Cuando la realidad irrumpe en el relato
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Hay semanas que condensan un cambio de etapa. No porque ocurra un hecho extraordinario, sino porque una sucesión de acontecimientos, aparentemente inconexos, termina revelando que algo empezó a modificarse en el relato.
La última dejó varias señales en esa dirección.
Mientras el INDEC confirmó una nueva caída de la actividad económica, el consumo continúa deprimido y cerca del 70% de los sectores productivos permanecen en recesión, el Gobierno debió enfrentar otra dificultad: el incumplimiento de algunas de las metas comprometidas con el Fondo Monetario Internacional.
En ese contexto, el próximo lunes 27 llegará al país la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, invitada por el presidente Javier Milei, en una visita que se extenderá hasta el martes 28 y que buscará ratificar el respaldo político del organismo al programa económico argentino.
Sin embargo, los mercados parecieron enviar una señal distinta. La caída de las acciones argentinas y el aumento del riesgo país reflejan que las dudas sobre la marcha de la economía ya no provienen únicamente de la oposición o de los sectores críticos, sino que también comienzan a expresarse en variables que el propio oficialismo suele presentar como un termómetro de la confianza de los inversores.
Es en ese escenario donde cobran especial significado las declaraciones del ministro de Economía, Luis Caputo.
“Voy a la posibilidad de estar equivocado y que las cosas no nos salgan bien. Ni aun así el kirchnerismo es una opción. ¿Está claro?”.
Y agregó: “La gente ve que el kirchnerismo es el infierno”.
La frase pasó casi desapercibida entre tantas noticias. Sin embargo, constituye probablemente una de las definiciones políticas más importantes desde que Javier Milei llegó a la Presidencia.
Hasta hace pocos meses, el Gobierno pedía acompañamiento porque aseguraba que el éxito del plan económico era inevitable. Ahora, el propio ministro admite públicamente la posibilidad de que las cosas no salgan como esperaba. Pero, incluso en ese escenario, sostiene que la sociedad debería seguir respaldando el mismo rumbo porque la alternativa sería peor.
Es un cambio de narrativa.
La legitimidad ya no se apoya exclusivamente en la promesa de un futuro mejor. Comienza a apoyarse, también, en el temor al regreso del adversario político.
En la misma semana, el vocero presidencial, Adrián Ravier, sostuvo que el dólar podría ubicarse, “en algún momento”, entre los 1.700 y 1.800 pesos. Más allá del debate técnico, las palabras del vocero de un gobierno nunca son neutras. En una economía tan sensible como la argentina, también construyen expectativas. Y las expectativas, en nuestro país, suelen convertirse rápidamente en decisiones de consumo, de inversión y, muchas veces, en nuevos aumentos de precios.
Como si fuera poco, buena parte de la agenda pública quedó absorbida por una operación mediática montada sobre una fake news contra el presidente de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, amplificada por comunicadores cercanos al oficialismo y desmentida poco después.
No hace falta demostrar una coordinación entre todos estos hechos para advertir que confluyen en una misma lógica.
Mientras la economía ofrece señales cada vez más preocupantes, el centro de la conversación pública se desplaza hacia otros temas. La discusión deja de girar alrededor de la producción, el empleo, el salario o el consumo y pasa a concentrarse en enemigos permanentes, operaciones mediáticas y escenarios hipotéticos.
No es un fenómeno nuevo.
Arturo Jauretche llamó a ese mecanismo “colonización pedagógica”: la capacidad de construir un sentido común que lleva a una sociedad a discutir cuestiones secundarias mientras los problemas centrales quedan fuera del foco. Antonio Gramsci, desde otra tradición intelectual, explicó que la hegemonía consiste precisamente en eso: lograr que una determinada mirada del mundo sea aceptada como la forma natural de interpretar la realidad.
Quien consigue definir de qué habla una sociedad también condiciona la manera en que esa sociedad comprende lo que le ocurre.
Por eso esta semana no puede leerse como una simple sucesión de declaraciones desafortunadas.
Lo que aparece es un cambio de estrategia política.
Cuando los resultados económicos dejan de alcanzar para sostener, por sí solos, el consenso social, la comunicación oficial busca otros recursos: la polarización, la construcción permanente de un adversario, la administración de las expectativas y el miedo como herramienta de cohesión.
La visita de Kristalina Georgieva será, seguramente, una nueva oportunidad para que el Gobierno exhiba respaldo internacional. La pregunta es si ese respaldo alcanzará para disipar las dudas que hoy plantean la economía real, los mercados y, por primera vez, las propias palabras de sus principales funcionarios.
Quizá por eso la frase más reveladora de la semana no fue la proyección de un dólar a 1.800 pesos ni una operación mediática contra la AFA.
Fue aquella en la que el propio ministro de Economía pidió respaldo incluso frente a la posibilidad de que su plan no funcione.
Porque cuando un gobierno comienza a preparar a la sociedad para el eventual fracaso de su programa, ya no está discutiendo únicamente economía.
Está intentando construir, anticipadamente, el sentido político de ese posible fracaso.
