Lula

¿Quién vive?

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Por Jean Tible, publicado en Le Monde Diplomatique. Luiz Inácio Lula da Silva polariza las elecciones presidenciales brasileñas desde la segunda vuelta de 1989 y volverá a ser el personaje principal de los comicios de este año. Figura épica, vivió experiencias de miseria en su juventud, antes de convertirse en obrero metalúrgico. Luego se volvió una pieza clave de la clase trabajadora en la redemocratización de Brasil, por su participación sindical y en las huelgas de los 80, liderando la creación del Partido de los Trabajadores (PT) y de la Central Única de Trabajadores (CUT). En el transcurso de su gobierno, se transformó en una figura política de importancia global. ¿Cómo entender la situación política actual y su retorno al centro de la escena?

El punto de inflexión se sitúa en las protestas de 2013. Luego de una década de gobiernos petistas marcada por el ascenso social de decenas de millones de personas, la irrupción de las protestas abre un nuevo ciclo político. Para bien o para mal, marcó el fin de una etapa. Terminó la estabilidad y se agudizó el conflicto distributivo debido a la dificultad para profundizar (e incluso continuar) el proceso de disminución de las desigualdades sin tocar los intereses concretos de los sectores más privilegiados. La “magia” del lulismo –distribuir a los pobres sin sacarles a los ricos– encontró allí su límite. Los gobiernos de Lula habían involucrado una paradoja: moderación y ausencia de “reformas estructurales” y, al mismo tiempo, un fuerte giro simbólico y material a favor de los más necesitados. Durante aquellos años se produjo una expansión de las oportunidades de vida y de las perspectivas de lucha gracias a una serie de políticas sociales (el plan Bolsa Familia, cuotas raciales y sociales para beneficiar a los excluidos de la enseñanza superior, la expansión de la universidad pública y la universalización del acceso a la electricidad). Hubo también mejoras económicas (aumento del salario mínimo, créditos rurales y populares), culturales, novedosos mecanismos de participación y nuevos vínculos con el mundo: la política de no aceptar un lugar prefijado en el concierto global y el fomento de las relaciones Sur-Sur, el apoyo a la integración regional y el impulso de nuevas alianzas. Ese conjunto de políticas benefició –e inclusive transformó– al electorado petista hasta hoy, con el realineamiento electoral detrás de la figura de Lula y la conquista de los más pobres, sobre todo en el Nordeste, que antes temían y ahora permanecen leales al PT.

El auge del lulismo se da hacia fines del segundo gobierno de Lula. Dotado de una altísima popularidad, Lula elige a su sucesora, Dilma Rousseff, y asegura a Brasil como la sede de las Olimpíadas (Río de Janeiro 2016) y de la Copa del Mundo (Brasil 2014). Y es justamente en el contexto de esta especie de coronación cuando se ponen de manifiesto las fuertes fragilidades del proceso de cambio: una democracia de baja intensidad (violencia estatal y privada, participación limitada, represión a las manifestaciones), alianzas contradictorias y la vigencia del poder para nada democrático de las grandes empresas y los bancos.

El gobierno de Dilma Rousseff no tomó en serio las protestas de 2013. La crisis se agudizó y nos aproximamos al escenario siniestro de estos últimos años. No sorprende que los partidos tradicionales no hayan tomado en serio el descontento de sectores importantes de la sociedad, pero justamente el PT, situado a la izquierda del sistema político, debería haber interpretado las señales de las calles de forma más consciente, pues allí están sus orígenes. Al no lograr –o no querer– escuchar este mensaje, el PT bloqueó una renovación que era muy necesaria, tanto la suya propia como la de la democracia. El asesinato de la concejal carioca Marielle Franco en el marco de la intervención militar en Río de Janeiro durante el gobierno golpista de Michel Temer, el 14 de marzo de 2018, puede ser leído como un intento del sistema de cerrar aquello que se había abierto, al quitarle la vida a un símbolo de las nuevas subjetividades emergentes. Cinco años después del comienzo de las protestas es elegido un candidato que celebra la maquinaria de la muerte en un proceso lleno de ilegalidades, que incluyen el golpe contra Dilma de 2016 y la detención y proscripción de Lula.

Al no tratar de forma más contundente las heridas coloniales de Brasil (el genocidio de jóvenes negros, el etnocidio de los pueblos indígenas y las desigualdades sociales inmorales), esos pendientes que atraviesan a todas las generaciones desde el inicio de lo que llamamos Brasil se vuelven contra el proceso político-creativo que estaba en curso. Nunca ajustamos las cuentas con esos crímenes y las regiones más violentas de un país ya muy violento adquieren una importancia crucial que apuntan a una nacionalización de sus tragedias: la Bajada Fluminense y el Oeste de Río con sus milicias, el Pará y la Amazonia en llamas y el Mato Grosso del Sur y la matanza que nunca cesa. Este Estado, de menos de tres millones de habitantes, contaba con dos ministros al inicio del gobierno de Jair Bolsonaro, ambos asociados a posiciones anti-indígenas, componiendo una mezcla espantosa con la influencia miliciana y latifundista.

Si Brasil exhibe a lo largo de su historia un continuum de masacres contra pobres, negros e indígenas y otras comunidades, la novedad es que los protagonistas de esta guerra ininterrumpida contra colectivos disidentes llegaron (o mejor aun, volvieron) al Gobierno Federal. La agenda de muerte y de masacres es el eslabón (explícito) que une las distintas iniciativas del gobierno de Bolsonaro, en una lista larga: la cancelación de las políticas de solidaridad, la liberalización general del uso de agrotóxicos, el desmantelamiento de las políticas ambientales y el boom de la deforestación, la oposición a la demarcación de las tierras indígenas, la destrucción de las premiadas políticas de lucha contra el HIV, la ampliación de los permisos de posesión y portación de armas, el punitivismo, la política exterior subordinada y una gestión genocida de la pandemia.

Lula enfrentará en las elecciones de octubre al actual Presidente. A pesar de que las encuestas lo sitúan en un primer lugar, el partido está todavía abierto y la disputa puede ser ardua. Los sondeos siguen registrando un importante rechazo a todos los candidatos: el de Lula, aunque elevado, es uno de los más bajos. Luego de su exclusión en las últimas elecciones presidenciales y 580 días injustamente preso, el ex presidente vive un regreso estentóreo. ¿Qué propone? ¿Cuáles son sus horizontes?

En un plano general, un retorno a los buenos tiempos lulistas de salarios, empleos y expectativas en aumento. Pero, ¿es suficiente? Todavía no se sabe exactamente cuál será su programa de gobierno y algunas discusiones importantes (como la revocación o no de las contrarreformas del último período) permanecen en duda. ¿Es posible reeditar la receta, considerada exitosa, de la primera victoria de Lula en 2002, cuando se impuso con un programa de conciliación? El país se encuentra en condiciones peores que en aquel momento, una “tierra devastada” por la quita de derechos, el desempleo, la disminución del poder adquisitivo de los salarios, el hambre que afecta a 20 millones de personas, las muertes de la pandemia y la destrucción de las conquistas de las últimas décadas (sobre todo en educación y cultura). Las elecciones de este año se dan en un contexto extremadamente delicado, con un Presidente de extrema derecha que cuenta con el apoyo –minoritario pero decidido– de entre un sexto y un quinto de la población.

Tal vez el único actor (junto a su partido) que cumplió las reglas del juego rotas por la clase dominante al desplazar irregularmente a Dilma de la Presidencia, Lula busca ahora una recomposición. Una de las señales en este sentido es la elección (todavía no confirmada oficialmente) del ex gobernador de San Pablo, el conservador Geraldo Alckmin, como su vice. Lula intenta así un acercamiento a los sectores que se dicen democráticos, aunque apoyaron el golpe parlamentario-mediático-judicial contra Dilma, así como los sectores empresariales que apoyaron a Bolsonaro en 2018. La jugada de Lula se puede explicar por la importancia de una elección decisiva y por la necesidad de construir un frente (para la elección y para la futura gobernabilidad en el caso de resultar elegido) contra los ímpetus fascistas.

La estrategia cobra especial importancia si, como ya insinuó, Bolsonaro no reconoce una eventual derrota (incluso cuando ganó en 2018 habló de fraude) y se producen reacciones brutales o intentos golpistas. Aquí vale una reflexión sobre lo que sucedió el 6 de enero de 2021 en Washington, cuando Donald Trump incitó a sus partidarios a cuestionar los resultados e invadir el Capitolio. Aunque había prometido acompañarlos, se quedó en la Casa Blanca. Por ser ciudadanos blancos y por la falta de previsión (¿deliberada?) de las fuerzas policiales, un grupo, relativamente pequeño para semejante empresa, logró entrar al Congreso e intentó ajustar las cuentas con algunas legisladoras y el vicepresidente, bordeando una tragedia. Un poco más de un año después de estos acontecimientos, son pocos los dirigentes del Partido Republicano que condenan esa falta de respeto a las reglas básicas de la democracia representativa y de hecho no se puede excluir una vuelta de Trump a la Presidencia. ¿Un modelo para los Bolsonaro?

Una victoria de Lula sería también importante para interrumpir una espiral de desastre, el abismo cada vez más hondo en el cual el país se fue hundiendo. Pero las señales preliminares, como la designación de Alckmin, sin embargo, pueden atar (o hasta inviabilizar) los cambios, privándolos de la osadía necesaria, desde una agenda de emergencia para enfrentar la dura crisis social (con una atención inmediata a los pobres y desempleados) hasta una amplia política de reformas de las instituciones (policiales, judiciales, representativas, mediáticas) y verdaderas medidas de redistribución del ingreso y de la riqueza.

Entonces: ¿acuerdo institucional y/o movilización? Durante el gobierno de Bolsonaro se produjeron las mayores protestas en defensa de la educación de la historia del país. Después, durante la pandemia, hinchas de fútbol lanzaron a las calles el movimiento “Somos democracia”, se llevaron adelante una serie de masivos reclamos antirracistas, los repartidores y trabajadores de aplicaciones hicieron sus primeras huelgas, además de varios –y muy fuertes– actos de los pueblos indígenas.

Sin embargo, al contrario de lo que sucedía en los países vecinos, así como en otras partes del planeta, y a pesar de la superposición de crisis, las manifestaciones quedaron relativamente limitadas. ¿División de las izquierdas? ¿Trauma del 2013? ¿Primacía del juego institucional? ¿Incapacidad de movilizar? He ahí un punto clave para una verdadera democracia en Brasil. Una parte decisiva de la agenda de cambio depende de las calles. Por un lado, esto implica cuestiones muy importantes para los movimientos negro, indígena y transfeminista, ignoradas por la sociedad en general y por parte de la izquierda, como la guerra contra las drogas y contra (determinadas) personas en esa tradición nacional necropolítica. Por otro lado, la promoción de políticas de salud en amplio sentido, fortaleciendo el Sistema Único de Salud (SUS), revolucionando la protección sociolaboral y otras esferas como la agricultura familiar y campesina (productoras de buena parte de los alimentos consumidos en el país), la siempre pendiente reforma agraria y la construcción de un modelo de relaciones humanos-naturaleza no predatorias. Los biomas como riqueza y potencia colectiva. Eso se relaciona con la necesidad de prestar una atención especial a los que se ocupan de los otros, a la clase trabajadora, sobre la que descansa la producción y reproducción y que sostuvo la vida en este período extremadamente turbulento. Una infraestructura de las existencias más amplia que el nacional-desarrollismo que muchas veces parece ser la única propuesta de las izquierdas en el ámbito económico.

Esto podría articularse con las nuevas posibilidades macropolíticas del contexto latinoamericano, con posibles gobiernos más sensibles, dependiendo de los resultados de este año, desde México hasta Chile, pasando por Colombia y Bolivia. Las conquistas del ciclo anterior (el combate a las desigualdades sociales y étnico-raciales, la emergencia de nuevos sujetos colectivos y la tentativa de formar un bloque regional) fueron posibles gracias a los movimientos que las concibieron e impulsaron. América del Sur fue, en aquel comienzo de siglo, uno de los laboratorios políticos más fértiles del planeta, y su declive se explica por la imposibilidad de profundizar esos cambios. Una clave del progresismo sudamericano se percibe en el símbolo colectivo y en la conexión Belo Monte-Tipnis-Yasuní-Vaca Muerta: en esas cuatro decisiones políticas cruciales, los gobiernos progresistas desistieron de crear vías alternativas para continuar por el camino habitual. La construcción de la hidroeléctrica en Brasil, la apertura de una ruta en un parque nacional en Bolivia, el comienzo de la explotación de petróleo en una reserva en Ecuador y el desarrollo de los yacimientos no convencionales en Argentina convergen en rumbos monoculturales, llevando a una pérdida decisiva de las posibilidades de transformación. Frente a la devastación capitalista de las personas y de la naturaleza, ¿aprovecharemos estas nuevas oportunidades, honrando la creatividad política que estos tiempos exigen?

* Profesor de Ciencia Política en la Universidad de San Pablo. Autor de Marx Selvagem, Autonomia Literária, San Pablo, 2018 (3ra edición).

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Brasil não tem fim

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Las elecciones presidenciales brasileñas están a la vuelta de la esquina, y los ánimos y humores políticos y sociales comienzan a manifestarse con mayor crudeza. Justamente, la recta final ya está siendo transitada, y una danza de nombres pesados pululan en Brasil: Jair Bolsonaro, Lula Da Silva, Dilma Rousseff, Michel Temer. Tensión, discusiones, polémicas, vaivenes judiciales y encuestas forman parte de este carnaval político que, en Brasil, no tiene fin.

 La reunión menos esperada

Casi como si fuese una situación protocolar, el vecino país brasileño celebró la asunción de nuevos jueces en el Tribunal Supremo Electoral, pero lo que era difícil imaginar que suceda, y terminó teniendo lugar, fue el mayor encuentro de la disonancia ideológica en Brasil. En un mismo recinto, y bajo esta actividad, Bolsonaro, Lula, Rousseff y Temer, compartieron espacio. Un momento de supina tensión, de miradas de reojo, de comentarios por lo bajo, y, sobre todo, fue una escena casi dantesca, en donde la divergencia de la sociedad brasileña se vio explicitada. 

La situación fue digna de una escena de serie y película, sobre todo por las miradas, las caras largas y la evidente incomodidad de los titanes políticos de Brasil. Ante esto, es fácil de dilucidar la disparidad ideológica y hasta moral entre Jair Bolsonaro y Lula Da Silva, pero más profundo e inclusive, más polémica fue la presencia de Rousseff y Temer. Este último fue quien la traicionó a Dilma, entendiendo que él oficiaba de vicepresidente de ella cuando tomó la iniciativa de pasarse a la oposición, apoyando el fatídico golpe de Estado en Brasil, conocido como Lava Jato. Esto sucedió en 2016, siendo también un momento cúlmine para la expansión de la guerra judicial o “lawfare”, una situación en la que, mediante causas judiciales a medias, sumadas a un omnipresente trabajo de los medios de comunicación hegemónicos, lograron derrocar gobiernos, perseguir políticos y encarcelar funcionarios, siendo el mismísimo Lula Da Silva, una de las víctimas. 

Lula – Bolsonaro, nuevo round 

Tras un aluvión de dilemas políticos, el actual presidente y el expresidente de Brasil vuelven a verse cara a cara. Dos expositores de la dualidad ideológica brasileña que se abrieron paso a una nueva oficialización de la campaña electoral. Por un lado, Jair Bolsonaro, apelando a los valores relacionados con la derecha y los sectores más conservadores de Brasil, con los conceptos de “Dios, patria y familia”, y apelando al voto religioso, lo cual también lo lleva a mantener un discurso relacionado al evangelismo político. Paralelamente, el actual presente brasileño apela a un fuerte incentivo económico hacia los sectores populares, entendido como una inyección monetaria de 8.000 millones de dólares, que serán propiciados mediante pagos mensuales para más de 18 millones de familias de Brasil, hasta el 31 de diciembre. La receta bolsonarista es clásica, apela a cierta mejoría o parche económico, en conjunto de un cóctel de discursos, debates y DNU de carácter moral, apelando al sentir más profundo de los sectores reaccionarios. 

Lula Da Silva encabeza todas las encuestas preelectorales, en el marco de la intención de voto. Dichas proyecciones demuestran, a priori, una superioridad para el líder del Partido de los Trabajadores, la cual podría plasmarse en la primera vuelta. Sin embargo, el expresidente no la tiene fácil. Hoy por hoy, el bolsonarismo ha logrado captar una gran cantidad de votos que, previamente, hubiesen sido depositados en Lula. Esto se explica por la baja de precios en combustibles, energía y alimentos, encuadrado en el fenómeno de deflación que vive Brasil. Asimismo, Lula Da Silva cuenta con el voto de su partido y de gran parte de la izquierda, más allá de las disidencias a grandes rasgos. Lula apela, también, a recobrar la proyección de políticas sociales a largo plazo, inclusivas y elaboradas desde el Estado nacional. Sus conceptos más claros son “tierra, techo y trabajo”.

Más allá de esto, hay otros nombres, otros personajes, otros actores políticos en estas elecciones, los cuales pueden jugar un papel fundamental. La izquierda más presente podrá “quitarle” votos a Lula y la derecha más moderada puede “quitarle” votos a Bolsonaro. 

¿Qué te pasa Jair, estás nervioso?

En la última semana, el presidente brasileño ha demostrado inquietud y descontento ante la pérdida de popularidad. Ante esto, Jair Bolsonaro ha tenido una desconexión con las Fuerzas de Seguridad, ya que la cúpula de la Policía de Brasil pidió que el Supremo Tribunal de Justicia elabore un procesamiento del actual presidente. Esta situación tiene como argumento, que Bolsonaro promovió, desde el 2020, una desinformación constante acerca del COVID – 19. Esto guarda estrecha relación con las “fake news” y las constantes críticas infundadas de Bolsonaro sobre situaciones médicas y científicas, anteponiendo creencias y opiniones. Jair, el presidente, fue y es un ferviente detractor contra el uso de barbijo, el distanciamiento social y las vacunas contra el coronavirus. Un disparate que lo llevó a tener una de las situaciones sanitarias mas delicadas del mundo durante la pandemia. A esta última situación hay que sumarle que, durante esa asunción de jueces al Tribunal Supremo Electoral en donde se vieron las caras el actual presidente, Lula, Rousseff y Temer, uno de los jueces nuevos es Alexandre de Moraes, quien justamente investiga a Bolsonaro por su constante desconfianza en el sistema electoral y las urnas electrónicas. 

Por otro lado, el polémico Jair, no tuvo una mejor idea que trenzarse en un forcejeo filmado contra un simple influencer brasileño. Esto sucedió fuera del Palacio de la Alvorada, en donde un hombre muy activo en redes sociales, filmó en su celular una pregunta que incomodó al presidente. Básicamente, Leao (el influencer), cuestionó que Bolsonaro se acercó a la coalición política criticada por corrupción en Brasil, denominada “centrao”. El influencer fue golpeado por un guardaespaldas, pero logró levantarse y tratar al presidente brasileño de “vago”. Esto enfureció a Bolsonaro, quien forcejeó y casi terminó esta escena en golpes de puño. Una microhistoria de Relatos Salvajes.

Ahora bien, pareciera ser que este nerviosismo con el que se está manejando Bolsonaro, podría ser un síntoma de incomodidad política, ante la posición secundaria en gran parte de las encuestas, y un posible retorno de Lula Da Silva. Lo cierto es que Bolsonaro siempre picaresco, irónico y hasta provocador, pero quizás hoy se encuentre arrinconado por un contexto interno y externo que es más proclive al retorno de los progresismos en la región, y esa misma situación se traslada al humor social de la población, en donde las manifestaciones, huelgas, protestas, peleas, e inclusive los “choques” en redes sociales son cada vez más evidentes y, cada vez se intensifican más. ¿Bolsonaro será capaz de revertir su imagen o Lula Da Silva será, nuevamente, el mandamás brasileño? Los próximos meses lo dirán.

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La asunción de las autoridades electorales en Brasil reunió a Bolsonaro, Lula, Dilma y Temer

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Una ceremonia para la asunción de nuevas autoridades en el Tribunal Superior Electoral (TSE) de Brasil juntó hoy por primera vez en un evento público, en pocos metros, cara a cara, al presidente Jair Bolsonaro y a su principal rival electoral, el expresidente y líder opositor Luiz Inácio Lula da SIlva, luego de que más temprano se lanzaran duras acusaciones.

La posesión de los nuevos jueces electorales reunió, también, a enemigos irreconciliables como la expresidenta Dilma Rousseff (2011-16) y su vicepresidente, Michel Temer, quien la traicionó al pasarse a la oposición y respaldar el juicio político que la destituyó del cargo en 2016 y le permitió completar el mandato hasta 2018.

En la ceremonia, los expresidentes fueron colocados todos juntos en primera fila: en una punta Rousseff al lado de José Sarney (1985-90), luego Lula y en la otra punta Temer.

Lula y Temer intercambiaron algunas palabras antes del inicio de la ceremonia, generando una imagen con alto impacto político. No hubo contacto entre Rousseff y Temer, que juntos vencieron en las elecciones de 2010 y 2014.

Bolsonaro estaba sentado al lado de los jueces de la corte en el estrado central de la ceremonia, teniendo una visión directa separada de tres metros de distancia de Lula y de Rousseff.

Cuando ingresó, parte del público -ministros bolsonaristas- se levantó y aplaudió. Lula se quedó tomando agua, sentado.

El jefe del Estado participó de la sesión en medio de tensiones con el TSE tras lanzar sospechas contra las urnas electrónicas y acusar a los jueces de conspirar en su contra para las elecciones.

Al lado de Bolsonaro, el nuevo jefe de la justicia electoral que asumió este martes, Alexandre de Moraes, el juez del Supremo Tribunal Federal que lo investiga por atentar contra el estado de Derecho por lanzar sospechas infundadas contra el sistema electoral y denunciar fraude sin pruebas en elecciones anteriores.

Bolsonaro había amenazado con dar un golpe el 7 de septiembre de 2021 al afirmar que no iba a cumplir los fallos de Moraes, aunque luego firmó una carta pidiendo disculpas a instancias de una mediación de Temer, el presidente responsable por la indicación del nuevo titular de la justicia electoral.

Los expresidentes Fernando Collor (1990-92) y Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) no acudieron a la ceremonia.

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Brasil tuvo deflación de 0,68% en julio, la mayor caída de precios mensual desde 1980

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Brasil tuvo una deflación de 0,68 por ciento en julio, impulsada por la caída de los precios en los combustibles y en la energía eléctrica, informó hoy el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE, oficial).

Es la menor tasa desde enero de 1980 cuando comenzaron las mediciones mensuales del Indice Nacional de Precios al Consumidor Amplio (Ipca), y es la primera caída de la trayectoria de precios desde mayo de 2020 en un contexto del primer impacto de las restricciones a raíz del estallido de la pandemia de coronavirus.

La inflación de junio había sido del 0,67 por ciento, luego de haber sido récord el avance de los precios en el primer semestre.

La deflación se produjo luego de que el gobierno lograra aprobar una ley para eliminar parte de los impuestos cobrados por los Estados a las naftas y al etanol para financiar la salud y la educación, aunque el Poder Ejecutivo eligió mantener los precios fijados por la estatal Petrobras en dólares, alineados con los precios internacionales del crudo.

El gobierno apuesta a que la caída de los precios serán clave para las chances electorales del presidente Jair Bolsonaro en las elecciones generales del 2 de octubre próximo.

Pese a la deflación de julio, la inflación acumulada en 12 meses es de 10,07, mientras que el mercado financiero espera para 2022 un avance de precios del 7,1%, más del doble del centro de la meta fijada por el Banco Central, que es del 3,5% anual.

En junio, la inflación en 12 meses acumulada era de 11,89%.

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Exfiscal de Lava Jato que acusó a Lula es condenado por malversación de fondos

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El Tribunal de Cuentas del estado brasileño condenó hoy por malversación de fondos públicos a Deltan Dallagnol, exjefe de los fiscales de la operación Lava Jato, y al exprocurador general de Brasil Rodrigo Janot, quienes deberán devolver 2,8 millones de reales (545.000 dólares), utilizados en gastos diarios y viajes supuestamente sin sentido para la causa anticorrupción entre 2014 y 2019.

Dallagnol se hizo famoso por ser quien acusó al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva de comandar a una asociación ilícita por haber sido jefe del Estado durante actos de corrupción en la empresa Petrobras, una causa por la cual fue enviado a prisión por el exjuez Sérgio Moro, pero el caso fue anulado por manipulación política, alteración de pruebas y persecución.

La decisión fue tomada por la Segunda Sala del Tribunal de Cuentas de la Unión y en caso de ser ratificada este mes provocará que el exfiscal, del derechista Podemos, no pueda presentarse como candidato a diputado en las elecciones del 2 de octubre.

El juez contable Bruno Dantas fue apoyado por el resto de sus colegas para condenar tres de los principales acusadores de la Operación Lava Jato por haber utilizado en beneficio propio o sin responsabilidad dinero público.

La decisión alcanzó también a Janot, jefe de los fiscales entre 2013 y 2019 que se hizo famoso por acusar al expresidente Michel Temer y decir que quiso asesinar a balazos durante una audiencia al juez Gilmar Mendes, del Supremo Tribunal Federal, por cuestionar el accionar de toda la Operación Lava Jato en la búsqueda de delaciones premiadas.

La sentencia también alcanzó a un tercer miembro del Ministerio Público, el también exfiscal de la ciudad de Curitiba Joao Romao, quien fue el que autorizó los gastos de los fiscales de Lava Jato.

Dallagnol es el eje de las filtraciones obtenidas por un hacker en la cual se determinó que el y Moro por ejemplo hacían acuerdos a espaldas de la defensa de Lula para ocultar pruebas y procedimientos.

Estas filtraciones obtenidas por la Policía Federal se encuentran en un proceso que fue clave para la anulación de las condenas de Lula, quien pasó 580 días preso por orden de Moro en base a la acusación de Dallagnol en la sede de la Policía Federal de Curitiba, estado de Paraná, acusaciones que luego fuero anuladas por el Supremo Tribunal de Justicia.

Dallagnol anunció que apelará la sentencia pero esta debe ser revisada por el mismo alto tribunal de cuentas, lo cual puede costarle no ser candidato este año.

El exfiscal fue apartado de Lava Jato tras el escándalo y finalmente renunció al servicio público para dedicarse a la política partidaria dentro de la derecha.

Según la sentencia, los fiscales instrumentaron una rutina de gastos corrientes y de viajes que permitía a los fiscales duplicar sus salarios.

El modus operandi de Dallagnol y Janot era elegir fiscales en varios lugares de Brasil para que se trasladaran a trabajar a Curitiba y así aumentar el presupuesto de la Operación Lava Jato, que logró desarticular la red de sobornos de empresas constructoras a funcionarios de la estatal Petrobras a cambio de sobreprecios en contratos.

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