Lula

El programa de gobierno de Lula bajo la lupa

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El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien lidera las encuestas de cara a las elecciones de octubre en Brasil, difundió su programa de gobierno, en que defiende una mayor participación del Estado en la economía más grande de Latinoamérica.

El programa del Partido de los Trabajadores (PT) esboza la oposición a los planes del gobierno actual de privatizar empresas como el holding eléctrico Eletrobras, el servicio Correios y las petroleras Petrobras y Pré-Sal Petróleo (PPSA). Esta última fue creada en 2013 para representar los intereses del Estado en los contratos de producción compartida de hidrocarburos.

“[Petrobras] volverá a ser una empresa energética integrada que invierte en exploración, producción, refinación y distribución, pero también que actúa en los segmentos que se conectan a la transición ecológica y energética, como gas, fertilizantes, biocombustibles y energías renovables”, dice el programa del PT, que lidera el candidato de izquierda.

“Lula y su Partido de los Trabajadores están reforzando su antigua visión del papel de las empresas estatales como una especie de rama del gobierno en los sectores económicos en los que operan”, dijo a BNamericas el analista político sénior Mario Sergio Lima, de Medley Global Advisors.

Por su parte, el presidente Jair Bolsonaro, quien competirá por un segundo mandato en las elecciones del 2 de octubre, pasó a acelerar la venta de activos secundarios de Petrobras en los últimos años.

El programa, llamado Juntos pelo Brasil, tiene 121 párrafos de propuestas y puede consultarse en este enlace.

“Este documento no es la [versión] final, sino un punto de partida”, indicó Aloizio Mercadante, miembro de varios gabinetes durante la pasada administración del PT y actual director del centro de estudios Fundação Perseu Abramo, que redactó el documento.

EL PAPEL DE LOS BANCOS ESTATALES

También en contraste con la actual administración de derecha, el programa de Lula defiende una mayor participación de los bancos estatales, como el banco de desarrollo BNDES.

“También fortaleceremos a los bancos públicos, como Banco do BrasilCaixa Econômica Federal, BNDES, BNB, Basa y Finep, en su misión de promover el desarrollo económico, social y ambiental y en la provisión de crédito a largo plazo y garantías en la estructuración de proyectos, comprometidos con la sostenibilidad financiera de estas operaciones”, señala el programa.

El PT estuvo en el poder desde enero de 2003 hasta mediados de 2016. Lula fue presidente durante los primeros ocho años, mientras que Dilma Rousseff encabezó la presidencia entre enero de 2011 y agosto de 2016, cuando fue destituida por denuncias sobre el mal manejo de cuentas fiscales.

Durante el mandato del PT, los bancos estatales, principalmente el BNDES, se utilizaron para impulsar la economía. En el caso de BNDES, el banco inyectó efectivo en grandes proyectos y empresas de peso mediante préstamos subsidiados, estrategia que criticaron diversos analistas porque generaba distorsiones en la economía.

La estrategia actual de BNDES deja más espacio para que los bancos privados otorguen préstamos a compañías y proyectos, situación que podría ser difícil de revertir.

“El hecho de que el financiamiento del BNDES ya no se base en la antigua [tasa de interés subsidiada] TJLP, [que era inferior a la referencial Selic], redujo la participación del banco en el financiamiento de proyectos. Antes, el mercado de financiamiento de infraestructura dependía bastante del BNDES, pero actualmente depende mucho menos”, dijo a BNamericas Fernando Guimarães, jefe de project finance de Bradesco BBI, rama de banca de inversión de Banco Bradesco.

INFRAESTRUCTURA

El PT también insta a poner fin a las reglas de tope del gasto, que limitan los aumentos del gasto público a la inflación, para apuntar a una mayor inversión pública en proyectos de infraestructura.

“Es necesario garantizar la modernización y ampliación de la infraestructura de transporte y la logística social y urbana con un vigoroso programa de inversión pública”, indicó. “Aseguraremos la reanudación inmediata de la inversión en infraestructura, que es crítica para retomar el crecimiento y decisiva para reducir los costos de producción”.

El programa subraya que el partido incentivará además la participación privada en la inversión en infraestructura.

“La inversión privada también será fundamental en la reconstrucción de Brasil y será estimulada a través de créditos, concesiones, sociedades y garantías”, indica.

De hecho, los analistas prevén que los planes de concesión de infraestructura se mantendrán en marcha después de las elecciones de octubre.

“La agenda de concesiones de infraestructura comenzó a dar sus primeros pasos en la década de 1990 y durante anteriores gobiernos del PT esta agenda continuó, con varias subastas de carreteras y aeropuertos. No veo cambios en estos modelos de concesión a futuro”, dijo el consultor en infraestructura Bernardo Figueiredo, quien fue titular del regulador de transporte terrestre ANTT.

“Si miramos algunos sectores económicos, como es el caso de la infraestructura, necesitamos encontrar un equilibrio para tener inversiones tanto del sector público como del privado. Ningún país importante del mundo crece solo con inversión pública o solo con inversión privada”, agregó Figueiredo, quien también presidió la firma estatal de planificación y logística EPL durante el gobierno de Lula.

MINERÍA

El programa del partido de izquierda aboga por una cadena de valor más integrada en la industria minera y se opone a cualquier intento de posibilitar faenas mineras en tierras indígenas de la Amazonía, algo que ha defendido el gobierno de Bolsonaro.

“Brasil es un gran productor de minerales, la actividad minera debe ser estimulada a través de mayores vinculaciones industriales internas y el compromiso con la protección del medioambiente, los derechos laborales y el respeto a las comunidades locales. Debe mejorarse el estándar de regulación minera y abordarse la minería ilegal, particularmente en la Amazonía”, dice el partido en su programa.

DERECHOS LABORALES

El programa del partido también defiende una revisión de las leyes laborales que fueron aprobadas durante la administración de Michel Temer tras el derrocamiento de Rousseff, lo que implicó recortar ciertos derechos laborales.

“El nuevo gobierno propondrá, sobre la base de un amplio debate y negociaciones, una nueva legislación laboral que brinde una generalizada protección social para todas las formas de empleo y relaciones laborales, con especial atención a los trabajadores independientes”, agrega.

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Petro y Colombia ¿hay un giro progresista en Sudamérica?

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Con el reciente triunfo de Gustavo Petro en Colombia, la región sudamericana se ha resignificado a nivel ideológico, de tal manera que no se apreciaba hasta hace al menos una década. Colombia dio un paso histórico al elegir a la izquierda en una elección democrática, algo que no había ocurrido previamente y que puede ser tomado como un síntoma de la época y el contexto global con un impacto regional. 

El batacazo colombiano 

Gustavo Petro, de la mano de la coalición política Pacto Histórico, trastocó la realidad colombiana, regional y americana. Su triunfo, plasmado en una segunda ronda contra Rodolfo Hernández, significa un giro de 180 grados en el seno del entramado político colombiano. Petro proviene de la izquierda revolucionaria, explicado desde las acciones guerrilleras del Movimiento 19 de abril, inclusive participando de los conflictos armados en Colombia entre 1974 y 1990. 

Fue tan grande la influencia del socialismo en la vida de Gustavo Petro, que había recibido el apodo de “Petrosky”, haciendo alusión a un apellido de origen soviético. Más allá de lo anecdótico del seudónimo de Gustavo Petro, el flamante mandatario colombiano llevó adelante un proceso de institucionalización de sus prácticas políticas, materializadas en distintas participaciones de espacios políticos de que provienen de la vertiente revolucionaria, de una izquierda plenamente latinoamericana y con claras influencias en la gesta de Castro y Guevara en Cuba. 

Sin embargo, Petro, desde la concepción del entendimiento de la construcción de una imagen política y del conocimiento de los engranajes del sistema, comprendió que la moderación era una cualidad necesaria para acceder a un cargo de decisión política. En ese último punto, la influencia del socialismo del siglo XXI en sus distintas experiencias latinoamericanas, ha sido un puntapié para el accionar de Gustavo Petro. 

Con poco más del 50% de los votos del balotaje, Pacto Histórico se quedó con la presidencia de la Nación colombiana, y en este sentido cabe analizar a su rival político: Rodolfo Hernández. 

Este último es presentado como un outsider, una persona alejada de la política tradicional, con una verborragia demagógica que se transformó en su leitmotiv, y con severas intenciones de profundizar en políticas económicas neoliberales o de monetarismo estatal. 

Con esto se busca aclarar que Colombia pasó por elecciones verdaderamente históricas, no solo por su resultado, sino por sus máximos representantes: un izquierdista revolucionario y un outsider con aires bolsonaristas. Esto, a las claras, simboliza el quiebre político en el que se encuentra inmerso el país cafetero. 

Los extremos, representados en las figuras de los candidatos presidenciales, hablan de la situación actual por la que pasa Colombia, en donde dos respuestas fueron las expuestas por la población. Una, era ampliar y radicalizar las prácticas derechistas ejercidas desde el Estado (cuestión que Colombia la conoce bien), y, por otro lado, un cambio de paradigma ideológico que rompa con todos los esquemas que, históricamente, fueron construidos en Colombia. 

Este escenario lleva a la necesidad de la comprensión del panorama en el que se encuentra la sociedad colombiana, y que expresa, en el voto popular, la necesidad de un cambio trascendental. Colombia es un bastión de la derecha y del Tío Sam en América Latina. Desde los albores de la problemática del narcotráfico, Estados Unidos marcó su presencia en el país sudamericano, llevando adelante la bandera de la lucha contra los narcos, la cual, en décadas, no obtuvo ningún resultado positivo, sino que, por el contrario, profundizó la virulencia social que gira en torno a la producción y comercialización de estupefacientes. Esa sensación de cuidado, impregnado por la idealización del destino manifiesto estadounidense, le permitió tener una constante presencia de Washington en suelo colombiano, ya desde las primeras acciones de Pablo Escobar como expresión máxima del narcotráfico. El arribo estadounidense en Colombia también se traslado al marco político y económico, generando una tradición de presidentes derechistas, más conservadores o más moderados, pero siempre pujando por los intereses de la acumulación del capital y por las relaciones carnales con EEUU y sus instituciones amigas. Ante esto, es simple de reconocer que los años de hartazgo de la sociedad colombiana, se gestaron a partir de la ingeniería social plasmada por la derecha en ese país. Situaciones claves que son parte del día a día de Colombia: la falta de salud y educación pública, que genera la dificultad al acceso de los mismos y la consecuente marginación de los sectores menos pudientes hacia servicios tan necesarios; por otro lado, la falta de seguridad generada por un marco policial corrupto, la creación de un narcoestado y el accionar de los paramilitares; y, finalmente, el hecho de la integración regional. En este último punto cabe la posibilidad de ahondar analíticamente, entendiendo que Colombia limita geográficamente con Venezuela, atravesada por una experiencia totalmente distinta. Aunque, la historia reciente en Sudamérica, es más que influyente

¿Patria Grande 2.0?

La llegada de Gustavo Petro, además de las promesas preelectorales, como así también su propia postura e imagen como un representante de izquierda en el poder político, significa la reconfiguración del mapa ideológico de América del Sur. Para comprender cabalmente esto, es necesario comenzar a analizar cómo queda la conformación geopolítica de nuestra región. Es posible realizar una división entre progresistas y conservadores. Esta referencia no pretende caer en la simplificación de la izquierda y la derecha, sino que pretende comprender los fenómenos políticos con las contradicciones que presentan, aunque, casi como por descarte, es posible relacionar a la centroizquierda con el progresismo y al conservadurismo con la centroderecha. Más allá de esto, y de los avances y retrocesos de una América Latina con una dinámica producida a nivel macro y micro, es posible realizar la división conceptual previamente establecida. 

Por un lado, el progresismo, plasmado en fuerzas políticas con puntos de contacto y desconexiones. En principio, en este grupo se puede sumar a Venezuela de Nicolás Maduro, Bolivia de Luis Arce, Chile de Gabriel Boric, Argentina de Alberto Fernández, Perú de Pedro Castillo y el ferviente ascenso de Gustavo Petro en Colombia. Hablar de puntos de contacto que lleva al hecho de establecer una agenda de intereses en común a nivel regional, que involucren al crecimiento de los mercados y las industrias, haciendo frente a una situación económica y energética completamente adversa, generada por la guerra en Ucrania. En ese sentido, los países previamente nombrados gozan de una producción diversa y significativa, la cual es un punto a favor si pensamos en el concepto de multilateralismo como horizonte al que se aproxima el globo. También hay características políticas que hacen propia a la región. Cabe pensar que gran parte de estos países, salvo Venezuela, vienen de experiencias derechistas verdaderamente destructivas en términos políticos, económicos, sociales e inclusive culturales. Esta característica compartida genera cierta identidad interna entre los nuevos progresismos sudamericanos. Sin embargo, también cabe recordar las contradicciones que se presentan en este bloque. Ante esto, el ejemplo se puede demostrar en las políticas de género. Argentina y Chile mantienen una fuerte presencia estatal en ese ámbito y con un constante discurso de resarcimiento histórico con las mujeres y las diversidades. Sin embargo, Perú bajo el gobierno de Pedro Castillo, ha mantenido una reacia postura reaccionaria con la Educación Sexual Integral, el matrimonio igualitario y el aborto. Estas prácticas y políticas sociales han sido material de la agenda de los países progresistas, pero en Perú genera rechazo, aunque el mismo Pedro Castillo provenga de la izquierda. Una contradicción que se genera en el seno ideológico peruano y que levanta dudas acerca de la veracidad del manejo político izquierdista de Castillo en Perú.

En el otro lado del “ring” se encuentran los abiertamente conservadores de Sudamérica. Hablamos de Jair Bolsonaro de Brasil, Luis Lacalle Pou en Uruguay, Mario Abdo Benítez en Paraguay y Guillermo Lasso en Ecuador. Estos países presentan una serie de características en común: conservadurismo político, presencia religiosa en las decisiones estatales, neoliberalismo y desfinanciamiento del aparato público, y líderes carismáticos con un discurso que apela a la construcción de relatos posverídicos, alejados del análisis científico y académico, con una fuerte reminiscencia en el sentido común. Estos puntos de encuentro responden a una agenda integral de los intereses empresariales en Sudamérica, y con un claro desencuentro y descalificación del socialismo, y de aquel concepto tan manoseado, como lo es el populismo. Sin embargo, también existen los desencuentros en el ala conservadora de América del Sur. Por ejemplo, Jair Bolsonaro mantiene una fuerte presencia del evangelismo político en el marco del manejo estatal, e incluso en la sanción de leyes. En contraposición, Lacalle Pou maneja un país en donde el aborto y el consumo recreacional de la marihuana es legal. En este último punto, el mismo gobierno nacional uruguayo piensa en la ampliación de la comercialización de cannabis para turistas, ampliando aún más el rango de consumidores que pueda tener el país. Eso también se explica por la postura más bien liberal de Luis Lacalle Pou.

Ahora bien, hay una situación que remite a un contexto internacional mucho más abarcador que refiere a su relación con Estados Unidos y la presencia hegemónica de la política occidental en Sudamérica. 

En ese sentido, los dos “bombos” de modelos políticos que se han propuesto antes, marcan una gran diferencia en ese rubro. Por un lado, los países con líderes políticos conservadores y una clara reivindicatoria de la presencia estadounidense en suelo sudamericano, como así también de una evidente relación cercana con las instituciones económicas con los intereses del Tío Sam. Asimismo, un ejemplo enorme acerca de la presencia de la hegemonía occidental la da la mismísima Colombia, con su estatus de país asociado a la OTAN. 

Por otro lado, en el grupo de los progresismos, es posible ver una situación de rechazo, sea moderada o evidente, a las políticas de capitalismo salvaje y a la presencia estadounidense en la región. Claro está, que no es lo mismo la situación de Venezuela con más de dos décadas de presencia socialista, que el contexto argentino con un refinanciamiento de la deuda externa con el Fondo Monetario Internacional, generado por la gestión de Mauricio Macri, en donde Argentina debe mediar constantemente con el fin de lograr un desendeudamiento paulatino, con el menor riesgo para los sectores más carenciados.   

En base a lo previamente expuesto, ¿es posible pensar en un retorno del concepto de la Patria Grande? Nos referimos al momento histórico comprendido entre el principio del siglo XXI hasta mediados de la década del 2010, en donde América del Sur conformó un bloque regional, a nivel político, económico y social con una clara agenda de centroizquierda. Este momento histórico se caracterizó por las figuras de Hugo Chávez, Evo Morales, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Fernando Lugo, Pepe Mujica, Rafael Correa y Lula Da Silva. 

Es decir, si uno traza una comparación equivalente a la actualidad, ve que hay una mayoría progresista. Pero está claro que no son los mismos contextos. Sin embargo, sí es cierto que esta nueva reconfiguración del mapa ideológico sudamericano remite fuertemente a esa época y permite visualizar en una conjunción de políticas integrales de relaciones internacionales entre los países, y por qué no pensar en un bloque emergente en un contexto de crisis global. 

El futuro sudaca 

Para generar aún más incertidumbre en el plano geopolítico de América Latina, próximamente hay países que afrontarán nuevos comicios, en donde el plano del poder político central puede cambiar, y con ello, nuevamente tener un sesgo de dinamismo ideológico en la región. En principio, hay que hablar de Brasil. El país verdeamarelho enfrentará elecciones presidenciales el próximo 2 de octubre. Esto enfrentará a dos líderes natos y referentes yuxtapuestos de las controversias de una sociedad compleja como la brasileña: Jair Bolsonaro y Lula da Silva. Un conservador, evangelista y derechista, y por otro lado, un progresista, de la vieja guardia de la Patria Grande e izquierdista. Una dicotomía que demuestra una vez más, las dos caras de una sociedad fragmentada como la de Brasil. 

Asimismo, hablamos del enfrentamiento de dos grandes potencias, ambos llegarán con el peso de haber dirigido el rumbo de su país y de ser representantes de la voluntad popular. Jair Bolsonaro, por su parte, cuenta con la ventaja de la dinámica de la gobernabilidad, entendiendo que es el actual presidente de Brasil. Esto significa que llegará con ruedo, prensa, poderío mediático y con la posibilidad de dar un último “manotazo de ahogado”, con alguna ley o medida que realce su imagen pública. 

Lula, tiene a su favor el contexto regional. Es decir, el impulso de los líderes que conforman el bloque progresista en Sudamérica, casi como si fuese una oleada centroizquierdista, puede ser un factor que beneficie a la figura de Lula da Silva. El expresidente lo sabe, y, de hecho, su discurso preelectoral hace una breve reminiscencia a los años de preponderancia y dominio de Brasil, como la potencia sudamericana que fue bajo su mandato y en conjunto con la Patria Grande. Es cierto, que varias cuestiones han cambiado, y que hoy en día enfrenta a un rival poderoso y sin escrúpulos a la hora de encarar las elecciones. 

Si seguimos analizando el futuro que le depara a Sudamérica, podemos ver dos elecciones importantes donde puede haber cambios: Argentina y Paraguay. Si arrancamos por el último, cierto es, que hay pocas posibilidades de un nuevo arrebato progresista en el país guaraní, aunque las dinámicas políticas pueden hacer un cambio de 180 grados en el tiempo que aún queda por delante. Es menester recordar que, las próximas elecciones paraguayas, tendrán un nuevo agente social, expresado como candidato a la presidencia: José Luis Félix Chilavert. El ex arquero de la selección paraguaya en posición de outsider, contestatario e irreverente, buscará ser una opción más para el pueblo de Paraguay. Asimismo, también habrá una puja de poder entre los partidos considerados como tradicionales en ese país. Todo indica que el país paraguayo mantendría una posición mas cercana al conservadurismo sudamericano.

Por el lado argentino, el Frente de Todos, representando al histórico frente peronista que, en este caso, se presenta con tintes centroizquierdistas y que, hoy en día, aún cuenta con la figura de Cristina Fernández de Kirchner en sus filas. Del otro lado se asoman dos fantasmas, un viejo conocido y un nuevo representante del pensamiento político. Hay que hablar de Juntos por el cambio, el partido político que lidera el expresidente Mauricio Macri, y que presenta en su espacio a representantes que podrían erigirse como opciones a la hora de ser los representantes de la centroderecha nacional. Por otro lado, lo que no puede faltar, el ala libertaria. Javier Milei y José Luis Espert, dos representantes del liberalismo con ideas fuertemente basadas en la derecha conservadora, en la liberalización de la economía y en un ajuste brutal del financiamiento estatal. Es un panorama donde Argentina puede mantener su posición progresista o ceder ante el conservadurismo.

En el hipotético caso que Sudamérica se mancomune en la bandera de centroizquierda podría pensarse en la proyección de una zona de influencia e integración económica y política que represente a nivel global. Esto podría traer beneficios si uno comprende la fragilidad diplomática de Estados Unidos en la figura del presidente Joe Biden, e incluso la influencia del BRICS en Sudamérica. Recordemos que este último bloque está integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y justamente representa a las economías emergentes no occidentales o, que al menos, no dependen directamente de las decisiones tomadas en la Casa Blanca. 

Esta aparición del BRICS en el mapa geopolítico sudamericano puede ser una vía de escape de la dependencia estadounidense y también beneficioso para los países productores y más desarrollados de la comunidad en el marco de acuerdos bilaterales con Sudamérica. 

El ruido siempre está en el sur 

Con todas sus vicisitudes y controversias, esta región del mundo mantiene una dinámica política que, a las claras, es característica identitaria. América del Sur ha sido el escenario de disputas ideológicas desde el desarrollo del capitalismo de libre concurrencia, y aún más polarizado desde los años de la Guerra Fría. Esta disputa entre izquierda y derecha, entre progresismo y conservadurismo, es un capítulo más de la vorágine con la que se convive en Sudamérica. Indudablemente, siempre está en los planes, la planificación a largo plazo y para ello, hay que conseguir unidad y estabilidad. Podría ser la posibilidad de un crecimiento sostenido de América Latina, incluyendo a Centroamérica y a México, en el marco de una serie de países con intereses compartidos y con una agenda global. Sin embargo, mucho depende de los procesos eleccionarios, y, sobre todo, por los vaivenes económicos generados en el capitalismo. No es casualidad que, durante mayor crisis económica, crecen las figuras conservadoras o los discursos demagógicos, y tampoco es casualidad que la historia de Latinoamérica pareciera ser cíclica de cierta forma. 

Misiones podría sacar ventaja en un mercado internacional donde interesen los productos y bienes generados y elaborados en la tierra colorada. Solo basta con pensar en la forestoindustria, la yerba mate y el té, como los elementos de exportación más trascendentales de Misiones. De hecho, Chile es uno de los compradores más importantes de la provincia misionera, y a eso hay que agregar el constante flujo de una frontera dinámica con Paraguay y Brasil. 

Dicho esto, pareciera lógico que, a mayor integración a nivel subcontinental, mayor provecho de una zona que, geopolíticamente, es un enclave internacionalista, comprendido como una ecúmene desde la perspectiva del análisis del espacio geográfico. Todo indica que el futuro de toda una región, vasta y extensa como América del Sur, siempre depende de las elecciones nacionales y de las consecuencias de la misma.

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Lula critica a Biden por financiar armas para Ucrania mientras falta leche de fórmula en Estados Unidos

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El expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, favorito en las encuestas para vencer las elecciones presidenciales del 2 de octubre, fustigó en las últimas horas al mandatario estadounidense, Joe Biden, por financiar el armamento de Ucrania para la guerra con Rusia mientras enfrenta en su país una crisis de desabastecimiento de leche de fórmula para lactantes.

“¿Cómo puede la primera potencia económica mundial decir que no tiene ni leche para los niños justo después de que el presidente Biden anunciara 40.000 millones de dólares para comprar armas destinadas a la guerra de Ucrania?”, preguntó Lula.

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) volvió a cuestionar la posición de Estados Unidos frente a la guerra de Rusia contra Ucrania luego de haberlo hecho ante la revista Time el mes pasado, cuando atribuyó a la expansión de la OTAN y al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, responsabilidad igual que a Moscú en el conflicto.

El candidato del PT hizo esta declaración en un discurso el martes por la noche en la Pontificia Universidad Católica de San Pablo, durante el lanzamiento del libro “Querido Lula”, una recopilación de las cartas que el pueblo brasileño le envió mientras estuvo 580 días preso por una condena de corrupción que luego fue anulada por manipulación de pruebas, armado de causas y lawfare.

“Estoy percibiendo que más que nunca Brasil necesita de nosotros”, afirmó el expresidente, quien citó el caso de las familias que viven en las grandes ciudades buscando huesos entre los residuos para poder alimentarse.

“Los banqueros piden reuniones y voy a tener que tener muchas reuniones con empresarios y banqueros. Pero ellos nunca me preguntan sobre el pueblo en las calles, sobre el hambre, el desempleo, nunca preguntan sobre eso, quieren saber sobre el techo del gasto público, el pago de la deuda pública, todo para tener asegurada sus ganancias”, dijo en el acto.

Lula afirmó que en esta elección contra Jair Bolsonaro se enfrenta a “gente de lo peor” vinculada al asesinato de la concejal negra socialista Marielle Franco en marzo de 2018 en Río Janeiro, crimen por el cual están detenidos parapoliciales.

“Estamos luchando contra gente de lo peor, contra los asesinos de Marielle Franco, los parapoliciales, las personas que no tienen miedo de matar inocentes”, dijo al citar también el caso del trabajador Genivaldo dos Santos, asesinado por policías que lo torturaron en una cámara de gas en Sergipe la semana pasada.

Lula afirmó que su objetivo es elevar el nivel de inversión y de acceso a todos los niveles de la educación.

“La ignorancia no genera estadistas, genera a un Bolsonaro”, dijo Lula, quien pidió a la militancia caminar el país para ganar el voto de quienes siempre se opusieron al PT.

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Petro: cerca de la Presidencia de Colombia en un histórico giro a la izquierda

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En su tercer intento por alcanzar la presidencia de Colombia, Gustavo Petro, candidato del Pacto Histórico, que reúne a fuerzas de izquierda, dio hoy un paso clave hacia esa aspiración, que seguramente tejió en sus años como alcalde de Bogotá y en su paso por el Congreso.

Ganador de la primera vuelta de hoy, Petro parece haber dejado muy atrás su paso por una guerrilla y ahora, autodefinido como progresista, amaga con entrar en la historia: puede convertirse en el primer presidente de Izquierda de un país históricamente dominado por el conservadurismo y los liberales.

Y, además, puede hasta convertirse en un líder regional o al menos en una pieza clave de un armado con tinte progresistas, según los respaldos que recibió en la campaña.

De 61 años, nacido en Ciénaga de Oro, Petro fue un estudiante casi ejemplar, aunque con apenas 17 años ingresó al M-19, una de las varias guerrillas que actuaban por entonces en Colombia y también una de las primeras en retornar a la vida civil, en 1990.

Varios años después de descubrir que es intolerante a la lactosa, Petro usó en el M-19 el nombre ficticio de Andrés Aureliano, su forma de homenaje al Aureliano Buendía de la genial obra de Gabriel García Márquez “Cien años de soledad”.

Fue concejal en Zipaquirá, tuvo un cargo diplomático y logró una banca de representante primero y una de senador después. Desde el Congreso empezó a lograr notoriedad, en buena medida en base a sus denuncias de corrupción, contra la llamada “parapolítica” -las relaciones de grupos paramilitares con dirigentes- y de los casos de “falsos positivos”, los asesinatos de desocupados y campesinos presentados por el Ejército como guerrilleros muertos en combate.

Todo eso lo ayudó a llegar en 2012 a la alcaldía de Bogotá, de donde fue destituido después de una investigación sobre el sistema de recolección de residuos. Se le prohibió entonces ejercer cargos públicos por 15 años, pero esa sanción fue un búmeran para los sectores que lo tumbaron: Petro logró un impulso popular de relevancia y, además, la Corte IDH lo repuso en el cargo en 2014.

Ya había hecho por entonces, en 2010, un primer intento por la presidencia, cuando consiguió un 9% de los votos. Haría otro en 2018, cuando con un 25% de los sufragios, obtuvo el derecho de disputar la segunda vuelta, que perdió con el ahora presidente Iván Duque.

Para este tercer intento que lo puso hoy en segunda vuelta armó una red de fuerzas y movimientos de izquierda, pero que se extendió hasta sumar sectores evangelistas. Y eligió, además, a una mujer negra y feminista como compañera de fórmula, Francia Márquez.

En el Pacto Histórico están Colombia Humana, la Unión Patriótica, el Partido Comunista, el Movimiento Alternativa Indígena y Social, Polo Democrático, Todos Somos Colombia, Partido del Trabajo y el Movimiento de Acción Democrática, junto a otros cinco sellos.

El discurso de Petro en favor de profundas reformas sociales y económicas alienta las advertencias de quienes lo consideran un camino hacia el “castrochavismo”, lo tildan de comunista o lo consideran un “populista peligroso”.

En las legislativas de marzo quedó claro que ese discurso no pegó, al menos en un sector mayoritario: la fuerza hizo su mejor elección histórica. Y el exalcalde usaba “cambio” y “transformación” casi como latiguillos.

Ahora arrancan tres semanas en busca de otros acuerdos y una mini campaña mano a mano, que se presume polarizada al máximo. Pero Petro nunca estuvo tan cerca del Palacio de Nariño.

La sorpresa la dio el segundo, al que le daban pocas chances: el empresario y exalcalde de Bucaramanga Rodolfo Hernández, quien el 19 de junio disputará una segunda vuelta con Gustavo Petro para definir quién será el próximo presidente de Colombia.

En un mensaje leído por los medios locales una vez que el preconteo que elabora la Registraduría Nacional -que no tiene carácter vinculante pero marca tendencia de la elección- confirmó su pase a la segunda vuelta, Hernández destacó su intención de “unir a Colombia”, lo que fue interpretado rápidamente como la decisión de salir a buscar los votos de quienes lo siguieron, sobre todo los del aspirante de derecha Federico Gutiérrez.

Hernández encabezó una coalición denominada Liga de Gobernantes Anticorrupción que se presentó ante el electorado como un candidato “antipolítica” que supo cosechar votos de ciudadanos desencantados, que achacan varios de los males que sufren a la clase política tradicional y a la corrupción.

El preconteo le adjudicó a Hernández 28,1% de los votos, frente a 40,3% del ganador, Petro (izquierda).

“Hoy ganó el país que no quiere seguir un día más con los mismos y las mismas que nos ha llevado a la situación dolorosa en la que hoy estamos. Hoy ganó la una voluntad ciudadana firme para acabar con la corrupción como sistema de gobierno. Hoy perdió el país de la politiquería y corrupción”, dijo.

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Lula 2.0

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Luiz Inácio Lula da Silva es una de esas figuras imprescindibles para cualquier persona que busque comprender el presente, la actualidad y la vorágine de la política latinoamericana en el siglo XXI. Su figura, envuelta en un sinfín de contradicciones, marca la agenda (a grandes rasgos) de la polarización en Brasil y en la región en general, pasando por un proceso de transformaciones socioeconómicas y culturales bastante similares.

El regreso de Lula da Silva a la política brasileña es una de las tantas señales del hartazgo político latinoamericano. Lógicamente que él es un líder carismático y con muchos seguidores, pero su figura abrumadoramente positiva en la opinión pública simboliza en gran parte ese rechazo a la fatídica gestión de Jair Bolsonaro al mando de Brasil con una gran cantidad de debilidades: pandemia, corrupción, discriminación de toda índole y proliferación de discursos de odio. Lula vuelve, recargado, pero con un mundo completamente distinto.

Hagamos un poco de historia

Lula da Silva fue presidente de la República Federativa de Brasil entre 2003 y 2010. Una persona que, a diferencia de las renombradas figuras de máximos mandatarios estatales, no nació de una formación intelectual, sino desde el ámbito obrero. Lula fue obrero metalúrgico y sindicalista. Su condición de un funcionario nacido desde el seno de los trabajadores fue uno de los puntos que lo llevó a ser quién es y una de las razones por la cual vuelve a ser una válvula de escape para una sociedad brasileña confundida.

El gobierno de Lula estuvo signado internamente por un fuerte robustecimiento del sistema productivo y una reactivación de la pujante economía verdeamarela. De hecho, los programas Bolsa de Familia y Hambre Cero fueron grandes responsables del repunte de los sectores más golpeados históricamente en Brasil, logrando un gran avance en materia de movilidad social ascendente. A nivel económico, fue tan importante la contribución de Lula da Silva, que Brasil tuvo la oportunidad de organizar y ser anfitrión de una Copa Mundial de Fútbol en 2014 y de que Río de Janeiro sea sede de los Juegos Olímpicos en 2016.

Paralelamente a la cuestión interna en Brasil, la región tuvo un importante protagonismo durante los años de Lula. En consonancia a las fronteras interiores, Brasil mantuvo lazos cercanos a la Argentina de Kirchner-Fernández, Venezuela de Hugo Chávez, Cuba de Castro, Bolivia de Evo Morales, Uruguay de “Pepe” Mujica y Paraguay de Fernando Lugo. Este grupo de países sudamericanos embanderados en conceptos como el antiimperialismo y el socialismo del siglo XXI, marcaron un tiempo de recuperación económica y superación del monetarismo estatal o neoliberalismo, simbolizando estabilidad, gobernabilidad y autonomía. 

Ahora bien, fuera del continente, Lula da Silva tuvo un protagonismo en el programa nuclear de Irán y la polémica desatada a nivel de seguridad internacional, como así también poner sobre la mesa el debate del que tanto se habla ahora: el cambio climático. 

Finalmente, Lula fue involucrado en casos de corrupción que sacudieron sus cimientos. El lawfare regional se inició con Petrobras. En 2017 fue condenado. En 2018 se entregó y no pudo participar de las elecciones presidenciales. En 2019 se ordenó su liberación y en 2021 se anularon todas las sentencias contra él. Lula vuelve, recargado. 

Lula, modelo 2022

La primera incógnita que suscita el retorno del líder del Partido de los Trabajadores de Brasil, es, lógicamente, cuál será su perspectiva para ejercer el poder en Brasil. 

Principalmente uno puede ver que Lula, desde el punto de vista de su discurso y construcción del relato político, apela al retorno de políticas sociales y económicas destinadas a los sectores más afectados durante la gestión bolsonarista. Esto hace pensar en el retorno de políticas similares a las que aplicó previamente, aunque no todo es tan fácil como parece. El contexto entre 2003 y 2022 es absolutamente yuxtapuesto. 

El mundo, en principio, está padeciendo las consecuencias económicas de la pandemia del SARS – COV- 2. Ante esto, Brasil no es ajeno y está sufriendo un proceso inflacionario de los más grandes en décadas. Esto, por un lado, posiciona como necesidad primera el hecho de cuidar a los sectores más vulnerables, aunque por otra parte es menester pensar en que el Banco Central de Brasil no cuenta con las divisas y los fondos como para poder solventar semejante inyección monetaria. La impresión de billetes sería una oportunidad, aunque parte de la sociedad no ve como un gran plan esa salida. Programas de políticas socio-económicas, el primer rompecabezas de Lula. 

Ahora bien… Judicialmente, ¿qué sucederá? Uno piensa que el revanchismo político y mediático de Lula podría ser un efecto inmediato. En este punto, la decisión que tome es fundamental para comprender su forma de comunicar la política hacia sus opositores. Si el ex presidente decide perseguir a quienes lo persiguieron, podría verse envuelto en un sistema de operación mediática por los medios de comunicación hegemónicos de la derecha brasileña. Por otra parte, si decide no hacer nada al respecto, la figura de sus opositores, y sobre todo la de Jair Bolsonaro, podría gozar de aceptación pública ascendente, y volver a posicionarlo como una opción para gobernar al país más grande de América del Sur. 

Sur: ¿La moneda de la Patria Grande?

Entre las promesas preelectorales de Lula Da Silva, quién será candidato a la presidencia de Brasil en las próximas elecciones del 2 de octubre, se encontró una polémica monetaria que causa asombro a algunos y estupor a otros. 

Sur es su nombre, y según el expresidente brasileño, sería la materialización de la unificación de una moneda común en toda América Latina. Su formato sería digital

Más allá de lo que signifique la declaración de Lula da Silva, su poder discursivo puso sobre la mesa una serie de cuestiones. En principio, se retoma la idea de la unificación monetaria de Latinoamérica, como un bloque político-económico-territorial (la Patria Grande hecha moneda). Rápidamente uno puede pensar en la inevitable comparación con la importancia del Euro en la Unión Europea, aunque con innumerables diferencias. 

Salvando las distancias y las discusiones de los detractores y los defensores de Sur, hay una idea entre líneas que hay que saber leer: la moneda no es la noción, sino la unidad latina. Una moneda en común traerá grandes beneficios a la región, eso es indudable. Ahora bien, la idea va mucho más allá y devela el concepto de la política para Lula da Silva. La unificación no busca ser meramente monetaria, sino una adhesión política regional emergente que pueda soportar los embates de un mundo en guerra (Rusia-Ucrania-Occidente), una guerra comercial (China-Estados Unidos), una comunidad debilitada (Unión Europea) y economías en constante crecimiento (India). La idea detrás de Sur, es, además, marcar el camino rupturista con el dólar estadounidense. Latinoamérica es dólar  dependiente por excelencia, como gran parte de los países del mundo, aunque Lula da Silva aún tiene la constante idea de la soberanía económica, financiera y monetaria. 

La primera inquietud sería el proceso de aplicación de la unificación monetaria. Hay sobrados ejemplos en la historia que demuestran que estos son los procesos a mediano-largo plazo que tienen avances y retrocesos y donde hay países (en este caso) más beneficiados que otros. La consecuencia de esta moneda digital que pueda ser usada por empresarios o Estados podría generar alguna inestabilidad a las monedas reales, o inclusive a la competencia con otras monedas digitales. Tan solo vale pensar en la equiparación de las distintas monedas nacionales con el dólar para entender el abismo que hay entre los miembros del sur de América. Sin ir más lejos, Brasil y Argentina son países vecinos, aunque con diferencias siderales si de finanzas y moneda hablamos. 

Ante este panorama, Sur pareciera ser más una utopía que una realidad. Sin embargo, Lula no está cantando envido con 33 en mano. Es decir, la noción de la unificación de la moneda es simplemente la punta del iceberg de la verdadera unificación de un bloque regional competente, el cual Brasil se posicionaría como el eminente líder. 

¿A qué se enfrenta Lula?

Lula da Silva retorna en la época del apogeo de las redes sociales, algo que modificó estructuralmente el eje de las comunicaciones. En este sentido, el expresidente se enfrenta a un batallón anónimo al cual no había enfrentado antes y donde Jair Bolsonaro se supo mover muy bien. Bajo esta premisa, las plataformas de comunicación virtual son ejes de vital importancia para la construcción de relatos. Bolsonaro y su séquito de seguidores lo comprendieron a la perfección y prácticamente se adueñaron de la comunicación política brasileña en Twitter y Facebook. Lula deberá enfrentarse a trolls y fake news, algo nuevo para él, pero viejo para el concepto del poder político (en Argentina hay experiencia de sobra en los últimos años).

Más allá del fenómeno de redes sociales, hay un componente opositor abrumadoramente fuerte, simbólico, real y efectivo que pulula entre los brasileños, y que además tienen a Bolsonaro como aliado: el evangelismo político

Esto se entiende por la constante, paulatina y expansiva presencia de las Iglesias Evangélicas en Brasil. A priori, no significan nada más que una religión que predica para sus fieles, y en el marco de la libertad de culto es algo que siempre es bien recibido. Sin embargo, hubo una transformación hace al menos dos décadas que se potenció al cuadrado durante la gestión de Bolsonaro, e inclusive durante su campaña rumbo a la presidencia 2018. Hablamos del evangelismo en la política, de la utilización de las iglesias, cultos y retiros espirituales como centros de operación política que rozan la extrema derecha. Los sectores más vulnerables son aquellos quienes acuden allí, y que en lugar de conseguir la satisfacción espiritual que buscan, terminan bajo el manto de una editorial política que tiene valores extremadamente contrarios a los del Partido de los Trabajadores de Brasil. 

El evangelismo político será un obstáculo enorme para Lula da Silva. Se han multiplicado por todo Brasil y cuentan con un financiamiento dadivoso. Además de ello, son cercanos a Bolsonaro, a tal punto que varios de sus funcionarios provienen de este sector de la política. Que no se mal entienda, ni Dios ni la fe son un problema, sino la manipulación de ellos con intereses políticos.

En síntesis con ambos sectores o situaciones expuestas (redes sociales y evangelismo político) hay un factor de vital importancia que Lula deberá afrontar: los discursos de odio.

Durante la gestión bolsonarista existió desde el poder político, estatal y mediático el discurso racista, xenofóbico, clasista, sexista, machista, anti-científico y negacionista. Esta realidad de Brasil se sintetiza en la tríada bolsonarismo – evangelismo político – redes sociales.

Ante ello, la figura de Lula aparece como un protector de los derechos de todos aquellos que se han visto golpeados por el bolsonarismo. Desde ex presos políticos por la dictadura del 64’ en Brasil, hasta mujeres que fueron insultadas públicamente por el establishment del odio brasileño.

Los amigos de Lula 

Previamente hablamos de la región, de la importancia de la adhesión política, económica y social en América Latina, y también de cómo Luiz Inácio Lula Da Silva supo conformar el bloque de la Patria Grande… pero, ¿qué pasa en 2022?

Latinoamérica está pasando por un momento de fragmentación equilibrada de las fuerzas políticas e ideológicas de toda índole. Desde progresismos de centro izquierda o socialdemocracias como la de Alberto Fernández y Gabriel Boric; gobiernos de tendencia neoliberal como Lacalle Pou en Uruguay; modelos políticos heredados de la Guerra Fría como Cuba, Nicaragua y Venezuela; hasta personajes “disruptivos” u “outsiders” como Nayib Bukele en El Salvador. 

Entre ese mar de disparidades ideológicas, ¿dónde se ubicará Lula? La primera respuesta es la necesidad de recomponer algunos lazos simbólicos con sus vecinos más cercanos: Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Venezuela. Este pareciera ser un primer paso, aunque entre las naciones nombradas hay diferencias totales. Inclusive, cabe preguntarse en dónde se va a apoyar más Lula, ¿en la socialdemocracia argentina y chilena o en la tosca herencia chavista de Nicolás Maduro?. Aquí, Lula tendrá que mostrar sus dotes de malabarista. 

Por otra parte, ¿cómo afectaría a la política externa intercontinental de Brasil esta posición de Lula?  Recordemos que el país actualmente presidido por Jair Bolsonaro conforma un bloque de economías emergentes a nivel mundial llamado BRICS. Este se encuentra conformado por Rusia, India, China y Sudáfrica. Ante esto, si Lula rearma un grupo con “los chicos del fondo” de América, podría ser un problema para Estados Unidos en el sentido de su presencia económica y política, y por otro lado sería bien recibido por China y Rusia. 

De hecho, si seguimos ahondando en las relaciones internacionales, Rusia es un tema en cuestión. Ni el mismísimo Bolsonaro cuestionó la invasión rusa en Ucrania y Lula deslizó que Volodimir Zelenski, presidente de Ucrania, es igual de responsable de la guerra que Vladimir Putin. Allí confluyen Bolsonaro y Lula. La política internacional es más compleja de lo que parece. 

Asimismo, Brasil es la entrada de China a Sudamérica. Es justamente el gigante asiático, el país que más bienes, productos y servicios coloca en el mercado brasileño. Este factor es clave, ya que Lula podría reafirmar los lazos que se habían ablandado con la polémica política sanitaria y el rechazo pendulante de las vacunas chinas contra el COVID-19 por parte del gobierno bolsonarista. Además, en un contexto de guerra en donde la industria liviana y pesada de Brasil pueden resurgir en mercados europeos, es fundamental contar con el respaldo chino y, claro está, con el fondo enorme de divisas que maneja Shanghai. 

Previamente nombramos a Estados Unidos y el dolor de cabeza que podría significar la figura de Lula da Silva nuevamente al frente del gigante de Sudamérica. Esto no es solamente algo que podría afectar a Washington, sino que va mucho más allá. Podría ser, inclusive la OTAN una comunidad que ponga sus ojos sobre Brasilia. La autonomía de América Latina unida no es la misma que fragmentada. Esto puede ser un estorbo para la Organización del Tratado del Atlántico Norte si pensamos en la ocupación territorial para bases militares en Brasil y zonas aledañas, con una Sudamérica golpeada por el narcotráfico en donde la guerra llevada adelante por los big boys de la DEA, no solamente no funcionó, sino que la inundó de más violencia. El territorio es fundamental, Estados Unidos, la OTAN y Lula lo saben. 

¿A vida vai melhorar? 

Muchos brasileños se esperanzan en que los rieles de Brasil al mando del Partido de los Trabajadores puedan ser como un fragmento de “Canta canta, minha gente” de Martinho da Vila. La respuesta es incierta, aunque se pueden analizar ciertas aproximaciones entendidas en el marco del año 2022. De hecho, si hablamos de números, cabe recordar que la inflación de Brasil en marzo de este año fue la más alta en 28 años, algo inusitado para una economía creciente, aunque explicado por el contexto internacional. 

Otro dato revelador tiene que ver con la pobreza y este guarda relación que, según encuestadoras y agencias de análisis económico privadas, de los 213 millones de brasileños, 50 millones son considerados pobres y 28 millones viven en pobreza extrema o indigencia. Un panorama que dista mucho de los 28 millones de brasileños que lograron salir de la pobreza gracias a las medidas de Lula da Silva entre 2003 y 2010. 

A la inflación y la pobreza hay que agregarle el dato del empleo, un tópico tan recurrente por Lula y sus seguidores. Brasil presentó en marzo del 2022 una contracción del empleo de casi el 60%, una cifra asfixiante. En consonancia con estos números, es menester aclarar que de esos trabajadores muchos se encuentran en “negro” o en industrias severamente golpeadas por la pandemia, como por ejemplo el turismo. Este último, luego de dos años de pandemia, comienza a mostrar signos de recuperación. 

Brasil y Misiones

En cuanto a la relación de la tierra colorada con Brasil, es posible comenzar a pensar qué podría cambiar, mejorar o empeorar con la figura de Lula al frente del país vecino. En principio, la moneda es fundamental. El gigantesco abismo entre el Real y el Peso argentino trastocan y condicionan el día a día del misionero en zona fronteriza con Brasil. Nuevamente resuena la idea de una moneda digital unificada y sus consecuencias, aunque en los vínculos sociales de frontera, es menester que, si se generan mayores lazos comerciales y facilidades financieras y económicas en ambos lados, el flujo entre Misiones y Brasil puede ser más ameno. 

Otro punto es fundamental y guarda relación con la rigidez o flacidez de las fronteras (reales o imaginadas) entre Argentina y Brasil en contexto misionero. Es sabido que, durante la etapa más dura de la pandemia, el lado brasilero tuvo menor cantidad de cuidados sociales y sanitarios, lo que llevó a Misiones a doblegar los esfuerzos por evitar un contagio masivo que signifique una saturación del sistema de salud misionero, algo que finalmente se evitó. De hecho, desde el otro lado del Río Uruguay era común ver los hospitales colapsados. La presencia de Lula podría servir para unificar criterios de políticas sanitarias en la región, en donde no se dependa solamente de las decisiones de Buenos Aires y Brasilia, sino que tengan una visión transfronteriza de unificación de criterios.

Lógicamente que este panorama depende pura y exclusivamente de que Lula da Silva gane las elecciones en octubre de este año, aunque su reaparición en la escena pública de la política latinoamericana puede hacer retroceder varios casilleros a sus opositores. Por otro lado, Alberto Fernández y la comitiva presidencial nacional son los encargados de las relaciones bilaterales entre Argentina y Brasil. 

Lula, el retorno de un gigante 

Finalmente, el retorno del expresidente brasilero no significa solamente un nombre en una boleta electoral, sino que abre un panorama de análisis internacional que podría cambiar 180 grados con su presencia. Eso no lo logran todos, lo logran aquellos que supieron transformar la realidad desde la práctica. Lula trae un ápice de esperanza para los sectores de centro izquierda e izquierda de Brasil, como así también para aquellos que padecieron y padecen las consecuencias de un Estado ausente de la mano de Jair Bolsonaro. 

Esta presencia es tan grande que nos llevó automáticamente a pensar en la reconfiguración social y económica de nuestras fronteras, en términos de políticas puestas a disposición de una región. De todas formas, Misiones y Brasil han tenido una historia de siglos, y la mixtura entre lo portugués y lo misionero siguen siendo identitarios, es por eso que la reaparición de Lula hace ruido: molesta, alegra, ofusca o excita. Sea cual sea la reacción, la vuelta de un líder enorme siempre es digna de un análisis internacional.

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