La modernidad, Milei y el futuro del trabajo
En distintas ciudades del mundo ya circulan automóviles que se manejan solos y hasta funcionan como taxis de aplicaciones. Uno se sube, indica el destino y el vehículo lo lleva sin necesidad de un chofer. Una maravilla de la tecnología. El futuro llegó y, aparentemente, no necesita conductor.
También existen máquinas capaces de cocinar pollos, preparar comidas y reemplazar buena parte del trabajo que hasta hace poco requería de una persona frente a una cocina. La modernidad no se detiene: robots que atienden, sistemas que cobran, algoritmos que organizan y máquinas que producen cada vez más rápido y con menos intervención humana.
Todo muy interesante, salvo por un pequeño detalle: ¿qué hacemos con el exitoso plan económico de Javo? El ¿plan? de Milei parece tener una hoja de ruta bastante más sencilla y africana: cerrar fábricas, despedir trabajadores y confiar en que todos descubran su vocación emprendedora como puedan.
En la Argentina de Javier Milei, pareciera que estamos haciendo nuestro propio aporte a esta revolución tecnológica. Cierran fábricas, se pierden puestos de trabajo registrados y cada vez más personas buscan refugio en las aplicaciones de transporte, las entregas a domicilio o cualquier changa que permita llevar algo de plata a casa. El trabajo formal retrocede y el auto particular se convierte en oficina, con la diferencia de que el empleado ahora pone el vehículo, paga el combustible, el seguro y hasta el mantenimiento.
Y no deja de ser preocupante lo que puede venir. Porque si un argentino que pierde su empleo en una fábrica decide invertir sus ahorros y abrir un parripollo, quizás tenga que empezar a mirar de reojo a esas máquinas que ya cocinan pollos en otras partes del mundo. Después de todo, la competencia también puede llegar sin delantal y temporizador digital.
Por supuesto, nadie está en contra del progreso. Sería absurdo pretender detener la tecnología o defender empleos que inevitablemente van a transformarse. El problema es confundir modernización con destrucción de puestos de trabajo, o celebrar el cierre de una fábrica como si fuera una señal inequívoca de progreso.
Quizás el verdadero desafío de la economía moderna no sea conseguir que cada vez más máquinas hagan el trabajo de las personas, sino lograr que las personas tengan trabajo en un mundo donde cada vez se necesitan menos para producir.
El verdadero milagro del modelo libertario es convertir un país industrial en una enorme cooperativa de trabajadores independientes, donde cada uno pone el capital, asume los riesgos y, si tiene suerte, consigue pagarse el sueldo. Pero este planazo choca con la modernidad del mundo.
Porque si seguimos así, algún día tendremos autos que se manejan solos, máquinas que cocinan solas y comercios que funcionan sin empleados. Y quizás y ojalá, también un presidente que pueda vanagloriarse de haber modernizado el país.
Solo faltaría resolver, además, un pequeño inconveniente: ¿quiénes van a tener dinero para consumir todo lo que produzcan las máquinas?
Hasta la próxima.
