El Papa León XIV, entre Babel y Jerusalén, hasta el alba
Una noche, un límite
La madrugada del 4 de noviembre no trajo solamente un recuento de bancas. Trajo una noticia más antigua y profunda: el poder, aun el más estruendoso, sigue teniendo límites cuando los pueblos deciden ponérselos. Los demócratas recuperaron el control de las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos y ganaron en territorios que parecían vedados (Texas, Georgia, Kansas, Iowa, Maine). En Kansas no elegían un senador de ese partido desde hacía noventa y cuatro años; en Texas, la gobernación cambió de manos después de tres décadas.
No me interesa aquí el festejo partidario, que es asunto de ellos. Me interesa lo que la elección enseña. La sociedad norteamericana votó contra el desempleo y la inflación, sí, pero también contra un modo de gobernar: la guerra de aranceles que castigó por igual a aliados y adversarios, la diplomacia del portazo, la convicción de que quien manda no rinde cuentas.
Y el sistema hizo lo que soñaron sus fundadores: los frenos y contrapesos funcionaron, y el propio presidente se declaró dispuesto a aceptar el resultado. Esa es, quizás, la mejor noticia de la jornada. No quién ganó, sino que la ley siguió en pie.
El derecho de la fuerza
Sería ingenuo, sin embargo, creer que una elección cierra una época. Venimos de años en los que la fuerza volvió a presentarse como fuente de derecho. La guerra contra Irán, que puso otra vez a Medio Oriente al borde del abismo y al estrecho de Ormuz en el centro de la economía mundial. Conflictos que se negocian como si fueran transacciones. Tribunales internacionales desobedecidos, ignorados o desfinanciados. Y un Consejo de Seguridad paralizado por el veto de los mismos cinco vencedores de 1945, que siguen administrando el planeta como si el mapa no hubiera cambiado en ochenta años.
Lo dijo con claridad León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, del 15 de mayo pasado: la fuerza del derecho internacional está siendo reemplazada por el supuesto derecho del más fuerte, y sus instrumentos (desde los tribunales de crímenes de guerra hasta los que dirimen controversias entre estados) son eludidos o debilitados. El resultado no es un orden multilateral sino, en sus palabras, “un multipolarismo desordenado y conflictivo”.
Los argentinos tenemos memoria de esta discusión. Juan Bautista Alberdi, el inspirador de nuestra Constitución, sostuvo en El crimen de la guerra que entre las naciones debía regir la misma justicia que entre las personas, y que la guerra no es un derecho sino un delito. Kelsen, en plena Segunda Guerra, propuso la paz por medio del derecho. No eran ilusos: sabían que la alternativa a la ley no es la libertad, sino la ley del más fuerte.
Por eso no se trata de demoler las instituciones internacionales, sino de reformularlas. Estructuras pensadas para el mundo de 1945 no pueden gobernar el de 2026. Hace falta un Consejo de Seguridad que represente al Sur global, límites al veto cuando se trata de crímenes contra la humanidad, jurisdicciones internacionales que no dependan del humor de los poderosos. Una verdadera comunidad de derecho, con límites, y no un club de fuerzas.
La técnica y sus pocos dueños
La otra gran batalla de esta época no se libra con tanques sino con algoritmos. La inteligencia artificial puede ser una bendición: diagnósticos más tempranos, educación al alcance de cualquier chico con un teléfono, una justicia más rápida y cercana. Quienes trabajamos en la modernización del Poder Judicial sabemos que la tecnología, bien orientada, acerca el Estado a la gente.
Pero la pregunta decisiva no es qué puede hacer la máquina, sino quién la gobierna. Por primera vez en la historia, el motor de la innovación no son los estados sino un puñado de corporaciones transnacionales con más recursos que la mayoría de los países. Ellas deciden qué vemos, qué compramos, qué creemos y, cada vez más, a quién votamos. Los datos, las patentes, las plataformas y los algoritmos se han convertido en la nueva forma de la propiedad, y se concentran en muy pocas manos.
Un detalle lo dice todo: al día siguiente de la elección, los mercados cayeron ante el temor de que el nuevo Congreso ponga más controles a la inteligencia artificial. Bastó la posibilidad de que la ley quisiera fijar reglas para que cundiera la alarma. Eso revela quién creía estar gobernando.
La nueva servidumbre no lleva cadenas: lleva términos y condiciones que nadie lee. Frente a ella, el derecho tiene que recuperar su función más antigua, que es poner límites al poder, venga de un trono, de un Estado o de un servidor en la nube. Y en la guerra, como reclama la encíclica, la decisión de matar nunca puede quedar en manos de una máquina.
La casa común
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que ciertas reglas parecían conquistas definitivas de la civilización: que el civil no es un blanco, que el hospital y la escuela no se bombardean, que el agua y el alimento no se usan como armas, que el refugiado tiene derecho a ser recibido. Hoy esas reglas se tratan como reliquias ingenuas de otra época. Recuperarlas no es un acto de nostalgia; es la condición mínima para seguir llamándonos humanos.
Lo mismo vale para el planeta. La crisis ambiental no reconoce fronteras ni ideologías, y no se resuelve con negacionismo ni con discursos. Desde Misiones lo sabemos bien: vivimos junto a uno de los últimos remanentes de la selva paranaense, sobre el Acuífero Guaraní y a la vera de un río que fue transformado por decisiones tomadas muy lejos de quienes habitan sus orillas. Cuidar la casa común es también un asunto de federalismo: que las provincias que custodian el agua, la tierra y el monte tengan voz en lo que se decide sobre ellos. La solidaridad, en definitiva, no es caridad. Es el reconocimiento de que nadie se salva solo, ni las personas, ni las provincias, ni las naciones.
El justo medio
Aristóteles enseñó en la Ética a Nicómaco que la virtud es un término medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y que ese medio lo determina la razón tal como lo haría el hombre prudente. Advertía también algo que solemos olvidar: el justo medio no es la tibieza ni la mediocridad. Es una cumbre, la más difícil de alcanzar, porque exige ver con claridad ambos abismos.
El mundo que se abre necesita esa prudencia. Entre el imperio de la fuerza que no rinde cuentas y el poder vertical que no se somete a la voluntad popular, como el que ejerce Xi Jinping desde Beijing. Entre la tecnofobia que niega el progreso y la tecnolatría que le entrega el alma a los algoritmos. Entre el idealismo que no mira los hechos y el cinismo que, porque la fuerza domina, concluye que debe dominar. La propia encíclica lo llama un sano realismo, y es Aristóteles puro.
¿Quién podrá mediar? Hay quienes leen ya que la derrota del proyecto de Trump deja un espacio abierto, y que en él crecerán Beijing y Roma. Tal vez sea León XIV quien ocupe ese lugar de autoridad moral: nacido en los Estados Unidos, pastor en el Perú, formado en la diplomacia vaticana, y que en estos días inicia una gira por Uruguay, la Argentina y el Perú. O tal vez no sea uno, sino varios: potencias medias, bloques regionales, una América Latina
que por fin hable con una sola voz. Pero conviene decirlo sin rodeos: el mediador no reemplaza al derecho. Lo hace posible. Ningún liderazgo, por luminoso que sea, sustituye a las instituciones que sobreviven a quienes las encarnan.
Entre Babel y Jerusalén
La encíclica de León XIV propone dos imágenes. Babel, la torre de los que quisieron llegar al cielo con una sola lengua, una sola técnica y un solo poder, y terminaron dispersos sin entenderse. Y Jerusalén reconstruida por Nehemías, donde cada familia levantó su propio tramo de muralla y la ciudad renació no por la obra de un salvador, sino por la responsabilidad compartida de todo un pueblo.
No es casual que la imagen sea Jerusalén. En Roma sigue en pie el Arco de Tito, levantado hacia el año 81 para celebrar la toma de esa misma ciudad; en sus relieves desfila el botín arrancado del Templo, con la menorá en andas. Ese arco se convirtió en el arquetipo de la arquitectura del poder: París, San Petersburgo, Londres y Nueva York lo imitaron a su turno, y ahora el presidente Trump quiso tener el suyo en Washington. Unos para honrar a los caídos, otros para contarse a sí mismos una grandeza que la historia no siempre confirmó.
Un arco de triunfo honra al que pasa vencedor por debajo. Una muralla reconstruida protege a los que viven detrás. Esa es, en el fondo, la diferencia entre la cultura de la fuerza y la cultura del derecho. Esa es la elección de nuestro tiempo. Y a cada uno nos toca nuestro tramo de muralla: al votante que pone límites, al juez que no se arrodilla, al legislador que regula lo que otros prefieren dejar sin reglas, a la provincia que defiende su río y su selva, al ciudadano que se niega a ser apenas un dato.
Que la fuerza vuelva a inclinarse ante la ley, como el río se inclina ante su cauce. Que la Constitución, esa palabra empeñada de los pueblos, vuelva a ser más fuerte que la espada del más fuerte. Que el federalismo, que es la forma política de la fraternidad, devuelva a cada tierra su voz. Hace casi cuatro siglos, en 1650, contemplando de lejos Jerusalén, el predicador inglés Thomas Fuller escribió que el punto más oscuro de la noche es el más cercano al alba. Tal vez sea esta la hora. Que cuando la noche de la fuerza termine, que siempre termina, nos encuentre de pie sobre nuestro tramo de muralla, con la Constitución en la mano y la esperanza encendida, mirando hacia donde nace el día.
