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El culto al yo

Cuando el liderazgo político convierte la autoestima en una forma de poder

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Hay una característica que atraviesa buena parte de la política contemporánea: la tendencia de ciertos líderes a convertir su propia persona en el centro de la escena, de la narrativa y hasta de la explicación de la realidad. El programa de gobierno, el partido, las instituciones y los resultados colectivos parecen quedar, por momentos, subordinados a una figura que se presenta como excepcional, irrepetible o destinada a protagonizar una transformación histórica.

Javier Milei ofrece una expresión particularmente interesante de este fenómeno cuando afirma que compite consigo mismo. La frase puede interpretarse como una declaración de autoexigencia: el adversario deja de ser otro dirigente y pasa a ser la versión propia de sí mismo. Pero también admite una lectura política más profunda: cuando un líder se considera su principal competidor, corre el riesgo de transformar la responsabilidad pública en una competencia permanente con su propia imagen.

En esa lógica, el éxito deja de medirse exclusivamente por la calidad de las políticas, la mejora de las condiciones de vida o el fortalecimiento de las instituciones. También se mide por la capacidad de confirmar que el protagonista sigue siendo el protagonista. La política comienza entonces a parecerse a una representación en la que el dirigente no solo necesita gobernar: necesita demostrar, una y otra vez, que está a la altura de la imagen extraordinaria que construyó de sí mismo.

El problema no es la confianza personal. Ningún liderazgo relevante puede desarrollarse sin convicción, ambición, resistencia a la adversidad y capacidad de asumir riesgos. La cuestión aparece cuando esas cualidades dejan de funcionar como instrumentos al servicio de un propósito y se convierten en el propósito mismo.

Allí se encuentra la frontera entre una autoestima saludable y su sobreactuación pública; entre la confianza que permite asumir errores y la que necesita negarlos; entre la ambición que impulsa a transformar una realidad y la que exige que toda transformación lleve el nombre, el rostro y la firma de quien la conduce. En Misiones podemos encontrar algún ejemplo, en el caso de que se necesiten mayores aclaraciones.

De la confianza en uno mismo a la centralidad del ego

La egolatría política no debe confundirse automáticamente con un diagnóstico psicológico. Es más útil estudiarla como un fenómeno de comportamiento público: la centralidad que adquiere la identidad personal del dirigente en su comunicación, en sus decisiones y en la relación que establece con sus seguidores.

La diferencia es importante. Un dirigente puede exhibir una seguridad extraordinaria y, al mismo tiempo, escuchar críticas, reconocer límites y corregir decisiones. Otro puede utilizar un lenguaje moderado y, sin embargo, construir un sistema político en el que toda autoridad, todo mérito y toda legitimidad terminen concentrados en su persona.

El indicador decisivo no es cuánto se elogia un líder, sino qué sucede cuando la realidad contradice la imagen que tiene de sí mismo. ¿Puede admitir un error sin interpretarlo como una humillación? ¿Puede reconocer el mérito de un adversario sin sentir que pierde autoridad? ¿Puede aceptar que una institución limite sus decisiones? ¿Puede abandonar una idea cuando los resultados demuestran que no funciona? Estas preguntas permiten distinguir entre la confianza que fortalece el liderazgo y el personalismo que lo vuelve dependiente de la validación permanente.

La política actual, además, ofrece condiciones extraordinariamente favorables para confundir ambas cosas. Las redes sociales premian la contundencia, el enfrentamiento, la exposición constante y la construcción de personajes reconocibles. La moderación suele tener menos impacto que la provocación; la explicación compleja, menos circulación que una frase diseñada para convertirse en consigna.

En ese entorno, la autoestima sobreactuada puede transformarse en una ventaja comunicacional inmediata. El dirigente parece invulnerable, transmite decisión y ofrece a sus seguidores una figura en la cual depositar expectativas. Pero la misma estrategia puede generar una debilidad institucional: cuanto más depende el liderazgo de la excepcionalidad de su protagonista, más difícil resulta admitir que el poder también requiere límites, negociación y rectificación.

Siete escenarios, una tensión común: el líder frente a su propia imagen

No todos estos dirigentes tienen la misma ideología, trayectoria ni relación con las instituciones. Tampoco corresponde atribuirles idénticos rasgos psicológicos. Lo que sí puede compararse es la forma en que la personalidad, la autoridad y la identidad del líder se convierten en recursos centrales de la comunicación política.

Javier Milei: el líder que se mide contra su propia excepcionalidad

La afirmación de que compite consigo mismo permite explorar una paradoja: la autoexigencia puede ser una virtud, pero también puede convertirse en una narrativa de superioridad permanente. En el discurso mileísta, la figura del economista que desafía al sistema, confronta a las élites y promete una transformación radical ocupa un lugar central. El desafío consiste en que esa identidad pueda convivir con la deliberación, la negociación y la evaluación objetiva de los resultados. Si cada crítica se interpreta como una agresión y cada retroceso como una amenaza a la propia imagen, la autoconfianza corre el riesgo de volverse impermeable a la evidencia.

Donald Trump: la política como marca personal

Trump ofrece un ejemplo particularmente estudiado de personalismo: la identificación entre el dirigente, su marca pública y el movimiento que lo sostiene. Un estudio publicado en Political Psychology (2024), analiza la lealtad intensa de parte de sus seguidores, mientras que una investigación académica de 2025 (P&P), examina cómo la preferencia por la lealtad personal puede reorganizar las relaciones entre el presidente, el partido y la administración pública.

En esta lógica, el desacuerdo puede dejar de ser una diferencia legítima de criterio y convertirse en una prueba de lealtad. La autoestima del líder se proyecta sobre el movimiento: defenderlo pasa a significar defender una identidad colectiva.

Donald Trump es un fenómeno intensamente analizado porque ofrece una vida pública documentada y exhibida a lo largo de su actividad empresarial y su posterior incursión en la política.

Flávio Bolsonaro: la herencia de un liderazgo familiar

Por la relevancia que tendrá en los próximos días el resultado electoral de Brasil, Flávio permite observar cómo el personalismo puede transmitirse mediante una identidad política familiar. Su apellido no es solo una referencia biográfica: conecta su figura con el movimiento construido alrededor de Jair Bolsonaro. Sin embargo, heredar una marca política no equivale automáticamente a reproducir el liderazgo original.

Durante la campaña presidencial, las confrontaciones personales entre Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva ocuparon un lugar visible en el debate público, en paralelo con las discusiones sobre corrupción, seguridad y economía.

El interrogante es si la identidad heredada puede convertirse en una propuesta propia o si necesita mantener vivo el antagonismo que le dio origen. Si llega a la presidencia será un personaje que nos permitirá nuevas perspectivas para analizar a los líderes y su relación con el público.

Lula: el liderazgo histórico y la identificación con una trayectoria

Lula representa otra variante del fenómeno: la autoridad construida a partir de una biografía política, una trayectoria popular y la asociación entre su figura y determinadas conquistas sociales. En su caso, la personalización no puede reducirse al ego individual: también intervienen la historia del Partido de los Trabajadores, las coaliciones, los sindicatos y las políticas públicas.

La tensión aparece cuando el capital simbólico acumulado por un dirigente se vuelve difícil de separar de la continuidad de su proyecto. Una historia personal que alguna vez permitió ampliar la representación puede convertirse en un recurso de legitimación permanente. El desafío es demostrar que el legado puede sostenerse con instituciones, equipos y resultados, y no solamente mediante la evocación de quien lo encarna.

Lula es una parte de la radiografía argentina que encarna la imposibilidad de proyectar nuevos liderazgos fuera de su figura. Visto desde ese punto, el principal activo del proyecto y su mayor oposición, confluyen en la personalidad del líder.

Nayib Bukele: eficacia, popularidad y concentración de autoridad

Bukele representa una variante en la que la imagen de decisión y eficacia se vincula con resultados concretos, especialmente en materia de seguridad. Al mismo tiempo, un estudio académico sobre la personalización del poder ejecutivo en El Salvador documenta cómo su gobierno fortaleció el control sobre instituciones y redujo mecanismos de supervisión.

La cuestión analítica no consiste en negar los resultados que sus partidarios valoran, sino en examinar qué ocurre cuando la popularidad se utiliza como argumento para reducir controles. La confianza ciudadana puede conferir legitimidad electoral, pero no convierte automáticamente toda decisión del gobernante en una decisión correcta. La eficacia percibida y la rendición de cuentas son dimensiones distintas del poder.

Abelardo de la Espriella: la construcción del personaje como capital político

Su trayectoria como abogado mediático y empresario, junto con su incursión en la política y su discurso de derecha centrado en el orden y el liderazgo fuerte, permite estudiar la conversión de una marca personal en identidad política.

En este tipo de construcción, la imagen de seguridad, éxito y capacidad de confrontación puede funcionar como una credencial antes de que el público evalúe integralmente un programa de gobierno. La pregunta es cuánto de esa autoridad se apoya en propuestas verificables y cuánto depende de la consistencia del personaje público. La seguridad escénica puede captar atención, pero no reemplaza la capacidad de manejo institucional.

Claudia Sheinbaum: la autoridad propia dentro de un movimiento heredado

Su caso plantea una tensión diferente: cómo construir una identidad presidencial propia dentro de un movimiento fuertemente asociado a la figura de su antecesor, Andrés Manuel López Obrador. Aquí, el problema no es necesariamente una exaltación individual explícita, sino la relación entre liderazgo personal, continuidad política y autonomía institucional.

La centralidad de una figura fundadora puede dar cohesión y legitimidad a un proyecto. También puede dificultar la diferenciación entre la autoridad del movimiento, la del antecesor y la de quien ejerce efectivamente el gobierno. El criterio relevante es si la presidenta puede consolidar autoridad mediante decisiones, equipos y resultados propios, sin que la continuidad se convierta en dependencia simbólica.

Cristina Fernández de Kirchner: el liderazgo como identidad histórica y representación

El kirchnerismo ha mantenido una identificación intensa con sus principales figuras y con una interpretación particular de la historia política argentina. En Cristina Kirchner, la experiencia de gobierno, la confrontación con adversarios y la reivindicación de un legado conforman una identidad política que excede la ocupación formal de un cargo. Esa persistencia puede entenderse como capital político y como capacidad de representar a una mayoría dentro de un espacio político. La tensión aparece cuando la defensa del legado dificulta la autocrítica o cuando las diferencias internas se interpretan como una ruptura de identidad. El interrogante es si el proyecto puede renovarse sin depender continuamente de la intervención de su figura histórica.

Cristina, como sucede hoy con Lula y la mayoría de los “cabeza de ratón” que se multiplicaron en Argentina, es una exhibición de actitudes que perfilan una curiosa coincidencia: compite contra sí misma. Los personalismos confundidos con liderazgos propositivos y los nuevos populismos que se advierten en todos los niveles de la política, son la posible causa del desinterés del público en los asuntos del Estado. Esto podría derivar en un escenario de alta volatilidad para los tiempos que
vivimos. Nadie sabe dónde estará el epicentro del próximo sacudón.

Las trayectorias y personajes no son equivalentes: Trump y Bukele plantean cuestiones documentadas sobre personalización y concentración de autoridad; Flávio Bolsonaro, una relación con una identidad política familiar; Lula y Cristina Kirchner, la persistencia de liderazgos históricos; Sheinbaum, la autonomía frente a un movimiento heredado; y De la Espriella, la conversión de una marca pública en capital político. Milei permite reunir estas preguntas en torno a la autoimagen del dirigente. La comparación sirve para observar mecanismos comunes sin borrar las diferencias ideológicas ni
institucionales.

La trampa de la autoestima sobreactuada

Existe una diferencia fundamental entre tener una imagen positiva de uno mismo y necesitar que el mundo confirme permanentemente esa imagen.

La primera permite actuar con autonomía. La segunda puede convertir cualquier circunstancia en una amenaza personal. Una derrota electoral deja de ser una señal para revisar estrategias; una crítica deja de ser un argumento que merece evaluación; un colaborador que discrepa deja de ser alguien que aporta otra perspectiva. Todo comienza a interpretarse en función de una pregunta implícita: ¿esto fortalece o debilita mi posición?

En ese punto, la autoestima deja de ser una fuente de estabilidad y puede convertirse en una obligación de representación.
El dirigente necesita parecer fuerte incluso cuando debe reconocer una dificultad. Necesita mostrarse seguro incluso cuando los datos son contradictorios. Necesita ganar la discusión incluso cuando sería más útil resolver el problema. La imagen pública comienza a exigirle más que la propia función que desempeña.

Y aparece una paradoja: cuanto más necesita demostrar que es invulnerable, más vulnerable puede volverse frente a cualquier cuestionamiento de su autoridad.

Esto no significa que todos los líderes mencionados (y aquellos irónicamente suprimidos) respondan de igual manera a las críticas ni que sus motivaciones puedan conocerse a partir de sus discursos.

Significa que este mecanismo constituye una hipótesis útil para analizar sus comportamientos públicos y contrastarlos con sus decisiones reales.

El espejo y el poder

La frase de Milei sobre competir consigo mismo permite cerrar el análisis con una pregunta que excede su figura y alcanza a toda la política personalista.

¿Contra quién compite realmente un dirigente cuando considera que su principal adversario es él mismo?

En la interpretación más constructiva, compite contra sus limitaciones, sus errores y sus logros anteriores. Se exige mejorar. Entiende que el poder es una responsabilidad y que su tarea consiste en producir resultados superiores a los que consiguió ayer.

Por otra parte, en una interpretación más problemática y arriesgada, compite contra la imagen idealizada que ha construido de sí mismo. Cada día debe demostrar que sigue siendo extraordinario. Ya no alcanza con gobernar: necesita ser reconocido como el mejor. Ya no alcanza con alcanzar un objetivo: debe hacerlo de una manera que confirme su excepcionalidad. El éxito deja de ser un resultado compartido y se convierte en una prueba de identidad.

Esta segunda lógica puede alimentar una comunicación política basada en la exhibición de seguridad, la confrontación constante y la dificultad para reconocer límites. Las investigaciones académicas sobre el personalismo de Trump, por ejemplo, permiten observar cómo la lealtad al líder puede adquirir más importancia que la adhesión a un programa o a una organización política.

Sin embargo, el fenómeno no pertenece exclusivamente a la derecha, a la izquierda ni a una ideología particular. Puede aparecer en proyectos políticos muy diferentes, porque no depende únicamente de lo que un dirigente piensa sobre el Estado o la economía. También depende de cómo concibe su relación con el poder, sus seguidores, sus adversarios y las instituciones que limitan su autoridad.

El problema democrático comienza cuando el dirigente confunde su legitimidad con la legitimidad de las instituciones, su destino con el destino de la nación y su propia imagen con los intereses de la sociedad.

Un país no puede convertirse en el escenario de una competencia interminable entre un gobernante y su reflejo.

La confianza en uno mismo es una herramienta del liderazgo. La capacidad de rectificar es otra. La primera permite tomar decisiones difíciles; la segunda impide que esas decisiones se conviertan en dogmas. Sin ambas, la seguridad puede degenerar en rigidez y la ambición puede terminar subordinando los resultados colectivos a la necesidad individual de reconocimiento.

La verdadera prueba de un liderazgo no es cuánto cree en sí mismo, cuán contundente se muestra ni cuántas personas celebran sus intervenciones. Es qué hace cuando los hechos contradicen sus expectativas, cuando las instituciones limitan sus decisiones y cuando alguien que lo acompaña tiene razón al señalarle un error.

Un líder seguro de sí mismo puede permitirse reconocer que está equivocado. Un líder atrapado en la necesidad de parecer infalible corre el riesgo de confundir la rectificación con la derrota.

Quizás esa sea la distinción más importante entre la autoestima que sostiene el ejercicio del poder y la egolatría que puede terminar deformándolo: la primera permite que el dirigente esté al servicio de una obra que lo trasciende; la segunda necesita que esa obra siga girando alrededor de él.

Cuando el espejo se convierte en el principal interlocutor del poder, la sociedad corre el riesgo de dejar de ser la destinataria de las decisiones para convertirse en el público consumidor de una representación personal.

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