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El nuevo menú de la política

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Da mi nombre”… 

El murmullo, apenas audible entre los que estaban cerca, fue la respuesta de Carlos Rovira a un planteo de Juan José Szychowski, quien se quejó ante la presidencia de la Cámara de Diputados por los privilegios que todavía ostenta el ex presidente del cuerpo, pese a que ya es un diputado raso y ni siquiera integra el bloque mayoritario, ahora Movimiento por lo que Viene, que se nutrió de legisladores de la detonada Renovación y algunos de otros partidos. 

Entrada exclusiva y bloqueada para otros diputados, zonas grises con guardias de civil que no reportan a la Legislatura y la negativa de Rovira a mudarse de banca y seguir ocupando espacio en medio de un bloque que ya no le pertenece, fueron algunos de los cuestionamientos que hizo el actual presidente del bloque de Movimiento por lo que Viene. 

Privilegios de antes que ahora son insoportables. ¿Por qué ahora y no antes?, se preguntará algún opositor desprevenido. Porque los procesos de poder no se desmoronan de la noche a la mañana. Ningún imperio cae en un solo acto: primero se desgasta la obediencia, después desaparece el temor y, finalmente, alguien se anima a decir en voz alta aquello que todos veían, pero nadie se atrevía a señalar.

El rey está desnudo.

Eso fue, en esencia, lo que ocurrió el jueves en la Legislatura. No se reveló un secreto. Los privilegios estaban a la vista desde hacía años. Lo novedoso fue que alguien los expuso en el recinto, delante de todos y sin los eufemismos que durante tanto tiempo preservaron la ficción de una autoridad incuestionable.

El gesto adusto de Rovira, el rostro vuelto hacia atrás para reclamar “da mi nombre”, fue acaso su primera reacción de nerviosismo frente a un escenario que ya no lo reconoce como protagonista excluyente. La frase condensó algo más profundo que una exigencia circunstancial: la necesidad de ser nombrado para seguir existiendo en el centro de una escena que comenzó a desplazarse hacia otro lugar.

Durante años, el poder de Rovira no necesitó explicarse. Se expresaba en la aceptación naturalizada de sus privilegios. El jueves, en cambio, tuvo que reclamar que dijeran su nombre. Y cuando el poder necesita exigir reconocimiento, es porque ya no puede darlo por descontado.

La desnudez del rey no consiste solamente en la pérdida de cargos, bancas o mayorías. Se vuelve evidente cuando se rompe el hechizo que obligaba a los demás a fingir que el traje todavía existía. 

Por supuesto, hay quienes todavía creen que el reinado está intacto y vociferan gritos y amenazas a quienes ya no son fieles súbditos. Eso también pasó en la Legislatura, cuando “Nickillo”, Nicolás Llera entró a los gritos y amenazas contra un diputado al que llamó “traidor”. Después, con los códigos y la sensibilidad de un neanderthal, ventiló supuestas preferencias sexuales del legislador. Poco caballero. 

A pesar del sainete, comienza a respirarse un nuevo aire político. La Cámara de Diputados se dispone a analizar una reforma clave a la ley de bioinsumos impulsada por Rovira que imponía la prohibición del uso del glifosato. A instancias del gobernador Hugo Passalacqua y con la firma de 18 diputados, la ley será revisada y el destierro del glifosato sólo se hará realidad cuando haya sustitutos biológicos validados por el mercado y los organismos sanitarios argentinos y del exterior. De este modo, la producción podrá seguir utilizando el agroquímico en igualdad de condiciones con los competidores y enviar productos a otros países sin tener que rezar para que admitan bioinsumos no validados. 

La decisión del gobernador Hugo Passalacqua de impulsar la modificación de la Ley de Bioinsumos y dejar sin efecto la prohibición del glifosato fue recibida con alivio por las entidades rurales, que ven en el cambio una recuperación de la previsibilidad y de herramientas consideradas esenciales para la producción agropecuaria. El giro también supone el reconocimiento de un reclamo que los productores sostuvieron desde el inicio del conflicto, tanto en el terreno gremial como mediante acciones institucionales y judiciales en defensa del derecho a producir. “Se trata de una medida de alto impacto para la producción misionera, que permite recuperar previsibilidad y herramientas fundamentales para el desarrollo de la actividad agropecuaria. Desde la entidad valoramos especialmente que el Gobierno provincial haya escuchado el reclamo sostenido de los productores y haya avanzado hacia una solución que contemple la realidad productiva”, destacó la Sociedad Rural. 

El destino agroecológico no se resigna, destacó el Gobierno provincial. Pero el cambio implica reconocer una realidad: la realidad indica que el mercado agropecuario se mueve con reglas tácitas y un simple cambio puede significar pérdidas millonarias. 

La ley de bioinsumos le dio vida a una empresa: Agro Sustentable, encabezada por  Joaquín Ramiro Basanta, vinculado a Augusto Marini, dueño de los streamings Blend y Carajo y de AlegraMed, que también será dada de baja. En enero de este año, Passalacqua decidió dejar de comprarle los “bioinsumos” a la planta de la que era cliente preferencial. 

El fin de esos acuerdos es una señal inequívoca de los nuevos aires. La reforma de la ley de Bioinsumos será discutida en la Legislatura, con la participación de todas las voces, también un dato del fin del reinado. 

El nuevo tiempo político fue presentado en sociedad en Buenos Aires. Con Passalacqua a la cabeza fue presentado el bloque Argentina Federal, liderado por Oscar Herrera Ahuad y con participación de otras provincias. El formoseño Gerardo González fue el último en sumarse a la bancada cuya identidad está marcada en el nombre. Ya no habrá alineamiento automático con las propuestas giradas por Javier Milei. Para contar con el voto, se analizará primero el impacto en Misiones y las provincias. 

El nuevo bloque tuvo un debut auspicioso con la media sanción para la rebaja del IVA a la mandioca. Del 21 al 10,5 por ciento, disminución que alcanza a la fécula y derivados, para abaratar costos y poner en igualdad de condiciones a una economía regional que compite con los bajos precios de importaciones y la desigual carga fiscal que favorece al trigo. La iniciativa fue impulsada por Passalacqua y defendida por Herrera Ahuad en el Congreso. Hubo unanimidad antes del giro al Senado. 

La posición del nuevo bloque enciende una señal de alerta para el Gobierno. Los votos de Misiones ya no serán automáticos. Se destaca, como en Misiones, la vuelta de la política. De hecho, se sumaron a una iniciativa de la oposición para forzar el emplazamiento y posterior tratamiento en comisiones de los proyectos sobre Endeudamiento Familiar y Emergencia en Discapacidad. 

El Gobierno de Milei se apropió de los fondos para discapacidad y ningunea el drama del endeudamiento familiar, que a estas alturas ya es un problema crónico en muchos hogares, con la combinación de caída de los ingresos, desempleo e informalidad laboral. 

La mirada de Alberto Benegas Lynch expone una de las formas más crueles de simplificar la crisis: convertir un problema económico colectivo en una suma de supuestas irresponsabilidades individuales. Benegas Lynch se quejó porque piden rescatar “al tipo que compró una TV y, como Argentina no ganó el Mundial, no quiere pagar”. 

La morosidad no crece porque millones de argentinos hayan comprado televisores esperando un campeonato del mundo, como ironizó el amigo del Presidente, sino porque los salarios perdieron poder adquisitivo, el empleo se deterioró y cada vez más familias recurren al crédito para pagar alimentos, servicios o gastos cotidianos. Confundir endeudamiento para sobrevivir con consumo irresponsable no es apenas una provocación: es una manera de absolver al modelo económico, ignorar las prácticas abusivas del sistema financiero y responsabilizar a quienes ya cargan con el peso del ajuste. 

Mientras tanto, el Gobierno permanece indiferente al drama cotidiano, aunque haya algunas voces internas que advierten el peligro electoral que trae aparejado. Por ahora no hay ninguna medida de contención. 

En Misiones si. La Provincia puso en marcha una serie de medidas destinadas a contener el sobreendeudamiento de empleados públicos provinciales y jubilados, pensionados y retirados del Instituto de Previsión Social (IPS).

El esquema combina tres herramientas: un límite del 39% de los haberes netos para los créditos que operan mediante códigos de descuento, mecanismos de refinanciación para quienes ya superaron ese nivel y, desde septiembre, topes a las tasas de interés que podrán cobrar las entidades que utilizan este sistema.

La intervención apunta sobre un problema que adquirió mayor dimensión durante los últimos meses: el creciente porcentaje de los ingresos familiares comprometido en el pago de cuotas y obligaciones financieras.

La primera medida fue adoptada en julio y estableció que los descuentos realizados mediante el Código Único de Descuento en los haberes (CUAD) no podrán superar el 39% de los ingresos netos de los agentes alcanzados.

El límite comenzó a aplicarse sobre los nuevos créditos otorgados a partir de la entrada en vigencia de la medida. Sin embargo, el Gobierno provincial avanzó también sobre quienes ya tenían un nivel de endeudamiento superior.

Para esos casos se inició un proceso de refinanciación de pasivos y asistencia financiera individual, con el objetivo de reducir la presión de las cuotas sobre los ingresos mensuales. Según los datos oficiales, 538 personas ya fueron alcanzadas por este mecanismo.

En paralelo, Banco Macro implementó mecanismos específicos para atender situaciones de sobreendeudamiento o mora, pese a que actualmente no existe una normativa del Banco Central que obligue a las entidades financieras a instrumentar un esquema de esas características.

Las situaciones son analizadas individualmente y las personas que necesiten acceder a una refinanciación deberán presentarse en las sucursales de la entidad.

El objetivo es reordenar las obligaciones financieras antes de que el deterioro de la capacidad de pago derive en atrasos mayores o termine afectando el historial crediticio de los trabajadores.

La siguiente etapa de la estrategia provincial comenzará en septiembre. El Gobierno prepara una resolución que establecerá topes a las tasas de interés aplicadas por las entidades que otorgan préstamos personales mediante códigos de descuento sobre los haberes.

En contraste, el ministro de Economía, Luis Caputo presentó con bombos y platillos un “paquete de medidas” para reactivar el crédito hipotecario. La promesa bautizada como “de justicia social”, vuelve a exhibir una paradoja brutal: se utilizarán cerca de $2 billones del Fondo de Garantía de Sustentabilidad -recursos destinados a respaldar el sistema previsional- para financiar a unas 17.000 familias que deberán acreditar ingresos formales cercanos a $3,5 millones mensuales y contar, además, con el 25% del valor de la vivienda. Es decir, unos US$25.000 ahorrados para una propiedad de US$100.000. No es una política habitacional dirigida a quienes se endeudan para pagar las tarifas, las expensas, el alquiler o, sencillamente, para llegar a fin de mes. Tampoco alcanza a la enorme mayoría de los trabajadores informales ni a las familias cuyos salarios quedaron triturados por la inflación. El alcance, además, resulta demasiado acotado como para cambiar estructuralmente el mercado. Con unos US$1.200 millones y préstamos promedio de US$80.000, apenas podrían concretarse entre 15.000 y 18.000 operaciones, alrededor del 5% del stock de créditos hipotecarios informado. Servirá para movilizar departamentos de uno o dos ambientes que hoy no encuentran comprador, reanimar operaciones inmobiliarias y generar negocios para desarrolladores, bancos, inmobiliarias y escribanías; difícilmente resolverá el déficit habitacional. La llamada “justicia social” de Caputo termina así financiada con recursos de los jubilados, pero reservada para sectores de ingresos altos y con capacidad previa de ahorro. No es crédito para quienes necesitan una vivienda: es una transferencia de recursos en la cúspide. 

Misiones muestra con crudeza la distancia entre el crecimiento estadístico y el acceso real a la vivienda. Los nuevos tomadores de créditos hipotecarios pasaron de apenas 26 en 2024 a 131 en 2025, una suba del 403,8% que luce espectacular únicamente porque parte de un piso insignificante. La provincia representó apenas el 0,3% de los nuevos deudores del país y registró solo 1,3 créditos cada 10.000 adultos, la tercera tasa más baja de la Argentina, apenas por encima de Formosa y Santiago del Estero. El promedio de créditos alcanzó los $114,1 millones y solo nueve entidades financieras otorgaron préstamos. En otras palabras, el crédito hipotecario volvió, pero para un puñado: en Misiones sigue siendo más una excepción estadística que una verdadera herramienta de acceso a la vivienda.

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El ajedrez del equilibrio fiscal en Misiones

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Hace apenas unas horas, Misiones dio a conocer los datos de la ejecución presupuestaria correspondientes al segundo trimestre de 2026, que dejan como resultado general la obtención del equilibrio fiscal en un contexto altamente desafiante para las cuentas provinciales.

Entre enero y junio, Misiones registró ingresos totales por $2.152.608 millones (o $2,15 billones), que cayeron 8,6% real contra igual período de 2025. Esa baja equivale a una pérdida de recursos para la provincia, medida en pesos constantes a precios de junio de 2026, de $214.885 millones

A su vez, los gastos totales alcanzaron los $2.151.684 millones (o $2,15 billones), con un retroceso de 6,4% real, equivalente a un recorte del gasto público de $156.943 millones a precios de junio.

A simple vista, aparecen dos cuestiones centrales. En primer lugar, el equilibrio fiscal: el resultado financiero fue de $924 millones positivos, equivalente al 0,0% de los ingresos. Algo más holgado fue el resultado primario (previo al pago de intereses de la deuda), que alcanzó los $4.806 millones, aunque representa apenas el 0,2% de los ingresos. En segundo lugar, el gasto cayó en menor medida que los ingresos, por lo que el ajuste no fue lineal respecto de la evolución de los recursos. En ese marco, resulta necesario observar qué ocurrió con cada uno de sus componentes.

Empecemos por los ingresos. Los ingresos corrientes cayeron 8,6% y explicaron el 99,5% de los recursos totales de la provincia. Dentro de estos, los ingresos tributarios, es decir, aquellos derivados de impuestos retrocedieron con mayor fuerza (-10,2%), arrastrados principalmente por los impuestos provinciales, cuya baja llegó al 20,9%, mientras que los de origen nacional cayeron 4,4%. En conjunto, los recursos tributarios registraron una pérdida de $207.122 millones, equivalente al 96% del total de recursos que perdió la provincia durante el período.

También sufrieron bajas las contribuciones de la seguridad social (-13,6% y – $49.083 millones a precios actuales), los no tributarios (-0,3%) y las rentas de la propiedad (-66,7%); por el contrario, las transferencias corrientes crecieron 135,5% aportando un excedente de $ 48.249 millones, claramente insuficiente para torcer el resultado general. Por el lado de los ingresos de capital, explican solo el 0,5% del total y cayeron 3,3% interanual real, aportando una pérdida muy menor con relación a los otros componentes del gasto (pérdida de $ 368 millones a precios actuales).

Hecho este detalle, ¿cómo se explica entonces la fuerte baja de los ingresos provinciales? La respuesta es clara: la actividad económica. En los tributos provinciales, la caída se explicó casi en su totalidad por la menor recaudación de Ingresos Brutos, una de las más fuertes del país. En los recursos de origen nacional, el principal impacto vino por la coparticipación, fuertemente condicionada por el menor desempeño del IVA. En definitiva, el 96% de la pérdida de recursos de la provincia se concentró en estos dos conceptos, reflejando el desafiante escenario que enfrenta la caja provincial.

Ahora bien, si vemos el otro costado de la situación: ¿Cómo se administró la caída de los recursos? Mediante una redistribución del gasto público total, que cayó también pero en un nivel inferior al de los ingresos. La merma del gasto total fue del 6,4% real interanual, equivalente a un recorte del gasto público de $ 156.943 millones medido a precios de junio del corriente. 

El 94,5% del gasto misionero fueron erogaciones corrientes, que retrocedieron 6,9% (-$ 159.526 millones reales). Si bien la mayoría de sus componentes siguieron la tendencia a la baja, no fueron todos. El gasto en personal mermó 9,1% y explicó casi la mitad del recorte total de los gastos corrientes; los bienes de consumo cayeron en 3,6% y las prestaciones de la seguridad social -7,8%. Por su parte, las transferencias corrientes marcaron -7,0% aunque dentro de las mismas hay dispares desempeños: los envíos al sector privado crecen 10% pero al sector público caen 16,5%, en parte explicado por la caída en la coparticipación municipal (-17,4%) parcialmente compensada por mayores envíos corrientes a municipios fuera de la copa (+20,5%, aunque desde niveles muy bajos). 

Lo novedoso aparece en el gasto de capital. En un contexto de caída de ingresos, donde habitualmente la inversión es uno de los primeros componentes en ajustarse, Misiones tomó el camino inverso. El gasto de capital creció 2,1%, pero con una marcada recomposición interna.

La inversión real directa, lo que comúnmente llamamos obra pública (y que explica el 72% del gasto de capital total) creció en 53,7%, ampliando su gasto a nivel interanual en un equivalente a $ 31.272 millones a precios de hoy. Se trata de una suba de muy importante magnitud que cobra mayor relevancia por el contexto. 

Pero si el principal componente del gasto de capital creció más de 50%, ¿por qué el gasto de capital total aumentó apenas 2%? La explicación está en los restantes componentes: la inversión financiera cayó 48,4% y las transferencias de capital retrocedieron 34,9%. También aquí hubo diferencias significativas: los envíos al sector privado crecieron 29,5%, los fondos de capital destinados a municipios aumentaron 22,7%, mientras que las transferencias al resto del sector público desaparecieron en su totalidad.

¿Qué muestra, en definitiva, esta composición? Que el gasto de capital fue reorientado hacia la ejecución de obra pública, la asistencia financiera a los municipios para inversión y el apoyo al sector privado, mientras se redujeron los recursos destinados a otros organismos del Estado y la inversión financiera. La decisión parece haber sido concentrar los recursos disponibles en aquellos componentes con mayor capacidad de impacto sobre la dinámica económica interna.

Si se resume la estrategia fiscal del primer semestre, puede decirse que Misiones logró sostener el equilibrio no solamente mediante una reducción del gasto, sino también a través de una redistribución de sus partidas. El gasto corriente absorbió buena parte del ajuste, mientras que se preservó e incluso incrementó la inversión real directa. De haberse aplicado un ajuste uniforme sobre todos los componentes, el gasto total probablemente habría caído en línea con los ingresos o incluso por encima de ellos.

Misiones logró esa readecuación de sus cuentas aun sosteniendo el equilibrio fiscal, lo cual es destacable y cobra mayor relevancia al mirar al mediano plazo: el gasto de personal tuvo una merma significativa en este periodo, pero para el tercer trimestre tendrá otra dinámica dada la aplicación de la pauta salarial acordada. Así, el reordenamiento de las partidas priorizó primero la dinámica interna vía aumento de inversión pública para luego, con cierto margen fiscal, poder avanzar hacia el recupero de otros componentes del gasto corriente que requiere mejoras para dinamizar la actividad interna. 

El problema, sin embargo, está menos en el gasto que en los ingresos. La provincia puede decidir qué partidas priorizar, cuáles ajustar y cuáles sostener, pero existe un límite concreto para esa ingeniería fiscal cuando los recursos tributarios continúan cayendo.

El equilibrio fiscal conseguido por Misiones durante el primer semestre es, por lo tanto, más una muestra de capacidad de administración que de holgura fiscal. La provincia logró sostener las cuentas ordenadas en un escenario de menores recursos, pero lo hizo utilizando el margen disponible para preservar la inversión y contener el impacto sobre la actividad. El desafío hacia adelante será mucho mayor: si la economía y la recaudación no recuperan dinamismo, cada vez habrá menos espacio para sostener simultáneamente equilibrio fiscal, inversión pública y recuperación del gasto corriente. En épocas de vacas flacas, el verdadero desafío no es solamente gastar menos, sino decidir qué no se puede dejar de financiar.

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La asfixia del eslabón primario: el CCG y la distorsión de precios relativos en la yerba mate

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El desplome de los precios de la materia prima provocado por la desregulación del mercado yerbatero que impuso el presidente Javier Milei, abrió una grieta en un factor que tardó años en consolidarse: la seguridad social de la cadena productiva. La pérdida de rentabilidad que sufren los productores, llevó a que muchos comiencen a discutir la continuidad de la Corresponsabilidad Gremial Empresaria, lo que dejaría sin red de contención al eslabón más débil de la cadena. Sin embargo, hay datos que merecen ser analizados y que explican la preocupación de los productores. 

Antes de discutir el valor del CCG tenemos que entender qué estamos discutiendo.

El Convenio de Corresponsabilidad Gremial es una herramienta de la seguridad social rural. Su objetivo es facilitar la registración de los trabajadores y el cumplimiento de las obligaciones laborales y previsionales en actividades estacionales como la yerba mate.

El sistema reemplaza determinados pagos periódicos por una tarifa vinculada con la producción.

En la actividad yerbatera esa tarifa se aplica sobre la hoja verde y sobre las distintas etapas de transformación de la materia prima. Los fondos no quedan en el INYM. Se transfieren a los organismos correspondientes de la seguridad social y, en lo que corresponde, al sindicato.

Por eso, el debate serio no es CCG sí o CCG no.

El debate es otro.

¿Qué peso tiene hoy esa tarifa sobre el ingreso del productor?

¿Qué pasó con ese peso en los últimos años?

Los datos muestran una situación que merece ser discutida.

  1. El punto de partida: La seguridad social no está en discusión

El Convenio de Corresponsabilidad Gremial (CCG) es un pilar fundamental para garantizar la registración laboral, los aportes previsionales y la cobertura de salud de los tareferos. No se trata de poner en duda la seguridad social rural ni de enfrentar a trabajadores con productores.

El verdadero debate es económico y estructural: ¿quién está pagando hoy el costo de esa seguridad social dentro de la cadena yerbatera?

  1. El “Efecto Tijera”: Desplome de ingresos y aumento de costos fijos

Entre diciembre de 2023 y agosto de 2026, la desregulación y la dinámica del mercado generaron un desacople crítico entre precios de venta y costos laborales/tarifarios:

Entre diciembre de 2023 y agosto de 2026, el precio de la hoja verde en secadero cayó 26,3% en términos nominales, ni hablar si se hace el cálculo en términos reales quitando el efecto inflacionario.

En el mismo período, la tarifa del CCG aumentó 234,1% en términos nominales.

El precio del paquete de un kilogramo aumentó 131,9% en términos nominales.

Pero el dato más importante aparece cuando dejamos de mirar solamente los aumentos nominales.

En diciembre de 2023, el CCG representaba el 3,47% del precio de la hoja verde en secadero.

En agosto de 2026 representa el 15,75%.

El peso relativo del CCG sobre la hoja verde se multiplicó aproximadamente por cuatro y medio.

Economis · Yerba mate

El efecto tijera del CCG

Mientras cae el precio de la hoja verde, el costo de la corresponsabilidad gremial gana peso sobre el ingreso del productor.

-26%Precio de la hoja verde en secadero
+234%Valor de la tarifa del CCG
39,8%Peso del CCG sobre el valor en planta
1

Hoja verde y tarifa del CCG

Comparación nominal entre diciembre de 2023 y agosto de 2026

ConceptoDic. 2023Ago. 2026Variación
Precio hoja verde en secadero$380,00$280,00-26%
Valor del CCG$13,19689$44,09443+234%
Ratio CCG / hoja verde3,5%15,7%+353%

Fuente: CCG – INYM / Precio promedio pagado – elaboración propia.

2

El ingreso que queda en planta

Descuento de tarefa, flete y CCG sobre el precio en secadero

ConceptoDic. 2023Ago. 2026Variación
Precio hoja verde en secadero$380,00$280,00-26%
− Tarefa$40,00$65,00+63%
− Flete$30,00$60,00+100%
− CCG$13,20$44,09+234%
Precio hoja verde en planta$296,80$110,91-63%
Ratio CCG / valor en planta4,4%39,8%+794%

Fuente: CCG – INYM / Precio promedio pagado – elaboración propia.

3

El CCG frente al precio de góndola

Evolución del paquete de un kilogramo y de la tarifa

ConceptoDic. 2023Ago. 2026Variación
Precio paquete de 1 kg$2.278,38$5.283,01+132%
Valor del CCG$13,19689$44,09443+234%
Ratio CCG / precio de góndola0,6%0,8%+44%

Fuente: CCG – INYM / Precio de góndola – INDEC.

Y cuando incorporamos otros costos de la cadena primaria, como la tarefa y el flete, el resultado es todavía más fuerte.

El precio de la hoja verde en planta pasa de $296,80 a $110,91.

En esa misma comparación, el CCG pasa de representar el 4,45% al 39,76% de ese valor.

Estos datos no permiten afirmar que el CCG sea la causa de la caída del precio de la hoja verde. Sí permiten afirmar algo que merece una discusión pública.

El costo de la seguridad social está aumentando mucho más rápido que el precio que recibe el productor por su materia prima.

Y cuando una estructura de costos crece mientras el ingreso primario cae, hay que discutir quién termina absorbiendo esa diferencia.

Porque defender los derechos laborales de los tareferos es una obligación.

Pero también es necesario garantizar que el sistema productivo pueda sostener esos derechos.

El debate, entonces, no debe ser trabajadores contra productores.

El debate debe ser cómo se distribuye el costo de la seguridad social dentro de una cadena que tiene productores, trabajadores, secaderos, molinos, fraccionadores y consumidores.

Ese es el debate que tenemos que dar.

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¿Cuánto vale realmente una hora de tu vida profesional?

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Hace unos días tuve que hacer una cuenta que, después de muchos años de vida profesional, nunca había hecho de esa manera. Necesitaba definir cuánto tiempo estaba dispuesta a dedicar a un proyecto antes de sentarme a negociar las condiciones de mi participación. La pregunta parecía económica: ¿cuánto vale una hora de mi trabajo? Sin embargo, mientras intentaba responderla descubrí que dividir mis ingresos por la cantidad de horas trabajadas no resolvía el problema.

Porque esa hora no estaba vacía. Para ocuparla tenía que sacar otra cosa de mi agenda. Podía ser una hora destinada a un cliente, a desarrollar un proyecto propio, a escribir, a pensar una decisión estratégica o, simplemente, una hora de mi vida personal que el trabajo empezaba a absorber. La cuenta, entonces, dejó de ser cuánto podía cobrar por ese tiempo y pasó a ser cuánto me costaba realmente entregarlo.

Esta distinción importa especialmente cuando una carrera profesional empieza a acumular oportunidades. Al comienzo, el desafío suele ser conseguir trabajo, clientes o proyectos. Con los años puede aparecer un problema bastante menos evidente: hay más cosas que podríamos hacer que tiempo disponible para hacerlas. En ese momento, seguir midiendo todas las oportunidades únicamente por el ingreso que generan puede llevarnos a administrar mal nuestro recurso más escaso.

La economía tiene un concepto bastante preciso para esto: costo de oportunidad. Cada vez que elegimos una alternativa, renunciamos al beneficio que podría habernos proporcionado la mejor alternativa descartada. Aplicado a nuestra agenda, significa que el costo de una hora no está compuesto solamente por lo que cobramos o dejamos de cobrar durante esos sesenta minutos. También incluye aquello que desplazamos para poder ocuparlos.

Y ahí las horas empiezan a mostrar diferencias que el reloj no registra. Una hora atendiendo a un cliente puede producir ingresos inmediatamente. Una hora dedicada a tareas administrativas quizá no facture nada y, además, podría ser realizada por otra persona. Una hora utilizada para diseñar un servicio, revisar la rentabilidad de un negocio o preparar una negociación tampoco produce necesariamente dinero ese día, pero puede modificar los resultados de los próximos meses. Hay además horas que desaparecen entre reuniones innecesarias, problemas que podrían haberse evitado y desorganización. Y están, finalmente, aquellas que sacamos de nuestra vida personal para terminar lo que no entró en la jornada laboral.

Todas duran sesenta minutos. Económicamente, no valen lo mismo.

Alguien podría objetar que no todo puede reducirse a una cuenta económica, y tendría razón. Hay proyectos que aceptamos por aprendizaje, compromiso institucional, relaciones, propósito o simplemente porque queremos hacerlos. El problema no está en asignar tiempo a algo que no maximiza nuestros ingresos. El problema aparece cuando no sabemos que estamos tomando esa decisión y tratamos como gratuita una hora que tiene un costo.

Esto también cambia la manera de pensar a los clientes. Durante mucho tiempo asociamos un buen cliente con alguien que necesita nuestro servicio, reconoce su valor y puede pagar nuestros honorarios. Son condiciones importantes, pero no necesariamente suficientes. Un cliente puede pagar el precio acordado y resultar, aun así, demasiado caro para nuestra práctica profesional.

Puede requerir una cantidad desproporcionada de reuniones, mensajes, seguimiento o disponibilidad. Puede ocupar horarios que podrían destinarse a actividades de mayor valor. Puede demandar un nivel de atención que no estaba contemplado al fijar los honorarios. Incluso puede impedirnos aceptar un proyecto más alineado con la dirección en la que queremos crecer.

Por eso, no todos los que pueden pagar son clientes.

No como gesto de exclusividad ni como argumento para cobrar más. Es una cuestión de asignación de recursos. Cuando el tiempo disponible tiene un límite, aceptar una oportunidad significa necesariamente rechazar, postergar o reducir otra.

Esta mirada también obliga a revisar una idea muy instalada: estar con la agenda llena como indicador de éxito. Una agenda completamente ocupada puede mostrar demanda, pero también puede revelar que hemos asignado todo nuestro tiempo a producir el presente y no hemos reservado ninguna capacidad para construir el futuro. Si cada hora disponible está comprometida con la operación, queda muy poco espacio para pensar, diseñar, negociar, desarrollar nuevas oportunidades o simplemente evaluar hacia dónde estamos yendo.

Ahí aparece una hora que solemos subestimar precisamente porque no tiene facturación inmediata: la hora estratégica. Su resultado no siempre puede medirse al terminar el día. Sin embargo, una conversación bien preparada, una revisión seria de los números o una decisión sobre qué dejar de hacer puede producir más valor que varias horas de actividad operativa.

La cuenta que empecé intentando hacer para una negociación terminó llevándome a una conclusión diferente. Ya no necesitaba solamente establecer cuánto deberían pagarme por determinadas horas. Necesitaba decidir cuáles estaba dispuesta a entregar y cuáles no.

Esa diferencia modifica la posición desde la que negociamos. Cuando solamente calculamos nuestro precio, discutimos dinero. Cuando incorporamos el costo de oportunidad, empezamos a discutir algo bastante más importante: qué lugar queremos darle a ese trabajo dentro de nuestra vida profesional.

Durante buena parte de una carrera aprendemos a buscar oportunidades, generar ingresos y ocupar nuestra agenda. Pero llega un momento en que el problema cambia. Ya no es solamente conseguir más, sino elegir mejor. Y elegir mejor supone aceptar que un proyecto puede ser interesante, un cargo puede ser prestigioso y un cliente puede estar dispuesto a pagar nuestros honorarios, sin que eso alcance para justificar el tiempo que demandará.

Por eso, calcular cuánto vale una hora profesional no debería servir únicamente para fijar un precio. Debería ayudarnos a decidir dónde vale la pena ponerla.

Después de todo, el dinero que no ganamos hoy puede recuperarse. Una oportunidad incluso puede volver a presentarse. La hora que entregamos, en cambio, ya fue asignada.

Quizás esa sea la cuenta que conviene hacer antes de decir que sí.

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Nepal y la catástrofe que nadie vio venir 

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El miércoles 26 de agosto, a las 8:37 de la mañana hora local, los sismógrafos del mundo registraron una señal inusual cerca de la frontera entre Nepal y el Tíbet.

El Servicio Geológico de Estados Unidos la catalogó inicialmente como terremoto de magnitud 4,4. Luego la revisó: 5,2. Horas después, la reclasificó por completo. No había sido un sismo. Había sido el impacto de millones de toneladas de hielo y roca desprendiéndose del glaciar Lhende Khola y cayendo sobre el cauce del río Bhotekoshi. El estruendo fue tan violento que los instrumentos lo confundieron con un movimiento de la corteza terrestre.

Lo que siguió fue una catástrofe en cámara rápida. El hielo y los escombros bloquearon el río. El agua se acumuló detrás de ese dique natural durante minutos. Cuando cedió, una muralla de lodo, roca y corriente arrasó todo lo que encontró aguas abajo: aldeas, carreteras, puentes, centrales hidroeléctricas, el puerto fluvial de Gyirong en el lado chino. Los turistas indios que hacían la peregrinación sagrada al monte Kailash quedaron atrapados o desaparecieron en el barro.

Balance al 29 de agosto de 2026: al menos 676 muertos confirmados entre Nepal y el Tíbet, con más de 3000 desaparecidos. El número sigue creciendo a medida que los equipos de rescate acceden a las zonas más remotas. Más de 400 peregrinos indios sin contacto. Cuatro ciudadanos españoles sin localizar. Distritos de Rasuwa y Nuwakot declarados zonas de crisis. India movilizó equipos de rescate en horas. China coordinó operaciones desde el Tíbet. 

Antes y después. El centro fronterizo y Puente de la Amistad entre Nepal y China, arrasado por completo y erradicado del mapa. 

Pero hay un dato que cambia todo: esto ya había pasado antes. En el mismo río. En el mismo lugar.

En agosto de 2025, exactamente un año antes,  el desborde de un lago glaciar en el Tíbet provocó otra inundación repentina en el sistema del Bhotekoshi. Dejó nueve muertos y 24 desaparecidos. Destruyó el llamado Puente de la Amistad, la conexión estratégica entre Nepal y China. Los científicos advirtieron que el riesgo de nuevas inundaciones del mismo tipo era alto. El glaciar seguía retrocediendo. Los lagos glaciares del área seguían acumulando agua. Un año después, en el mismo sistema fluvial, a una escala que multiplicó por cuarenta el número de víctimas.

¿Por qué, después del evento de 2025 y de las advertencias científicas, las aldeas aguas abajo del Bhotekoshi no tenían sistemas de alerta temprana que funcionaran?

La respuesta tiene varias capas. La primera es técnica: los sistemas de alerta temprana para inundaciones glaciares existen y funcionan. Algunos países los implementaron con éxito. Consisten en sensores en los lagos glaciares que detectan cambios de presión y envían señales automáticas a las comunidades aguas abajo, dándoles entre 15 y 30 minutos para evacuar. Quince minutos pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte cuando viene una pared de agua a 60 kilómetros por hora.

La segunda capa es económica. Nepal es uno de los países más pobres de Asia. Su presupuesto de gestión de riesgos climáticos es una fracción de lo que necesitaría para cubrir todos los puntos de vulnerabilidad en el Himalaya. Y los puntos de vulnerabilidad son muchos: el país tiene más de 3.600 lagos glaciares, de los cuales al menos 47 fueron identificados como potencialmente peligrosos en estudios del Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas.

La tercera capa es climática. Y es la más importante para entender por qué esto no es un accidente extraordinario sino un patrón que va a repetirse.

Los glaciares del Himalaya están retrocediendo al doble de la velocidad global. La temperatura en la región aumentó 1,5 grados por encima del promedio del siglo XX — el doble que el calentamiento global promedio. Ese aumento produce dos efectos simultáneos: los glaciares pierden masa, formando lagos en sus bordes, y el permafrost que estabiliza las laderas se derrite, aumentando la probabilidad de deslizamientos. Nepal tiene más de 3.600 lagos glaciares. Al menos 47 fueron identificados como de alto riesgo de ruptura. El lago glaciar que colapsó esta semana no estaba en esa lista de los más vigilados. 

Ese detalle es crucial: el lago que reventó esta semana no estaba entre los 47 de mayor riesgo conocido. Lo que significa que el mapa de peligro real es mucho más grande que el mapa de peligro monitoreado. Y el mapa de peligro monitoreado ya superaba la capacidad de Nepal para gestionarlo.

¿Quién debería pagar los sistemas de alerta que Nepal no puede costear?

La pregunta no es retórica. Tiene una respuesta que la comunidad climática internacional discute desde hace décadas sin resolverla: los países que más emitieron el CO₂ que calentó el planeta son, en su mayor parte, los que hoy tienen los recursos para responder. Los países que sufren las consecuencias más graves son, en su mayor parte, los que menos contribuyeron al problema.

Nepal emite menos del 0,1% del CO₂ mundial. Sin embargo, concentra el 10% de los glaciares del mundo fuera de los polos ártico y antártico. Eso lo convierte en uno de los países más vulnerables al cambio climático del planeta  un cambio que otros produjeron y que él está pagando en vidas.

Hay un concepto que los negociadores climáticos llaman “pérdidas y daños”.  La idea de que los países más vulnerables merecen compensación económica de los grandes emisores por los daños que el cambio climático ya está causando, daños que no se pueden prevenir ni adaptar sino solo pagar. En la COP27 de 2022, por primera vez en treinta años de negociaciones climáticas, se creó un fondo específico para pérdidas y daños. En la COP28, se capitalizó con compromisos iniciales. Los montos disponibles a la fecha representan una fracción ínfima de lo que países como Nepal necesitarían.

El sistema de alerta temprana para el río Bhotekoshi costaría varios millones de dólares. El fondo de pérdidas y daños tiene compromisos por menos de mil millones en total para todo el mundo en desarrollo. La proporción habla por sí sola.

Mientras tanto, el segundo escenario que los científicos advierten ya está en movimiento. Qianggong Zhang, jefe de riesgos climáticos en el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas con sede en Katmandú, lo dijo directamente a Reuters horas después del colapso: “La avalancha de hielo y roca en el Lhende Khola todavía bloquea parcialmente el cauce del río. Puede ocurrir una segunda inundación.”

Las comunidades aguas abajo están en alerta. Los equipos de rescate trabajan sabiendo que el terreno puede moverse otra vez. Y los científicos que llevan años publicando estudios sobre los lagos glaciares del Himalaya esperan que esta vez alguien los escuche.

No se trata de rechazar la respuesta de emergencia que llegó esta semana  India, China y los organismos internacionales reaccionaron con relativa rapidez y eso salva vidas. Se trata de preguntarse por qué la respuesta llega siempre después.

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