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De Juan Pablo II a León XIV, la mirada de quien estuvo con los últimos cuatro Papas

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Monseñor Juan Rubén Martínez ha conocido desde adentro cuatro pontificados y distintas etapas de la Iglesia contemporánea. Con Juan Pablo II y Benedicto XVI mantuvo encuentros personales durante las visitas oficiales de los obispos argentinos a Roma. A Francisco, por la cercanía forjada entre compatriotas, le solicitó varias audiencias privadas. Y con León XIV volvió a probar suerte: pidió una reunión, recibió una respuesta inmediata y, en octubre de 2025, conversó durante 40 minutos a solas con el nuevo pontífice.

El obispo recuerda aquel encuentro como la confirmación de un rasgo que considera central en León: su capacidad de escuchar y convertir rápidamente esa escucha en una acción concreta. También destaca su identidad americana. Nacido en Estados Unidos, el Papa desarrolló buena parte de su vida religiosa en Perú, primero como agustino y luego como obispo de Chiclayo. Esa experiencia, sostiene Martínez, lo vuelve especialmente sensible a la realidad latinoamericana.

En una entrevista con Economis, el prelado repasa sus reuniones con los últimos cuatro papas, explica el sentido eclesial de la visita de León XIV y analiza la Argentina que encontrará: un país atravesado por tensiones políticas y sociales, pero con una tradición de convivencia y una religiosidad que, aun lejos de las prácticas institucionales, permanece viva. Además, advierte sobre la creciente brecha entre ricos y pobres, los riesgos de deshumanización asociados con la tecnología y la necesidad de sostener la justicia social como parte esencial de la doctrina de la Iglesia.

Usted tuvo encuentros con Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y también con León XIV. ¿Cómo fueron esas experiencias?

Tengo bastantes años como obispo y mantuve encuentros a solas con Juan Pablo II y Benedicto XVI. Eran reuniones en el marco de las visitas oficiales que hacíamos los obispos argentinos. Con Francisco fue diferente: como los argentinos ya lo conocíamos, yo pedía audiencias privadas y tuve cuatro o cinco con él.

Con León tenía que conversar algunos temas y me dije: “Voy a pedir una audiencia privada, me tiro a la pileta, para ver cómo es él y si recibe”. Había solicitado cuatro encuentros en Roma con distintas personas y la primera respuesta que llegó fue la de la Secretaría del Papa. Así fue como, en octubre de 2025, estuve 40 minutos a solas con él.

Fue algo muy lindo. Es un hombre que escucha, concreto, cercano y atento. Eso se percibe tanto en su escucha como en su manera de actuar. Yo le hablé de un tema que al día siguiente debía tratar con el cardenal Víctor Fernández, un argentino que está al frente de un dicasterio, y el Papa hizo inmediatamente la conexión.

León XIV nació en Estados Unidos, pero buena parte de su vida está vinculada con América Latina. ¿Cuánto pesa esa experiencia?

Nació en Estados Unidos, pero está muy ligado a América Latina. Como agustino vivió mucho tiempo en Perú y fue rector del seminario de los agustinos en Lima. Después, ya en Roma, fue superior general de la orden, aunque Perú siempre estuvo presente en su vida. Más tarde, el papa Francisco lo nombró obispo de Chiclayo. Es un Papa del continente americano y no proviene de la tradición europea.

Después de siglos de pontífices europeos, ¿qué significa para la Iglesia la elección consecutiva de dos papas del continente americano?

Llega un momento en el que comienza a hacerse visible la universalidad de la Iglesia. Los cardenales que eligen al Papa pertenecen a distintos países. Hay que subrayar que Francisco universalizó todavía más la elección de los cardenales, que son los electores de un pontífice: se incorporaron muchos de África, Asia y América. Esto forma parte de un proceso.

La Iglesia empieza a expresar lo que en realidad es. Por estar el Vaticano en Italia y en Roma, durante mucho tiempo hubo una presencia muy fuerte de los italianos. Pero nosotros tenemos la certeza de que el Espíritu Santo guía los momentos de la Iglesia. Después de los pontífices italianos llegó un polaco, luego un alemán y finalmente dos papas del continente americano. El tiempo dirá quiénes conducirán en el futuro desde el rol de Pedro.

¿Cómo se comprende ese rol dentro de la Iglesia?

La organización de la Iglesia es bastante particular y por eso a veces no resulta fácil comprender el lugar de los obispos. Somos pares entre pares, incluso con el Papa. El Papa es un obispo; no digo que sea un obispo más, pero es el obispo de Roma y el sucesor de Pedro. Cuando se lo elige, se elige al obispo de Roma.

Eso es muy significativo para nosotros. Desde Pedro existe una sucesión apostólica ininterrumpida: después vinieron Lino, Clemente y los demás sucesores, hasta Francisco y León. La gente no siempre conoce esa dimensión. La significación del Papa está en que ocupa el lugar del apóstol Pedro dentro del colegio de los obispos.

¿Qué representa para la Argentina volver a recibir a un Papa después de tantos años?

Por mi edad conocí las dos visitas de Juan Pablo II. La de 1982 ocurrió en una situación muy especial, por la guerra de Malvinas. La de 1987 fue muy intensa, porque recorrió distintos puntos de la Argentina: además de Buenos Aires, estuvo en el sur y en Corrientes. En aquel momento yo era rector del seminario de la región del NEA y fuimos con los seminaristas a Corrientes. Llovió, pero el Papa estuvo allí. Después viajó a Buenos Aires, donde se realizó aquel gran encuentro con los jóvenes sobre la avenida 9 de Julio. Participaron más de un millón de jóvenes. Fue algo muy fuerte y muy lindo.

La presencia de un Papa se vive desde la fe: para nosotros es la visita de Pedro, la llegada de un apóstol. Es, ante todo, una visita pastoral. Hay que decirlo con claridad, porque su primer sentido es la evangelización. Viene a traer mensajes ligados al Evangelio: va a hablar de la paz, de la comunión y de otros temas que no son abstractos, porque aquello que decimos desde el Evangelio está necesariamente ligado con la realidad. El Papa va a visitar la Argentina y pondrá el oído en el lugar en el que se encuentre. No es lo mismo visitar la Argentina que visitar Nigeria. Cuando hable, vinculará el Evangelio con temas que también tienen que ver con nosotros.

¿Una visita de esta magnitud puede refrescar la fe de los argentinos y de la región?

Creo que sí. Siempre es una presencia en la que se expresa la fe. Estos días fueron sorprendentes por la cantidad de colectivos organizados por la propia gente. Apenas los párrocos recibieron la noticia, los fieles comenzaron a decir: “Padre, nosotros vamos; estamos armando un colectivo”. Hay personas de todas las edades y muchos jóvenes.

Es un viaje muy sacrificado. Se quedan un día y regresan; como es difícil conseguir alojamiento, muchos duermen en el colectivo durante la ida y la vuelta. Habrá actos muy masivos y también un sistema de inscripción para quienes quieran acercarse más. Desde hace días los grupos se anotan por internet.

Pero lo más importante es que todo esto expresa la fe. Estoy sorprendido porque surgió espontáneamente. No hubo una organización central que preguntara quién quería viajar: los colectivos se armaron por iniciativa de la propia gente. Creo que está ocurriendo lo mismo en todo el país.

¿Con qué Argentina se encontrará León XIV?

Creo que existe una Argentina de ayer, de hoy y de mañana que está más allá de las coyunturas políticas. Es nuestra Argentina: un país con capacidad para convivir en la diversidad. Aunque hoy hablemos de grietas, hay una historia argentina de convivencia y de integración, un verdadero crisol que se fue construyendo con el tiempo.

También existe una clase media importante, que la Argentina supo desarrollar dentro de América Latina, y están presentes las características propias de la región, incluida la pobreza. Hay, además, una matriz católica muy fuerte en los barrios. Es cierto que el mundo globalizado imprime una marca distinta y a veces secularista, pero subsisten matrices religiosas profundas.

Uno puede pensar que el secularismo avanza más en las grandes ciudades. Sin embargo, basta observar la peregrinación a Luján. Hace poco mis sobrinos estuvieron allí y me decían: “Tío, es impresionante, hay mucha más gente que otros años”. Son millones de personas, muchas provenientes del Gran Buenos Aires. Mis sobrinos, por ejemplo, no van a misa todos los domingos, pero tienen un sentido de pertenencia. Eso también forma parte de la Argentina y se expresará durante la visita.

Francisco viajó muchas veces a países de Asia donde los católicos somos una minoría. Pero cuando uno va a México, Brasil, la Argentina o Perú encuentra pueblos con matrices muy fuertes de catolicismo y cristianismo. Eso se verá en las celebraciones masivas previstas en Palermo, Córdoba y Luján.

Misiones quedó fuera del itinerario. ¿Le hubiera gustado que el Papa llegara a la provincia?

Sí, claro. Pero cuando vi el recorrido pensé en el enorme esfuerzo que supone. Comienza en Uruguay y después tiene tres grandes celebraciones en la Argentina, además de una agenda muy intensa. A mí me cansa solamente pensar en esos tres días. Los obispos somos casi cien y vamos a alojarnos en dos hoteles. Nos moveremos todos juntos por una cuestión de organización.

Brasil, Trump, ahora Paraguay, la guerra en Ucrania… El escenario internacional está atravesado por guerras, disputas políticas, nacionalismos y fuertes tensiones económicas. ¿Qué puede aportar el Papa en ese contexto?

El análisis de la realidad mundial es muy complejo y nos genera muchos interrogantes. Más allá de las coyunturas políticas y del avance de sectores de ultraderecha, existe una puja dentro del capitalismo global. Hay una primacía norteamericana, pero también aparece Asia como un gran desafío. Es una disputa que quizás todavía no comprendemos suficientemente. Para nuestro mundo occidental hay una observación especialmente preocupante: la mayor grieta es la que separa a los ricos, que son cada vez más ricos, de los pobres, que son cada vez más pobres. En América Latina lo advertimos de una manera muy clara.

La tecnología y la inteligencia artificial llegaron para quedarse y tienen un enorme valor. Pero debemos discernir cómo incluirlas en un mundo que sea para todos, porque también pueden profundizar las brechas. En el mundo globalizado la tecnología está manejada por algunos, que terminan alimentándonos con aquello que ellos quieren, mientras grandes mayorías quedan afuera.

Es un mundo con serios problemas de deshumanización. Eso implica desdibujar la realidad de la persona humana y sus potencialidades. La Iglesia reflexiona sobre la manera en que el mundo está viviendo estos cambios, y el Papa es una voz muy expresiva de ese discernimiento, junto con las conferencias episcopales y los obispos.

Al comienzo de su pontificado, León habló del valor de la inteligencia artificial, de su relación con la ética y de la necesidad de humanizarla. Muchas veces la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para humanizarla. Humanizar también significa que seamos nosotros quienes la manejemos y que no terminemos convertidos en adictos que se dejan manejar por ella.

¿Qué tono espera de los mensajes que León XIV pronuncie en el país?

El Papa tendrá un mensaje nacido del discernimiento que la Iglesia hace a partir del Evangelio. Eso forma parte del magisterio, y los papas suelen ocupar la punta de lanza en muchos de estos temas.

Su mensaje será evangelizador y humanizador. Seguramente será una de las improntas de estos días. Después aparecerán análisis pequeños que intentarán determinar si dijo algo contra el Gobierno o contra otro sector. La mirada de la Iglesia no funciona de esa manera.

Es cierto que algunos tendrán que poner las barbas en remojo. En un momento se empezó a hablar con demasiada facilidad contra la justicia social, cuando la justicia social forma parte de la doctrina social de la Iglesia. El Papa no dejará de hablar de justicia. Y la justicia tiene que ser social. Una justicia individualista no es verdadera justicia. La justicia no puede ser machista ni feminista: debe ser justicia y tener una dimensión social, orientada a la búsqueda de la equidad. Por eso a la Iglesia siempre le preocupan los sectores desprotegidos.

¿Los gestos del Papa tendrán tanta importancia como sus discursos?

Sin duda. Él pidió visitar lugares emblemáticos, como el Cottolengo de Claypole, una verdadera ciudad creada por Don Orione para personas con discapacidad y otras fragilidades. Allí viven, trabajan y ponen el corazón. Allí está el Evangelio. También quiso ir a la cárcel de Devoto para encontrarse con los presos. Se pusieron a arreglarla y a trasladar personas de un lugar a otro, pero deberían haberla dejado tal como era. Si algo quiere ver el Papa no es una cárcel modelo, sino encontrarse con la realidad. Por eso hay que mirar mucho sus gestos y sus palabras. En ambos estará el sentido profundo de la visita.

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