con las desapariciones, con las disidencias, con los que piensan distinto, en otras palabras. Y no es tan distante al accionar poco tolerante que explicita hoy en día el bolsonarismo en términos de libertad de elección. Cierto es, Bolsonaro no promulgó un sistema de operaciones de terrorismo estatal en donde desapareció sistemáticamente a un grupo de personas, pero su afán por no aceptar a las voluntades populares, movilizado por las redes sociales y la falta de filtros en una sociedad cada vez más alejada del criticismo, resulta en un caldo de cultivo ideal para generar una fuerza de choque que, en este caso, responde a los intereses de la derecha más conservadora y recalcitrante que accedió al poder en América Latina en los últimos años. 

De esta forma, casi como en efecto en cadena entre el pastor y su rebaño, Bolsonaro al no aceptar su derrota en las urnas con Lula da Silva, solamente extendió esa incomprensión libertaria a sus seguidores. Las consecuencias están a la vista de todos y podrían continuar. De hecho, lo que se vio hasta el momento del bolsonarismo lejos está de ser lo último. Es solamente la punta del iceberg de un movimiento que acapara a millones de brasileños y que responden a la (i)lógica del ser apolítico. Esta manifestación es solo el vaciamiento de un orden crítico, y en donde pareciera ser que se marca una grieta lo suficientemente grande como para tragarse a todo Brasil: Lula o Bolsonaro – Bolsonaro o Lula. 

Sin embargo, el bolsonarismo lejos de ser una expresión nacional o, inclusive, regional de la derecha, tiene manifestaciones internacionalistas. Básicamente esto se desprende de dos lecturas. En primer lugar, es efecto de una conjunción ideológica en bloque, a modo latinoamericano. Es decir, donde existe un Bolsonaro, existe un Macri, existe un Lacalle Pou, existe un Lenin Moreno y existe una Jeanine Añez. Inclusive existen manifestaciones de esta nueva derecha de América Latina que no llegaron al poder principal de un país, pero están presentes en el espacio público y son grandes propaladores de este anti – estatismo, como por ejemplo Javier Milei o Luis Fernando Camacho (este último se encuentra detenido en Bolivia por su participación en el golpe de Estado de 2019). Este bloque fue una respuesta a un desgastado Socialismo del Siglo XXI que no supo renovarse a tiempo para mantener unida su hegemonía regional.

Además de ello, hay una definición un tanto más alejado de nuestro bloque latino. Esta lectura responde a la presencia y la fuerte huella que dejó Donald Trump en Estados Unidos. De hecho, el trumpismo es una imagen “primermundista” del bolsonarismo. Los seguidores del ex presidente de EE.UU. se caracterizan por tintes racistas, xenofóbicos, anti – democráticos, defensores del uso de armas en civiles, entre otras aristas. Estas semejanzas se hacen aún más evidentes cuando se compara la reacción de sus líderes al perder las elecciones y lo que provocó en sus seguidores. En el caso de Trump, el asalto al Capitolio, y en el caso de Bolsonaro, el asalto a los edificios de los tres poderes en Brasil. Líderes mesiánicos que responden al discurso con mayor prevalencia en la derecha. 

Este conservadurismo político llegó renovado, con una versión más versátil, para jóvenes y adultos, con una imagen más “benevolente” y “cool” por el uso de redes sociales, pero manteniendo la premisa golpista que siempre lo caracterizó. Claro está que existen diferencias entre las derechas, aunque su espíritu de revanchismo ideológico se mantiene intacto, como si se tratará de años de la Guerra Fría, donde el mundo era una “izquierda o derecha” constante, o aún peor, un mundo en donde, según estas nuevas derechas latinoamericanas, no existe el otro, ni la otredad, ni la diferencia. 

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Marcar el camino

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El intento de golpe de Estado en Brasil debe poner en alerta a toda la región. No es sólo la expresión trasnochada de un bolsonarismo residual, sino el germen de una enfermedad que se expande. Esa infección se alimenta de una radicalización política que pretende validar posiciones a partir de la exterminación del otro.

El intento de copamiento del Congreso brasileño es una historia que se repite como tragedia y como farsa al mismo tiempo. Bolsonaro es un émulo de Donald Trump. Sus fanáticos copiaron al detalle el copamiento del Capitolio, incluso con pintorescos disfraces. ¿Son unos locos sueltos? No. Son una representación de facciones que desprecian la política y quieren imponer sus ideas a pesar de la voluntad popular. Las trayectorias se retroalimentan. Libretos y discursos calcados. Desprecio por el voto cuando éste le da la espalda. La historia se repite, la primera vez como tragedia, las sucesivas como farsas. Pero a veces, las repeticiones a modo de farsa, pueden ser más terroríficas que la tragedia original, como reseña el filósofo Slavoj Žižek.

Basta escudriñar quienes evitaron repudiar el ataque a Lula. Javier Milei minimizó el copamiento del Congreso brasileño como una “masiva protesta” para frenar “medidas dictatoriales” de un presidente recién asumido. Mauricio Macri comparó el ataque con el pedido de juicio político a los jueces de la Corte Suprema, al que consideró “igualmente brutal” que la invasión al parlamento brasileño. Patricia Bullrich fue más allá. Dijo que el presidente Alberto Fernández solo podía hablar de Brasil “el día que retire el pedido de juicio política a la Corte”. “Demócratas con otros países y autoritarios aquí”, insistió la presidenta del PRO. 

De allí para abajo, en la alianza Cambiemos, repitieron el libreto. 

Pero no es posible comparar un intento de golpe de Estado con un mecanismo constitucional -justamente quienes se dicen apegados a ella- mediante el cual se puede juzgar por mal desempeño y eventualmente destituir al presidente de la Nación, el vicepresidente, el jefe de gabinete, los ministros del Gabinete nacional y los jueces de la Corte. Es letra de la Constitución. 

En los últimos cinco años hubo 49 pedidos de juicio político, todos por denuncias de mal desempeño, contra el presidente Alberto Fernández; la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner; ex ministros del gobierno de Mauricio Macri (2015-2019), como Juan José Aranguren (Energía) y Germán Garavano (Justicia); el ex ministro de Salud de la gestión del Frente de Todos, Ginés González García; el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández; y el canciller Santiago Cafiero, entre otros.

La última vez que el Congreso destituyó a funcionarios mediante juicio político fue cuando se inició el cambio de la Corte Suprema en el comienzo del gobierno de Kirchner, que impulsó el juicio político de cinco de los nueve jueces de la entonces “mayoría automática” que acompañaba a Carlos Menem: Julio Nazareno, Guillermo López, Adolfo Vázquez, Eduardo Moliné O’Connor y Antonio Boggiano. O’Connor y Boggiano fueron destituidos, curiosamente con un fuerte protagonismo de un futuro funcionario de Cambiemos, el radical misionero Hernán Damiani. 

Las causas -la historia se repite- fueron muy similares a las actuales. Alberto Fernández acusa a los cortesanos por el fallo por la coparticipación que beneficio a Horacio Rodríguez Larreta en detrimento de las provincias, pero también se mencionan los fallos sobre el Consejo de la Magistratura, el 2 x 1, y hasta la crisis de la obra social de los judiciales. El pedido de juicio político destaca las irregularidades detectadas por una auditoría impulsada por el propio Máximo Tribunal.

En 2003, a Eduardo Moliné O’Connor se lo acusaba por “haber legitimado judicialmente un proceso administrativo fraudulento” en el caso Meller S.A; “invalidar la esfera de competencia propias del Consejo de la Magistratura, arrogándose facultades de otro órganos del Estado”, en el caso Magariños y por “obstruir el debido proceso legal respecto a la tarea de investigación por presunto contrabando” en la causa Macri, que era Franco y no Mauricio. 

Tras el pedido de juicio político de la Corte adicta que hizo Néstor Kirchner el 4 de junio de 2003, uno de los más entusiastas promotores fue el entonces diputado nacional Hernán Damiani -acompañado en varios tramos por la ascendente Lilita Carrió-. «Estoy muy agradecido que me haya tocado este tema, porque fui uno de los pocos radicales que tenía ocho años de jurado de enjuiciamiento y hasta con fama de verdugo. Sirvió la convicción», señalaba Damiani sobre Moliné O’Connor. Después, fue pieza clave en la destitución de Eduardo Boggiano a quien acusó de utilizar “la Justicia para darle la razón a los poderosos y al poder político” de la gestión menemista. Cualquier parecido…

Durante el interinato de Eduardo Duhalde, hubo otro intento, que fracasó. Entonces Damiani, cuyo último paso por la gestión pública fue ser el encargado del bluf Plan Belgrano para el NEA, fustigó al Gobierno porque “no se puede cambiar impunidad por gobernabilidad”. Hay mayorías y mayorías. Hoy el radicalismo no tiene el mismo protagonismo que logró Damiani. En el Congreso, Martín Arjol se limita a replicar los comunicados de la alianza Cambiemos. 

En Misiones, la UCR se siente cómoda en su papel secundario en la alianza. La expresión corporal El PRO elige lugares, el resto se acomoda. No hubo ninguna expresión en defensa del federalismo ninguneado por el fallo de la Corte que premió a Horacio Rodríguez Larreta, uno de los candidatos presidenciales que comenzó el desembarco de sus equipos en la tierra colorada. Pero ese premio, es al mismo tiempo una debilidad para el intendente porteño. Lo sufrió en las playas bonaerenses, de donde lo corrieron a los gritos “por llevarse el dinero” de las provincias”. Esa debilidad es aprovechada por Bullrich y por el propio Macri, que, también en la playa, dejó una frase hacia la interna: “Yo estoy en el ring y voy a pelear hasta el último día”. 

La campaña de Cambiemos se alimenta del desempeño del Gobierno. Celebraron como un triunfo político el dato de la inflación de diciembre, que llevó el acumulado a 94,8%, el mayor valor desde la hiperinflación. Como si el país sufriera amnesia colectiva: sin pandemia ni guerra en el medio.

Macri dejó la inflación más alta en casi tres décadas, con 53,8% en 2019. El líder de Cambiemos también rompió el récord de 1991 y dejó una inflación acumulada de 295,7%.

La inflación no es perjudicial únicamente para el bolsillo de los argentinos, sino para las proyecciones de las empresas y el costo de producción. Todo depende de ese indicador, cuyo impacto en las provincias es inevitable e incluso más grave que en el centro del país, lo mismo que las eternas asimetrías internas que padece Misiones: una empresa maderera gastó en 2022, la friolera de 6.340.984 pesos más que una de Capital Federal por el mismo combustible. Una enorme transferencia de riqueza hacia el distrito más rico de la Argentina.

La inflación también marcó una señal de alarma para Sergio Massa, después de dos meses de moderación. Sin embargo, el ministro de Economía prometió llegar a menos del 4% en abril, algo que no parece misión imposible. Moderar la inflación es vital para la supervivencia del Frente de Todos y para el futuro del propio Massa. 

Como sea el 2023, paradójicamente, no deja muchas opciones. Las propuestas son reflejos de lo mismo: centralidad, malos resultados y espalda a las provincias. 

Por eso la mayoría de los gobernadores decidió desdoblar elecciones. En mayo, Misiones definirá sus propios asuntos con certezas que no tiene la Argentina. La economía local pasa por uno de sus mejores momentos y el crecimiento de la actividad se refleja en el empleo, que está cerca de romper su techo, a pesar de los resultados nacionales. Ahí radica la la fortaleza de la Renovación, que, sin ataduras, impuso un modelo de gestión concentrado en resolver los problemas internos. Las oposiciones dependen de lo que manden desde Buenos Aires y eso se refleja en el nivel de aceptación y -en algunos casos-, hasta de conocimiento. La frase del gobernador Oscar Herrera Ahuad, durante la visita del ministro de Obras Públicas, Gabriel Katopodis, marca a las claras esa diferenciación. Al mismo tiempo que reclamaba más obras para el desarrollo interno de Misiones, que muchas veces no se ven, como las cloacas, o el agua potable, recordó que muchas se demoraron por el insensato rechazo de Cambiemos al Presupuesto 2022, que incluía un paquete de obras de cien mil millones de pesos.

Las encuestas marcan que Hugo Passalacqua y Lucas Romero Spinelli tienen una altísima aceptación, la misma que la gestión encabezada por el gobernador Oscar Herrera Ahuad. 

A diferencia de las oposiciones, la oferta electoral del Frente Renovador es clara: profundizar un modelo cuyos resultados están a la vista, con la incorporación de capas jóvenes, algunas de ellas con un puñado de años cuando la coalición vio la luz. Esos jóvenes son hoy los que asumen el protagonismo, como el propio Spinelli y decenas de candidatos a intendentes y concejales en los 78 municipios. Amalgama entre experiencia y juventud, como definió Carlos Rovira, las referencias renovadoras van desde la trayectoria en la gestión, como Carlos Arce, al frente de las preferencias para el Senado, o el recientemente incorporado Colo Vancsik, que podría ser candidato a diputado nacional. Como él, hay muchos profesionales que decidieron sumarse a la política para aportar desde sus especialidades. Este fin de semana formalizó su postulación el médico Francisco Ojeda, quien armó un equipo multidisciplinario para buscar la intendencia de Garupá. 

En las oposiciones, los nombres también empezaron a moverse en los municipios, pero algunos de los apellidos que suenan son los ilustres de siempre.

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Abultados gastos de Bolsonaro con tarjeta de crédito presidencial asombran a Brasil

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Los gastos con tarjeta de crédito presidencial de Jair Bolsonaro correspondientes a sus cuatro años de mandato causan asombro en Brasil por el volumen de dinero y de qué manera los implementó.

Los extractos de las tarjetas de la presidencia fueron publicados esta semana en una web oficial del gobierno de su sucesor, Luiz Inácio Lula da Silva, en el poder desde el 1 de enero.

En ellos se refiere más de 21.000 dólares en un modesto restaurante, casi 11.000 en una pastelería al día siguiente de la boda de su hijo y unos 1.700 en heladerías.

El actual gobernante de izquierda, que asumió por tercera vez, comenzó a levantar un secreto de 100 años impuesto por su predecesor ultraderechista sobre miles de documentos oficiales.

Un total de 27,6 millones de reales (unos 5,4 millones de dólares al cambio actual) se gastaron en el cuatrienio con esa tarjeta, que fue utilizada por 21 miembros de su equipo.

Si se tienen en cuenta los ajustes por la inflación, el gasto es casi la mitad del realizado durante el primer mandato de Lula (2003-2007), aunque el del líder de izquierda estaba relacionado principalmente a alojamientos para viajes al extranjero.

Pero este no es el caso de Bolsonaro, que no hizo de las relaciones exteriores una prioridad y que durante su gestión se jactó en varias ocasiones de no haber gastado “ni un céntimo” de la tarjeta de crédito presidencial, a diferencia de sus antecesores.

El portal de noticias local UOL, por ejemplo, descubrió que se gastaron 1,2 millones de reales (unos 235.000 dólares) en los 28 días de sus vacaciones oficiales al final de los años 2019, 2020 y 2021.

El 2 de enero de 2022 se efectuó un pago de más de 71.000 reales (casi 14.000 dólares) en una gasolinera del estado de Santa Catarina, donde Bolsonaro provocó un escándalo al practicar jet-ski mientras terribles inundaciones afectaban a varias regiones del país.

La tarjeta de crédito presidencial también se utilizó para pagar 1,46 millones de reales (más de 280.000 dólares) durante cuatro años en un hotel de lujo de Guarujá, un balneario cercano a San Pablo.

Según la página web del sitio de noticias G1, ese hotel hospedó a miembros del equipo presidencial mientras Bolsonaro se alojaba en un complejo militar.

El mayor gasto en comida es también el que suscita más preguntas: 109.266 reales (unos 21.400 dólares) gastados de una sola vez en un modesto restaurante de Boa Vista, en el estado amazónico de Roraima.

El monto es suficiente para pedir más de 2.000 veces el plato más caro del lugar: pollo asado con harina de mandioca (yuca), al módico precio de 50 reales (9,8 dólares).

La tarjeta de crédito de la presidencia también se utilizó para pagar más de 362.000 reales (71.000 dólares) durante cuatro años en una panadería de Rio de Janeiro.

La cuenta incluye 55.000 reales pagados de una sola vez el día después de la boda de Eduardo, el tercer hijo de Bolsonaro, y 33.000 en la víspera de una procesión en moto organizada por partidarios del exdignatario por las calles de la ciudad.

En total, se gastaron 8.600 reales (casi 1.700 dólares) en heladerías, en 62 compras en cinco establecimientos, recogió la agencia de noticias AFP.

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