Nación reordena las represas del río Santa Cruz y desplaza a ENARSA en plena privatización

El Ejecutivo redefine el control de una obra estratégica y reabre interrogantes sobre el esquema energético

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El Gobierno avanzó el 10 de abril con una decisión de alto impacto en el mapa de la obra pública energética: mediante el Decreto 238/2026, trasladó la conducción del proyecto hidroeléctrico del río Santa Cruz a la Subsecretaría de Recursos Hídricos y desplazó a Energía Argentina S.A. (ENARSA) como actor central en su ejecución. La medida, firmada por el Presidente junto al Ministerio de Economía, no solo redefine la estructura de gestión de una de las obras más relevantes del sistema eléctrico, sino que se inscribe en el proceso de privatización de la empresa estatal. ¿Se trata de una corrección técnica para destrabar una obra demorada o de un movimiento más amplio para reconfigurar el rol del Estado en infraestructura estratégica?

El dato operativo es concreto: la Subsecretaría de Recursos Hídricos asume la calidad de comitente, con todas las funciones, derechos y obligaciones del contrato y sus múltiples adendas. A la vez, el Ejecutivo ordena que las centrales retomen su denominación original —“Cóndor Cliff” y “La Barrancosa”— y deja sin efecto disposiciones previas que habían modificado tanto la gestión como la nomenclatura del proyecto. En paralelo, instruye a la Jefatura de Gabinete a reasignar las partidas presupuestarias necesarias para sostener la ejecución.

El rediseño institucional detrás del decreto

El movimiento no es aislado. El decreto se apoya en la Ley 13.064 de obra pública y en una extensa secuencia normativa que, desde 2009, fue modificando la estructura de responsabilidades sobre el proyecto. En ese recorrido, la obra pasó por distintos organismos, desde la órbita de Obras Públicas hasta Energía, con sucesivas delegaciones y transferencias.

El punto de inflexión reciente es el proceso de privatización de ENARSA autorizado en 2025. El propio decreto reconoce que la empresa estatal tiene obras en curso que no pueden interrumpirse sin comprometer su finalización. En ese contexto, el Gobierno opta por separar la ejecución de este proyecto específico del proceso de venta, trasladándolo a un área técnica del Ministerio de Economía.

La decisión implica una recentralización operativa: la Subsecretaría de Recursos Hídricos no solo administrará el contrato, sino que también concentrará la toma de decisiones sobre ejecución, financiamiento y control. En términos prácticos, se busca evitar que las demoras propias del proceso de privatización impacten sobre una obra de gran escala.

Al mismo tiempo, el decreto plantea un argumento de eficiencia: concentrar la infraestructura hidráulica en un solo organismo permitiría mejorar la coordinación, el control de fondos y la capacidad de gestión. Es un giro hacia una lógica más vertical dentro del Estado, en contraste con esquemas previos más fragmentados.

Entre la gobernabilidad energética y la estrategia de privatización

El reordenamiento tiene implicancias que exceden lo técnico. Por un lado, refuerza el rol del Ministerio de Economía como eje de coordinación de la política de infraestructura, en línea con su creciente centralidad en la toma de decisiones del Gobierno.

Por otro, condiciona el proceso de privatización de ENARSA. Al retirar de su órbita una obra de gran envergadura, el Ejecutivo reduce riesgos asociados a pasivos y compromisos en curso, lo que podría facilitar la estrategia de venta. Al mismo tiempo, delimita qué activos o proyectos permanecen bajo control estatal directo.

También hay un efecto en la relación con los contratistas y el financiamiento internacional. El decreto garantiza la continuidad contractual —incluyendo adendas y acuerdos de crédito vigentes—, lo que apunta a sostener la previsibilidad en un esquema que involucra compromisos de largo plazo.

En términos de gobernabilidad, la decisión busca evitar un cuello de botella: una obra paralizada o ralentizada en medio de un proceso de privatización podría generar tensiones tanto en el frente fiscal como en el energético. La intervención directa del Estado aparece como una forma de contener ese riesgo.

Un movimiento táctico con efectos abiertos

El decreto no cierra el escenario. Por el contrario, abre nuevas preguntas sobre la arquitectura futura del sector energético y el alcance real del proceso de privatización.

En lo inmediato, habrá que observar si la centralización en la Subsecretaría de Recursos Hídricos logra acelerar la ejecución de la obra o si surgen nuevas fricciones administrativas. También será clave seguir cómo se instrumenta el traspaso operativo desde ENARSA y qué impacto tiene en los tiempos del proyecto.

En paralelo, la redefinición de roles dentro del Estado podría anticipar un patrón: separar obras estratégicas de empresas en proceso de privatización para garantizar su continuidad bajo control directo.

La decisión ya está tomada. Lo que resta ver es si este rediseño logra ordenar una obra atravesada por años de cambios institucionales o si inaugura una nueva etapa de reconfiguración en la política de infraestructura energética.

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