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Petróleo, guerra y El Niño: el Banco Mundial prevé una suba del 23% en los precios de los productos básicos en 2026

El Banco Mundial prevé que los productos básicos suban 23% en 2026 por el conflicto en Oriente Medio y los riesgos climáticos

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El conflicto en Oriente Medio, las restricciones al comercio internacional y las amenazas climáticas presionan los mercados globales. La energía podría encarecerse un 32% y los alimentos acumular un aumento del 18% entre 2026 y 2027. El impacto sobre la inflación, los costos de producción y la seguridad alimentaria dependerá de la evolución de las tensiones geopolíticas y de las condiciones climáticas.

El escenario internacional suma nuevas presiones sobre los precios de la energía, los alimentos y las materias primas. El Banco Mundial proyecta que los precios de los productos básicos aumentarán un 23% durante 2026, impulsados principalmente por el conflicto en Oriente Medio, la reducción de las reservas de petróleo y el riesgo de alteraciones en las cosechas por el fenómeno climático El Niño.

Según la edición de octubre del informe Commodity Markets Outlook, publicada el 28 de octubre de 2026, las perturbaciones geopolíticas y climáticas amenazan con trasladarse a los costos de producción, el transporte y el abastecimiento de alimentos. El efecto no se limita a los mercados energéticos: las interrupciones comerciales y el encarecimiento de los fertilizantes pueden extender la presión a distintas cadenas productivas.

La magnitud del incremento previsto refleja la simultaneidad de varios factores de riesgo. El organismo internacional estima que los precios de la energía subirán un 32% en 2026, después de tres años consecutivos de caídas, mientras que las cotizaciones de los alimentos básicos aumentarán alrededor de un 10% este año y otro 7% en 2027.

El petróleo, en el centro de las tensiones internacionales

La reducción de los inventarios y las restricciones que afectan al transporte marítimo en Oriente Medio colocan al mercado petrolero entre los principales focos de incertidumbre. El Banco Mundial prevé que el barril de Brent promedie los 91 dólares durante 2026, frente a los 69 dólares registrados en 2025. Para 2027, el pronóstico contempla una moderación hasta los 79 dólares.

La presión sobre la oferta también se refleja en las proyecciones de producción y consumo. El organismo estima que el suministro mundial de petróleo caerá un 5,2% en 2026, la mayor contracción en más de cuatro décadas si se excluye la recesión global de 2020. El consumo, por su parte, disminuiría un 2,5%, en un contexto en el que los precios elevados y la menor disponibilidad de crudo restringen la demanda.

Esta combinación deja a los mercados más expuestos a nuevas interrupciones, debido a que la diferencia entre producción y consumo obliga a recurrir nuevamente a las reservas. La evolución de los inventarios y la continuidad de los flujos comerciales serán variables centrales para determinar la trayectoria de los precios.

El encarecimiento de la energía también tiene consecuencias sobre otros sectores. Los combustibles y el transporte forman parte de los costos de producción agrícola e industrial, mientras que el gas natural constituye un insumo clave para fabricar fertilizantes. Por esa vía, una perturbación energética puede trasladarse a los precios de los alimentos y reducir la capacidad de compra de los hogares.

Alimentos y fertilizantes: el riesgo de una presión prolongada

El panorama agrícola enfrenta una combinación de amenazas: interrupciones en los envíos de cereales, mayores costos de los insumos y la posibilidad de condiciones climáticas adversas. El Banco Mundial proyecta un aumento acumulado del 18% en los precios de los alimentos básicos entre 2026 y 2027.

A esta situación se suma el encarecimiento de los fertilizantes. Las previsiones indican que sus precios aumentarán un 14% en 2026, antes de regresar en 2027 a niveles similares a los de 2025. Aunque la proyección contempla una posterior moderación, el incremento representa una presión adicional para los productores, que deben afrontar mayores costos en un contexto de incertidumbre sobre los rendimientos de las cosechas.

El fenómeno El Niño agrega otra fuente de riesgo. Sus efectos sobre las precipitaciones y las temperaturas pueden alterar la disponibilidad de agua, los calendarios de siembra y el rendimiento de los cultivos. Sin embargo, la magnitud de las consecuencias depende de la intensidad del episodio y de la exposición de cada región y producto.

El informe también advierte que los mercados agrícolas mantienen conexiones con otros sectores. El maíz, por ejemplo, se utiliza tanto para alimentación animal como para la producción de etanol. La soja, a su vez, abastece los mercados de harinas proteicas, aceites comestibles y biocombustibles. Una reducción de la oferta o un cambio en los precios relativos puede modificar la demanda de estos insumos y extender la volatilidad entre actividades.

Para las economías emergentes, estos movimientos tienen implicancias sobre la inflación, las cuentas externas y la seguridad alimentaria. Los países importadores de energía y alimentos pueden enfrentar un deterioro de sus condiciones comerciales, mientras que las empresas y los productores deben adaptarse a costos más elevados y a una mayor incertidumbre sobre la disponibilidad de insumos.

Metales: la transición energética sostiene la demanda

El aumento de los precios no se limita al petróleo y los alimentos. El Banco Mundial prevé que los metales industriales registren una suba del 25% en 2026, con cotizaciones récord para el aluminio, el cobre y el estaño. Entre los factores que explican esta evolución figuran la demanda vinculada con las energías renovables, los vehículos eléctricos y los centros de datos, además de las interrupciones de la oferta.

Para 2027, el organismo proyecta una caída del 3% en los precios de estos metales. La moderación prevista, sin embargo, no elimina la importancia de sus movimientos para las cadenas industriales, la infraestructura y las inversiones asociadas con la electrificación.

Los metales preciosos presentan otra dinámica. Sus precios podrían aumentar un 40% durante 2026, impulsados por la demanda de activos considerados refugio ante la incertidumbre geopolítica y normativa. Aunque se espera una leve moderación en 2027, sus cotizaciones continuarían por encima de los promedios históricos recientes.

El análisis especial incluido en el informe del Banco Mundial aporta una clave adicional para comprender estos movimientos: la volatilidad de los productos básicos no depende exclusivamente de las condiciones particulares de cada mercado. Alrededor de un tercio de las fluctuaciones de precios analizadas entre 2006 y junio de 2026 estuvo asociado con perturbaciones originadas en otros mercados.

El cobre, el maíz, el petróleo y la plata aparecen como productos relevantes en la transmisión de esos movimientos. En períodos de tensión global, las conexiones entre los mercados se intensifican y pueden amplificar el alcance de una perturbación inicial. El estudio identifica este comportamiento durante la crisis financiera internacional, la pandemia de COVID-19, la invasión rusa de Ucrania y el conflicto reciente en Oriente Medio.

El escenario adverso: petróleo a 105 dólares y alimentos por encima de lo previsto

Las proyecciones centrales del Banco Mundial suponen que no se producirá una intensificación importante de los conflictos que afectan al suministro mundial de materias primas. Si ese supuesto no se cumple, los resultados podrían ser más desfavorables.

En un escenario adverso que combine un agravamiento de las tensiones energéticas, daños persistentes en infraestructura petrolera rusa, ataques contra los envíos de cereales en el mar Negro y un fenómeno El Niño de gran intensidad, el precio promedio del Brent podría alcanzar los 105 dólares por barril en 2027.

Bajo esas condiciones, los precios de los alimentos básicos podrían ubicarse un 12% por encima de lo previsto en el escenario de referencia y superar los niveles de 2022. El organismo advierte que una combinación de estas perturbaciones podría desencadenar una crisis alimentaria y empujar a más personas a la pobreza extrema.

No se trata de una previsión central, sino de un escenario condicionado a la materialización simultánea de varios riesgos. La distinción resulta relevante para evaluar la evolución de los mercados sin confundir las proyecciones de referencia con las consecuencias potenciales de una escalada internacional.

Financiamiento y protección social frente a las nuevas presiones

Ante este panorama, el Grupo Banco Mundial informó que puso a disposición de los países entre 50.000 y 60.000 millones de dólares mediante instrumentos existentes, incluidos 25.000 millones de dólares en financiamiento preestablecido.

Los recursos pueden destinarse a fortalecer las redes de protección social, ampliar la capacidad fiscal y brindar capital de trabajo y liquidez a empresas y explotaciones agrícolas. La institución también señaló que busca aumentar su capacidad para movilizar inversiones privadas junto con sus propios recursos.

El desafío consiste en responder a las perturbaciones sin perder de vista sus efectos distributivos. El aumento de los costos energéticos y alimentarios puede afectar con mayor intensidad a los hogares de menores ingresos, mientras que las empresas y los productores necesitan previsibilidad financiera para sostener sus operaciones.

En ese contexto, Ayhan Kose, economista en jefe adjunto y director del Grupo de Perspectivas del Banco Mundial, advirtió que la combinación de mayores costos energéticos y disrupciones comerciales puede agravar la inflación, la inseguridad alimentaria y las dificultades para crecer. El organismo planteó como prioridades la protección de las poblaciones vulnerables y el apoyo a los países de bajos ingresos que enfrentan elevadas cargas de deuda.

La evolución de los precios durante los próximos meses dependerá de la interacción entre la oferta energética, las condiciones comerciales, los costos agrícolas y el clima. Para los responsables de política económica, el seguimiento de inventarios, cosechas, logística y conexiones entre mercados puede contribuir a anticipar las presiones y orientar respuestas que reduzcan el impacto sobre la producción y el poder adquisitivo.

Más que una suba aislada de las materias primas, el escenario proyectado para 2026 muestra cómo las perturbaciones geopolíticas y climáticas pueden combinarse y trasladarse entre sectores. La capacidad de los países para amortiguar esos efectos será determinante para evitar que la volatilidad internacional se convierta en una presión persistente sobre los precios internos, el empleo y el acceso a los alimentos.

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