Lula

Brasil va a las urnas

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Por Jack Nicas y Flávia Milhorance. En 2019, Luiz Inácio Lula da Silva pasaba 23 horas al día en una celda aislada, con una caminadora, de una penitenciaría federal.

El expresidente de Brasil fue sentenciado a más de 20 años de prisión por cargos de corrupción; las condenas parecían poner fin a la carrera histórica del hombre que alguna vez fue el león de la izquierda latinoamericana.

Ahora, liberado de la prisión, Da Silva está a punto de volver a ganar la presidencia de Brasil, una increíble resurrección política que parecía impensable.

El domingo, los brasileños votarán por su próximo líder, y la mayoría elegirá entre el presidente Jair Bolsonaro, de 67 años, el actual mandatario de derecha, y Da Silva, un entusiasta izquierdista de 76 años mejor conocido como “Lula”, cuyas condenas por corrupción fueron anuladas el año pasado luego de que el Supremo Tribunal Federal de Brasil dictaminó que el juez que procesó sus casos no fue imparcial.

Durante más de un año, las encuestas han ubicado a Da Silva con una ventaja dominante. Ahora, un aumento en sus números sugiere que podría ganar el domingo con más del 50 por ciento de los votos, lo que evitaría una segunda vuelta con Bolsonaro.

Una victoria completaría la extraordinaria travesía de Da Silva, a quien el expresidente Barack Obama una vez calificó como “el político más popular de la Tierra”. Cuando dejó el cargo en 2011 después de dos mandatos, el índice de aprobación de Da Silva superaba el 80 por ciento. Pero luego se convirtió en la pieza central de una extensa investigación sobre sobornos gubernamentales que condujo a casi 300 arrestos, lo llevó a prisión y, aparentemente, acabó con su carrera política.

Da Silva se ha comparado con Nelson Mandela, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., presos políticos que ampliaron sus movimientos tras ser liberados. Credit… Dado Galdieri para The New York Times

Hoy, el exlíder sindical vuelve a ser el centro de atención, esta vez listo para retomar el poder de la nación más grande de América Latina, con 217 millones de habitantes, y con el mandato de deshacer el legado de Bolsonaro.

“¿Cómo intentaron destruir a Lula? Pasé 580 días en la cárcel porque no querían que me postulara”, le dijo Da Silva a una multitud de simpatizantes la semana pasada, con su famosa voz grave que se escucha más ronca debido a la edad y a una campaña agotadora. “Y allí me quedé tranquilo, preparándome como se preparó Mandela durante 27 años”.

En la campaña electoral, Da Silva ha comenzado a compararse con Nelson Mandela, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., presos políticos que ampliaron sus movimientos después de ser liberados. “Estoy convencido de que sucederá lo mismo en Brasil”, dijo en otro mitin celebrado este mes.

El regreso de Da Silva a la presidencia consolidaría su estatus como la figura más influyente en la democracia moderna de Brasil. Se trata de un ex trabajador metalúrgico, con una educación que llegó al quinto grado e hijo de trabajadores agrícolas analfabetos, que durante décadas ha sido una fuerza política, y lideró un cambio transformador en la política brasileña que se aleja de los principios conservadores y se acerca a los ideales de izquierda y los intereses de la clase trabajadora.

El Partido de los Trabajadores, un movimiento de izquierda que fundó en 1980, ganó cuatro de las ocho elecciones presidenciales realizadas desde el final de la dictadura militar en 1988, y terminó en segundo lugar en el resto de los comicios.

Como presidente de 2003 a 2010, la gestión de Da Silva ayudó a sacar a 20 millones de brasileños de la pobreza, revitalizó la industria petrolera del país y elevó a Brasil en el escenario mundial, llegando a organizar la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos de Verano.

Pero también permitió que un gran sistema de sobornos se originara en todo el gobierno, por lo que muchos de sus aliados del Partido de los Trabajadores fueron condenados por aceptar sobornos. Si bien los tribunales desestimaron las dos condenas de Da Silva por aceptar un condominio y renovaciones de empresas constructoras que licitaron contratos gubernamentales, no afirmaron su inocencia.

Desde hace mucho tiempo, Da Silva ha afirmado que los cargos son falsos.

Si Da Silva gana la presidencia, en parte será gracias a una campaña de la vieja escuela. Recorrió su vasto país realizando mítines presenciales. Y decidió irse por lo seguro: no asistió a un debate el sábado pasado, ha ofrecido pocos detalles sobre sus propuestas, y rechazó la mayoría de las solicitudes de entrevistas, también con The New York Times.

Además ha construido una amplia coalición, desde comunistas hasta empresarios, y escogió como su compañero de fórmula a Geraldo Alckmin, un exgobernador de centroderecha que fue su oponente en las elecciones presidenciales de 2006.

A Da Silva también le ha beneficiado que se enfrenta a un presidente profundamente impopular. Las encuestas muestran que aproximadamente la mitad de los brasileños dicen que nunca apoyarían a Bolsonaro, quien ha molestado a muchos votantes con un torrente de declaraciones falsas, políticas ambientales destructivas, la adopción de medicamentos no probados en vez de las vacunas contra la COVID-19 y los duros ataques que ha realizado contra rivales políticos, periodistas, jueces y profesionales de la salud.

En la campaña electoral, Bolsonaro ha dicho que Da Silva es un ladrón y un comunista, mientras que Da Silva describe al presidente como una persona autoritaria e inhumana.

Si es elegido, Da Silva sería el ejemplo más significativo del reciente giro a la izquierda de América Latina. Desde 2018, los movimientos de izquierda han protagonizado una oleada de elecciones contra los políticos en funciones en México, Colombia, Argentina, Chile y Perú.

En general, la campaña de Da Silva giró en torno a la promesa que ha formulado durante décadas: mejorar la vida de los pobres de Brasil. La pandemia azotó la economía del país, con una inflación que alcanzó los dos dígitos y el número de personas que padecen hambre se duplicó a 33 millones. También se comprometió a ampliar la red de seguridad, aumentar el salario mínimo, reducir la inflación, alimentar y darle vivienda a más personas y crear empleos a través de grandes proyectos de infraestructura.

“Fue el presidente antipobreza y ese es el legado que quiere conservar si gana”, dijo Celso Rocha de Barros, un sociólogo que escribió un libro sobre el Partido de los Trabajadores.

Sin embargo, como sucede con la mayoría de los políticos exitosos, los discursos de Da Silva suelen ser cortos en detalles y extensos en promesas. Con frecuencia forja su retórica en torno a un enfrentamiento entre “ellos”, las élites, y “nosotros”, el pueblo. Porta sus credenciales de la clase trabajadora en la mano izquierda porque a los 19 años perdió su dedo meñique en una fábrica de autopartes. Y transmite su mensaje de hombre común, con muchas referencias a la cerveza, la cachaza y la picaña, el corte de carne más famoso de Brasil.

“Piensan que los pobres no tienen derechos”, dijo la semana pasada frente a una multitud de simpatizantes en uno de los barrios más pobres de São Paulo. Y aseguró que él lucharía por sus derechos. “Vamos a volver a tener el derecho de hacer un asadito en familia el fin de semana, de comprar una picanhazinha, de comer ese pedacito de picanha con su grasa pasado por harina, y un vaso de cerveza fría”, gritó entre vítores.

“Es el candidato del pueblo, de los pobres”, dijo Vivian Casentino, de 44 años, una cocinera vestida con el color rojo del Partido de los Trabajadores, en un mitin celebrado esta semana en Río de Janeiro. “Él es como nosotros. Es un luchador”.

En su primer período como presidente, Da Silva utilizó el auge de las materias primas para financiar la expansión de su gobierno. Esta vez, la economía de Brasil está en un estado más precario y él propone impuestos más altos para los ricos con el fin de financiar más beneficios para los pobres. Algunos votantes están incómodos con sus planes después de que las políticas económicas de su sucesora, elegida por él, hicieron que Brasil entrara en una recesión.

Aunque su estilo político no ha cambiado en su sexta campaña presidencial, ha tratado de modernizar su imagen. Ha incluido más referencias a las mujeres, los negros, los pueblos indígenas y el medioambiente en sus discursos y propuestas, e incluso prometió abogar por las “ensaladas orgánicas”.

En una reunión reciente con personas influyentes de las redes sociales, incluido el youtuber más popular del país, un comediante ingenioso y un rapero con tatuajes en la cara, Da Silva los instó a contrarrestar las sugerencias de que era corrupto.

“Globo pasó cinco años llamándome ladrón”, dijo, refiriéndose a la cadena de televisión más grande de Brasil. Dijo que deseaba que el presentador principal del canal abriera el noticiero alguna noche pidiéndole perdón. “Las disculpas son difíciles”, agregó.

Da Silva nunca ha reconocido completamente el papel del Partido de los Trabajadores en el esquema de corrupción del gobierno que persistió durante gran parte de los 13 años que estuvo en el poder. La investigación, llamada Operación Lava Jato, reveló cómo las empresas pagaron cientos de millones de dólares en sobornos a funcionarios gubernamentales a cambio de contratos públicos.

Da Silva dice que sus enemigos políticos lo incriminaron para eliminar al Partido de los Trabajadores de la política brasileña. También acusó al gobierno de Estados Unidos de ayudar a impulsar la investigación.

La investigación finalmente se vio envuelta en su propio escándalo porque se demostró que fue utilizada como una herramienta política. Los fiscales se centraron en los delitos del Partido de los Trabajadores por encima de otros partidos, y los investigadores filtraron las conversaciones grabadas de Da Silva. Más tarde se reveló que Sergio Moro, el juez federal encargado del caso, estaba en connivencia con los fiscales, al mismo tiempo que actuaba como el único árbitro en muchos de los juicios.

En 2019, Da Silva fue excarcelado después de que el Supremo Tribunal Federal dictaminó que podía estar libre mientras presentaba las apelaciones. Luego, el año pasado, el tribunal desestimó sus condenas y determinó que fueron juzgadas en el tribunal equivocado y que Moro no fue imparcial.

Da Silva es impulsado por un culto a la personalidad, construido durante más de cuatro décadas a la vista del público, y es mucho más popular que el partido político que construyó.

Creomar de Souza, un analista político brasileño, dijo que las democracias inmaduras a menudo pueden girar en torno a una sola personalidad en vez de un movimiento o conjunto de ideas. “Algunas democracias jóvenes luchan por dar un paso adelante”, dijo. “Un individuo se convierte en una parte crucial del juego”.

En un mitin de Da Silva convocado en Río esta semana, Vinicius Rodrigues, un estudiante de historia de 28 años, estaba repartiendo volantes para el partido comunista. “Apoyamos a Lula específicamente”, dijo, pero no al Partido de los Trabajadores.

Cerca de allí, Luiz Cláudio Costa, de 55 años, vendía cintas para la cabeza que decían “Estoy con Lula” a 50 centavos de dólar. Siempre había votado por Da Silva, pero en 2018 eligió a Bolsonaro. “Me equivoqué”, dijo. “Necesitamos que Lula regrese”.

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Los años de Lula

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Brasil se aproxima a vivir una nueva jornada de comicios presidenciales marcadas por la imponente antagonía ideológica que persiste por estos días. El 2 de octubre, los brasileños deberán elegir entre la continuidad de un régimen o el retorno de un modelo que gobernó durante varios años a su país.

Uno de los partícipes principales de esta contienda política, es Luiz Inácio Lula da Silva, quien busca una nueva experiencia al mando del gigante brasileño. El expresidente tuvo una larga trayectoria política, previa a su desembarco en Brasilia con las investiduras del máximo mandatario. Lula fue un obrero metalúrgico, con fuerte presencia en la actividad sindical durante la década de 1980. Fue justamente un momento de quiebre para él, entendiendo que comenzó una carrera política ascendente. Lula, en carácter de trabajador y sindicalista, encabezó una serie de protestas contra el atropello económico padecido por los sectores más desfavorecidos. Su carrera en los 90’s se vio motivada por la institucionalización de sus consignas sociales, explicitadas en tres candidaturas presidenciales que no obtuvieron buen puerto (1989, 1994, 1998).

Más allá de estas derrotas presidenciales, Lula no se achicó, y en 2002 volvió a presentarse y ganó las elecciones en Brasil en segunda vuelta con un total de más de 60% de los votos. El líder del Partido de los Trabajadores ascendió al poder en un contexto particular, que, regionalmente presentaba signos compartidos con los vecinos países. 

Brasil atravesaba un resquebrajamiento económico a partir de una crisis profundizada en los últimos años del gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Sin embargo, este fenómeno no era propio de Brasil y permitió un ascenso, prácticamente en paralelo, de líderes populares que provenían de la izquierda y centro-izquierda latinoamericana. Junto a la figura de Lula en Brasil, aparecieron políticos como Néstor Kirchner, Evo Morales, Hugo Chávez, Pepe Mujica y Fernando Lugo, por solo nombrar algunos. Esta no es una situación aislada para entender los años de Lula, sino que es una herramienta para comprender el potenciamiento económico y político de Brasil a partir de una región sudamericana en armonía ideológica, que permitió un crecimiento y desarrollo en bloque, marcado por fuertes lazos diplomáticos. 

Lula Da Silva gobernó de 2003 a 2010 en dos mandatos, generando significativas mejoras en Brasil. Uno de los temas de mayor importancia fue la economía y la mejora de la calidad de vida de los brasileños, sobre todo de los sectores más postergados históricamente.. Esta premisa deja un dato irrefutable: el posicionamiento de Brasil como una potencia. Lula logró este hito con una política productiva equilibrada, en donde el Estado brasileño inyectaba una gran cantidad de dinero corriente en sectores necesitados, con una réplica de crecimiento imperante en el consumo, casi una oda al keynesianismo clásico. 

Sin embargo, la misión económica de Lula da Silva no se quedó estancado solamente en eso, sino que, en paralelo mantuvo ciertas políticas económicas de la época de Cardoso, tales como la carga tributaria y la responsabilidad fiscal. El gran quiebre que generó Lula fue un fuerte apoyo a las industrias, y pequeñas y medianas empresas, diversificó los créditos, permitiendo el acceso a las clases medias y también generando un aumento de los sueldos de los trabajadores, fortaleciendo el mercado interno y bajando la desocupación. Una inflación controlada fue clave para la pasividad política con la que gobernó.

A la par de lo nombrado, hubo dos grandes políticas sociales focalizadas del gobierno de Lula Da Silva que fueron la piedra angular de la recuperación económica de los más desfavorecidos: Hambre Cero y Bolsa Familia. El último fue un programa de desarrollo social que buscaba inyectar dinero en la clase baja brasileña, que no podía cumplir con condiciones básicas de desarrollo económico. Se basaba en generar una serie de pagos o ayudas sociales, a cambio de que las familias que entren en el cupo estipulado de los que podían recibir esa ayuda, de cumplir efectivamente con la escolaridad y el calendario de vacunas. 

En conjunto, Hambre Cero fue un programa que buscaba combatir la inseguridad alimentaria que regía en Brasil. El programa llevó adelante acciones concretas para garantizar el acceso a la alimentación, por ejemplo, con ayuda mediante Bolsa Familia pero también garantizando agua para las regiones semiáridas de Brasil, la entrega de vitaminas y suplementos, el robustecimiento de un modelo educativo que puso a la nutrición como parte de sus esquemas de enseñanza, la propuesta concreta de restaurantes populares y el impulso, desde el Estado, de la agricultura familiar.

Ambos programas de Lula Da Silva llevaron a un evidente mejoramiento de la vida de los brasileños, bajando la desocupación, generando mayor movilidad social ascendente, triplicando el PBI per cápita y posicionando a Brasil como un modelo a los ojos del mundo. 

Sin embargo, el abanico de políticas de Lula no se quedó en eso. El crecimiento exponencial a nivel infraestructura y urbanístico fue enorme, generando una evidente transformación de los espacios geográficos, a tal punto que las favelas comenzaron a resignificarse: más allá de problemáticas estructurales como la delincuencia y el narcotráfico, sectores faveleros comenzaron a sumergirse en la economía formal a través del boom turístico que vivió Brasil. 

En materia internacional, Lula Da Silva tuvo un discurso marcado por el respeto al crecimiento del bloque internacional alternativa de cooperación en conjunto con Rusia, China, India y Sudáfrica. En ese sentido, la comunidad de economías emergentes y de posicionamiento no directo con Estados Unidos y occidente en general, fue una de las grandes apuestas que Lula da Silva concretó en el último tiempo de su segundo mandato. 

Por otro lado, la gestión del Partido de los Trabajadores estuvo marcada por una serie de debates acerca del cambio climático, poniendo como eje a las políticas de resguardo medioambiental. La energía nuclear también fue parte de los esquemas de la política exterior de Lula. 

Fue el gran mediador entre Irán y la Agencia Internacional de Energía Atómica. El entonces presidente de Brasil defendía la postura de que Teherán podía producir energía nuclear, siempre y cuando sea para fines pacíficos y productivos. Lo cierto es, que Brasil, en conjunto con Turquía, fueron quienes lograron un acuerdo para que Irán continue produciendo energía nuclear, a tal punto de que recibió un jugoso intercambio de 1200 kilos de uranio. Pero la misión principal fue cumplida: bajar las tensiones en Irán y que la producción no cese. 

Terminados sus dos mandatos, Lula afrontó una serie de problemas de que afectaron profundamente su vida. Primeramente, fue diagnosticado con cáncer de garganta en 2011. Luego de tratarse mediante quimioterapia, el líder del Partido de los Trabajadores logró dejar atrás ese mal trago y curarse del cáncer. Pero eso no sería lo único, ya que en el año 2016 comenzó una marcada persecución judicial contra su persona, que terminó con una condena por corrupción en el caso Petrobras en 2017 y su entrega en 2018. Lula estuvo 580 días encarcelado, y, finalmente, en 2019 fue liberado, ya que el juez que lo condenó (Sergio Moro) no tenía competencia para juzgarlo. Dicho sea de paso, Moro terminó siendo ministro de Jair Bolsonaro. Más allá de eso, Lula volvió fortalecido al escenario político, y con ansias de revancha política, está en la recta final para conseguir su tercer mandato.

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Lula prometió que “el pueblo va a volver a comer” y dijo que Bolsonaro es “negación de la política”

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El expresidente de Brasil y candidato opositor Luiz Inácio Lula da Silva afirmó hoy que en las elecciones del 2 de octubre busca volver para “recuperar la economía” y prometió que “el pueblo va a volver a comer”.

Además, admitió que hubo corrupción en la empresa estatal Petrobras y calificó al mandatario Jair Bolsonaro como producto de la “negación de la política” que, dijo, delegó al Congreso la misión de gobernar y no controla el presupuesto del país.

En una entrevista de 50 minutos con la televisora CNN Brasil, emitida esta noche, Lula se presentó como el candidato que tiene “mucha experiencia” y dijo que se postula porque tiene “la certeza de que es posible recuperar la economía” brasileña.

“El pueblo va a volver a comer”, prometió, mirando a cámara.

Sobre Bolsonaro, dijo que se trata de un fenómeno de negación de la política y definió al Ejecutivo como un poder “debilitado”.

“La negación de la política y la destrucción de la política permitió que surgiera un Bolsonaro, como pasó con (Adolf) Hitler en Alemania, con (Benito) Mussolini en Italia; toda vez que se niega la política, lo que viene después es mucho peor”, dijo Lula.

“El presidente entregó el presupuesto al Congreso, es que el Gobierno está tan debilitado que el Congreso tiene más poder de inversión que el Presidente de la república”, manifestó.

Sobre el Legislativo, sostuvo que esperaba que se elijan “muchos diputados y senadores para no ser rehén del Congreso”.

En los primeros 20 minutos, el entrevistador William Waack consultó al candidato sobre temas de corrupción, principalmente durante sus períodos de gobierno (2003-11).

“Mi versión es que algún director de Petrobras que reconoció que robó, pagó el precio; yo no puedo decir que no hubo corrupción si ellos confesaron, lo que creo grave es que esas personas fueron beneficiadas por una delación premiada cuyo objetivo era intentar culparme”, declaró.

“La delación premiada hizo que muchos se volvieran ricos”, subrayó.

El líder del Partido de los Trabajadores (PT) se quejó de tener que demostrar que no cometió delitos. “Tuve que probar en la justicia mi inocencia y demostrar la culpa de ellos”, en referencia a jueces y fiscales, señaló.

Además, prometió que, de resultar ganador el 2 de octubre, la única forma que alguien no sea investigado es “si no comete delito”.

Si bien remarcó que es necesario “seguir creyendo en la Justicia”, criticó la falta de respeto por la división de poderes -que describió como “anormalidad”- y la “judicialización de la política”.

“Si cada uno (de los poderes) vuelve a su función, creo que las cosas van a volver a la normalidad: el Legislativo a legislar, el Ejecutivo a gobernar y el Judicial si sabe ser garante de la constitución” se logrará ese objetivo, evaluó.

Lula también marcó un punto de quiebre en la historia reciente en 2014.

“Las cosas empezaron a cambiar desde el golpe contra (la entonces presidenta) Dilma Rousseff, hasta entonces vivíamos en una normalidad, nunca se intentó derrumbar a un presidente porque andaba mal en las encuestas; en 2014 (el actual senador y excandidato a presidente) Aecio Neves no reconoció el resultado de las elecciones”, dijo.

Lula prometió que de ser electo por tercera vez como presidente, convocará a los gobernadores e impulsará los tres principales proyectos de infraestructura de cada estado.

El resto de los candidatos presidenciales participaron del ciclo de entrevistas de la emisora y hasta el momento el único que no confirmó su participación es Bolsonaro.

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Lula tiene 44% contra 31% de Bolsonaro a menos de un mes de las elecciones, dice sondeo de TV Globo

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El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva lidera con 44% de intención de voto la carrera para los comicios presidenciales del 2 de octubre en Brasil, contra 31% del mandatario Jair Bolsonaro, según una encuesta del instituto Ipec divulgada por la cadena televisiva privada Globo.

El líder del Partido de los Trabajadores está confirmando su favoritismo a menos de un mes de las elecciones y tiene chances de vencer en primera vuelta, contando los votos válidos, sin blancos ni anulados, como hace la justicia electoral.

La diferencia de esta encuesta entre Lula, presidente entre 2003 y 2010, y Bolsonaro, que va por la reelección, es de 13 puntos.

Respecto de la anterior encuesta del 29 de agosto del instituto Ipec (ex Ibope), Lula se mantuvo en 44% mientras que Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, cayó 1 punto, de 32 a 31%.

Esta encuesta fue realizada después del primer debate electoral y luego de una semana de propaganda y mostró, también, que el rechazo al gobierno de Bolsonaro es de 57%.

El tercero, según la encuesta divulgada por Globo, es el exministro Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista, con 8%, seguido por la senadora Simone Tebet, del Movimiento de la Democracia Brasileña (MDB) del expresidente Michel Temer, con 4%.

Gomes y Tebet crecieron un punto cada uno, apoyados por el desempeño que tuvieron en el debate electoral, que les dio una mayor visibilidad ante un escenario polarizado entre el exmetalúrgico Lula y el excapitán del Ejército Bolsonaro.

Más atrás aparecen con 1% cada uno el empresario libertario Felipe D’Avila, del Partido Novo, y Soraya Thronicke, de Unión Brasil.

La clave de la elección se sitúa en este dato: los votos en blanco sumaron 6 por ciento y los que respondieron que no saben a quién van a votar representan el 5 por ciento, según el sondeo de Ipec.

Pero Lula aún tiene chances de vencer en primera vuelta, que se logra cuando un candidato tiene la mitad más uno de los votos.

Apenas contando los votos válidos, sin blancos ni anulados, tal como lo hace la justicia electoral el día de la elección, Lula está en los umbrales de convertirse en presidente electo el 2 de octubre.

Es que la encuesta Ipec le otorga el 50% de los votos válidos, dentro del margen de error de 2 puntos para arriba o para abajo que tiene la muestra, considerada entre las dos mejor reputadas de Brasil junto a la de Datafolha, que la semana pasada redujo las chances del expresidente de ser electo en primera vuelta, con 45% de los sufragios válidos.

El voto está consolidado como nunca: 79% de los electores dijo que no existen chances de cambiarlo.

En tanto, 85% opinó que la divulgación de noticias podrían influir en las elecciones, como ocurrió en 2018 con la victoria de Bolsonaro.

En caso de balotaje, según Ipec Lula tiene una preferencia del 52% contra el 36% de Bolsonaro.

Según el desglose de la encuesta Ipec, Lula vence en distritos fuertes como los estados de San Pablo y Minas Gerais, los dos más importantes y populosos del país, y en todo el noreste, mientras que Bolsonaro vence en el centro-oeste sojero y ganadero y existe empate en la región sur.

Existe más preferencia hacia Lula entre las mujeres y la población más pobre, mientras que Bolsonaro domina entre los más ricos y entre quienes adhieren al culto evangélico.

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Lula saca ventaja ante un Bolsonaro a la defensiva en el primer debate electoral de Brasil 2022

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(Por Pablo Giuliano, corresponsal Telam).- El presidente de Brasil y candidato a la reelección, Jair Bolsonaro, y su principal rival para las elecciones del 2 de octubre, el exmandatario Luiz Inácio Lula da Silva, se acusaron hoy mutuamente de mentir y elevaron el voltaje del primer debate televisivo de la campaña, que incluyó un insulto del jefe del Estado a una periodista que intervino en el programa de la TV Bandeirantes.

Líder en los sondeos, el fundador del Partido de los Trabajadores (PT) fue el blanco elegido por Bolsonaro, que lo acusó de haber comandado entre 2003 y 2010 el gobierno “más corrupto de la historia” por los desvíos en la estatal Petrobras en el escándalo Lava Jato por el que fue condenado y luego absuelto por ser víctima de “lawfare”.

El jefe de Estado le dijo dos veces “expresidiario” a Lula, quien le respondió que “está más limpio que el presidente y su familia” y prometió eliminar los decretos con secretos de Estado por 100 años firmados por Bolsonaro sobre gastos y personas con las que se reúne.

A su vez, Lula respondió que su Gobierno fue el que mejoró la vida de las personas y el que tuvo más transparencia en el Estado y acusó a Bolsonaro de haber “abandonado” al pueblo, tras afirmar que en 2018 fue preso para impedir que ganara.

El mandatario de ultraderecha protagonizó el momento más violento de la noche al insultar a la periodista Vera Magalhaes, que preguntó sobre el rol del Gobierno en la pandemia y Bolsonaro le respondió que “era una vergüenza para el periodismo” por abordar este tema, tras lo cual fue repudiado por sus colegas.

Por otro lado, el presidente brasileño cuestionó la relación política de su colega argentino, Alberto Fernández, con Lula al comentar cómo en Sudamérica han vencido elecciones aliados del líder del PT como Fernández en Argentina, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia.

“Miren hacia dónde va la Argentina, el presidente de Argentina visitó a Lula en la cárcel. Hoy 40 por ciento de la población argentina está a la miseria. Lula apoyó al candidato que en Chile incendiaba el metro, en Colombia al candidato que está a favor de liberar las drogas y los presos. Lula apoya a Daniel Ortega en Nicaragua persiguiendo a religiosos”, dijo Bolsonaro.

Lula y Bolsonaro participaron por primera vez de un debate cara a cara siendo los favoritos, realizado en la emisora del barrio de Morumbí de San Pablo, donde también estuvieron los candidatos Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista (PDT); la senadora Simone Tebet, del Movimiento de la Democracia Brasileña (MDB) del expresidente Michel Temer; la senadora Soraya Thronicke, de Unión Brasil, del exjuez Sergio Moro; y Felipe D’Avila, del libertario Partido Novo, exbolsonarista.

Tebet y Thronicke intentaron posicionarse ante los electores -para los que no son muy conocidas- y atacaron los dichos de Bolsonaro. La senadora del MDB lo acusó de ser “misógino” y defensor de violadores y de torturadores de mujeres en la dictadura militar.

Bolsonaro, más tarde, dijo que existe una “victimización de la mujer” y defendió la agenda conservadora contra el aborto. Incluso dijo que liberó la posesión de armas para que las mujeres campesinas puedan defenderse.

Según las encuestas en tiempo real divulgadas por la prensa, Ciro Gomes fue el mejor evaluado por los usuarios de internet, presentándose como un “pacificador”.

El candidato del PDT tiene entre 5 y 8% de intención de voto y discutió con Lula, del que fue ministro de Ciudades durante tres años.

Gomes dijo que Lula es un “encantador de serpientes” y que el PT provocó una crisis económica y política en el gobierno de Dilma Rousseff que permitió “el surgimiento de Bolsonaro”.

Lula le endilgó que en 2018 se fue a París durante la segunda vuelta para evitar hacer campaña para Fernando Haddad en la elección en la que venció Bolsonaro, aunque afirmó que el PDT de Gomes será convocado para componer un eventual gobierno.

Gomes también repartió cuestionamientos hacia el actual jefe del Estado.

“Bolsonaro corrompió a todas sus esposas y a todos sus hijos. No tiene corazón ni escrúpulos. Usted simuló asfixia cuando moría gente de Covid-19”, dijo en las críticas cruzadas.

Por su parte, Lula acusó a Bolsonaro de no “derramar una sola lágrima” por los muertos por la pandemia y lo cuestionó por el negacionismo con la vacuna, mientras que Tebet respaldó al expresidente y dijo que hubo corrupción en el Ministerio de Salud del actual mandatario para adquirir anticipadamente en un paraíso fiscal la vacuna india Covaxin.

Lula, que gobernó Brasil entre 2003 y 2010, lidera la carrera electoral con 47% de la intención de voto contra 32% de Bolsonaro, según una encuesta del Instituto Datafolha publicada el 18 de agosto. Otros sondeos también ubican a Lula en la delantera, aunque con una ventaja menor.

El objetivo de Bolsonaro es recuperar puntos o restarle apoyos a Lula para llegar a la segunda vuelta electoral.

La jugada de Tebet, según analistas, fue acompañar a Lula mientras que la esperanza de Bolsonaro es que el laborista Gomes le arañe votos al líder del PT.

Lula y Bolsonaro prometieron que el próximo año, en caso de ser electos, mantendrán el programa social de 600 reales.

Lula acusó a Bolsonaro de haber mentido debido a que en el presupuesto de 2023 enviado al Congreso no está previsto el aumento del subsidio.

Ante las promesas de privatizaciones del magnate D’Avila y la empresaria de moteles en Mato Grosso do Sul Thronicke, Lula defendió las políticas de inclusión social y de generación de empleo prometiendo una reforma en la legislación para permitir derechos laborales a los informales, sobre todo a los repartidores que trabajan para aplicaciones de delivery.

“El pobre volverá a ser respetado, no es posible que un trabajador entregue comida sin poder comprar qué comer. Hay que legalizar la vida de ese ciudadano y darle ciudadanía. La esclavitud terminó en 1888. Nada de esclavitud del siglo XXI”, aseguró Lula.

El presidente, por su parte, negó la existencia de 33 millones de personas con hambre diciendo que es una “exageración” y manipuló datos para indicar que el plan social actual es mayor que el que pagaban los gobiernos del PT.

En la puerta del canal había grupos de militantes del PT y del Partido Liberal de Bolsonaro.

Durante el intercambio entre los favoritos, el exministro de Ambiente bolsonarista Ricardo Salles se enfrentó a empujones con el diputado lulista André Janones en las bambalinas de la transmisión televisiva.

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