Brasil elige: el poder que busca Trump y el mercado que necesita Argentina

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Brasil vota este domingo y Argentina tiene mucho en juego, aunque no aparezca en ninguna boleta. Del otro lado de la frontera se define quién conducirá el principal mercado de sus exportaciones, qué orientación tendrá el socio indispensable del Mercosur y cuánto margen conservará América del Sur para negociar entre Estados Unidos y China. Para Misiones, esa discusión se vuelve concreta en el comercio, el turismo, la competitividad, la infraestructura y el movimiento de las ciudades fronterizas.

La elección enfrenta principalmente a Luiz Inácio Lula da Silva, que busca un cuarto mandato presidencial, con el senador Flávio Bolsonaro, heredero político de su padre -Jair cumple prisión domiciliaria- y candidato del Partido Liberal. Pero la disputa excede largamente a los dos nombres. Brasil debe resolver cómo sostener el crecimiento, administrar una deuda creciente y responder a una sociedad que demanda seguridad y bienestar. Al mismo tiempo, Donald Trump busca incorporar a la mayor potencia sudamericana a un esquema de influencia regional más estrecho, como ya sucede con Argentina, Venezuela o Bolivia.

Para Javier Milei, la preferencia es clara. Una victoria de Flávio facilitaría el entendimiento político entre Buenos Aires y Brasilia y fortalecería a la derecha regional alineada con Washington. Pero para Argentina, la respuesta exige mirar más lejos: la afinidad entre presidentes no garantiza que las fábricas vendan más, que los turistas crucen la frontera o que las inversiones encuentren mejores condiciones.

Argentina necesita un Brasil que crezca, compre, invierta y mantenga abiertos los canales de integración. Y cualquiera de los dos candidatos deberá enfrentar un problema que puede condicionar esas cuatro cosas: el ordenamiento de las cuentas públicas.

Lula comparte fórmula con Geraldo Alckmin; Flávio, con Alfredo Gaspar. También compiten Ronaldo Caiado, Romeu Zema, Renan Santos, Augusto Cury y otros postulantes. El Tribunal Superior Electoral validó doce candidaturas. Si nadie obtiene más de la mitad de los votos válidos, la definición llegará el 25 de octubre.

Más de 158 millones de brasileños están habilitados para votar. Elegirán presidente, gobernadores y legisladores, en una jornada que renovará 54 de las 81 bancas del Senado. Esa elección parlamentaria será decisiva para cualquier programa económico: el próximo presidente necesitará acuerdos para modificar gastos obligatorios, impuestos y reglas fiscales.

Jair Bolsonaro no es el candidato, pero su apellido sigue organizando a una parte sustancial de la oposición. Condenado a 27 años de prisión por la trama golpista, transfirió a su hijo mayor el respaldo para competir. La candidatura de Flávio permite al bolsonarismo disputar nuevamente el Ejecutivo y pone a prueba la persistencia de un movimiento que sobrevivió a la salida de su fundador del poder.

Lula enfrenta otra dificultad: debe defender los resultados de su gobierno mientras explica por qué tantos brasileños siguen insatisfechos. La memoria de sus primeros mandatos conserva valor político, pero la elección se juega también en las cuentas del presente. El precio de los alimentos, las cuotas, el empleo y el miedo a la delincuencia pesan tanto como las identidades partidarias.

La encuesta de CB Global Data, realizada entre el 7 y el 11 de septiembre, permite entrar en esa contradicción. El relevamiento ubica a Lula con 43,5% de intención de voto, frente al 36,1% de Flávio Bolsonaro. Renan Santos alcanza 5,6%; Augusto Cury, 4,9%; Ronaldo Caiado, 1,8%, y Romeu Zema, 1,5%. Otros candidatos reúnen 3,2% y quienes no saben a quién votar, 3,4%.

La ventaja de Lula en esa medición es de 7,4 puntos. El dato más profundo aparece en el rechazo. El 50,4% afirma que nunca votaría a Lula, mientras que el 52,9% dice lo mismo de Flávio. Los dos pueden ganar, pero los dos encuentran una resistencia que supera la mitad de los consultados.

Lula tiene una base más consolidada: 38,3% asegura que lo votaría y otro 10,2% podría hacerlo. Flávio reúne 23,1% de voto seguro y 23% de disposición eventual. CB denomina “proyección electoral” a la suma de esas categorías: 48,5% para el presidente y 46,1% para su adversario. Esos porcentajes miden disposición potencial y no equivalen a una simulación de segunda vuelta.

La diferencia permite una lectura política: Lula tiene un núcleo más firme; Flávio necesita transformar una porción mayor de adhesiones posibles en votos efectivos. Ninguno dispone de un territorio amplio y despejado para crecer.

La imagen personal refuerza esa tensión. Los datos corresponden al informe de CB Global Data suministrado a Economis, muestran que Lula registra 48,5% de valoración positiva y 49,2% negativa. Flávio, 33,6% positiva y 64,9% negativa. La competitividad electoral del candidato opositor supera la simpatía que despierta. En una sociedad polarizada, se puede votar a alguien por lo que promete o, simplemente, para impedir que siga gobernando su adversario.

Sobre la hora de las elecciones, se acortó las distancias en varios relevamientos. Datafolha informó el 2 de octubre que Lula tenía 45% de los votos válidos y Flávio, 40%, en primera vuelta. Lula conserva una posición competitiva, pero la elección sigue abierta.

La consultora ABECEB agrega una advertencia sobre el día después. Gustavo Pérego, su director, plantea que una victoria estrecha y altos niveles de rechazo podrían dejar al próximo presidente con poco capital político frente a un Congreso que ha ganado autonomía y poder sobre el presupuesto. Es un escenario de gobernabilidad, no una consecuencia automática del escrutinio. Pero señala una dificultad real: ganar la presidencia y conseguir los votos para reformar la economía son dos tareas diferentes.

Brasil puede elegir un presidente con mandato electoral suficiente para asumir y respaldo político insuficiente para ejecutar todo lo que prometió.

Detrás de las candidaturas aparecen dos formas de organizar la economía. Lula propone sostener el consumo, la inversión y la capacidad productiva mediante una presencia activa del Estado. Su programa mantiene el marco fiscal, el Novo PAC de infraestructura, Nova Indústria Brasil y las herramientas de crédito y renegociación de deudas. También plantea reducir la jornada laboral a 40 horas semanales. La apuesta es que empleo, ingresos y producción nacional se refuercen entre sí.

Nova Indústria Brasil expresa esa orientación. El programa fue lanzado en 2024 con un horizonte hasta 2033 y una previsión inicial de R$300.000 millones hasta 2026, mediante financiamiento, recursos no reembolsables y participaciones de capital. BNDES, Finep y Embrapii forman parte de esa arquitectura. El objetivo es ampliar capacidades industriales y tecnológicas, además de aprovechar las ventajas del país en recursos naturales.

En la distribución del ingreso, la exención del impuesto a la renta para quienes ganan hasta R$5.000 mensuales, vigente desde 2026, apunta a ampliar el dinero disponible de los trabajadores de menores salarios.

El lulismo, sin embargo, gobierna dentro de restricciones presupuestarias. El marco fiscal limita, en términos generales, el crecimiento real del gasto al 70% de la variación real de los ingresos, con un piso de 0,6% y un techo de 2,5% anual. Su dificultad consiste en compatibilizar esas reglas con compromisos sociales, inversiones y obligaciones que presionan sobre el presupuesto.

El gobierno puede exhibir crecimiento: el IBGE registró una expansión del PBI de 3,2% en 2023, en la serie revisada, y de 3,4% en 2024. Pero esos resultados no eliminan los problemas fiscales ni aseguran que todas las familias perciban una mejora equivalente.

ABECEB describe ahora una economía que pierde impulso bajo el peso de las tasas. En el segundo trimestre de 2026, el PBI creció 0,5% frente al trimestre anterior y 2% interanual, mientras el consumo cayó 0,4% trimestral. La consultora destaca al agro, con una expansión interanual de 6,8%, y un desempleo de 5,3%.

Para 2026 y 2027 proyecta un crecimiento de 1,9% anual. En el caso del próximo año, su estimación supera al consenso de 1,4% que cita el informe. No anticipa una recesión como escenario central, pero sí una expansión moderada, vulnerable al costo del crédito y a las decisiones fiscales.

Allí aparece una paradoja electoral: el desempleo puede ser bajo y el malestar elevado. Tener trabajo no resuelve por sí solo la carga de las deudas, la pérdida de poder adquisitivo o la sensación de inseguridad.

El bolsonarismo ofrece una prioridad distinta: reducir gastos e impuestos, reformar el Estado y ampliar el espacio de la iniciativa privada. Para evaluar esa promesa conviene separar la experiencia de Jair Bolsonaro de las propuestas de Flávio.

Durante la presidencia de Jair, con Paulo Guedes al frente de Economía, se aprobaron la reforma previsional de 2019 y la autonomía del Banco Central en 2021. También se concretó la privatización de Eletrobras mediante su capitalización en 2022. Son modificaciones institucionales que exceden las consignas de campaña.

Aquella gestión también amplió transferencias en el año electoral. La enmienda constitucional 123 autorizó en 2022 beneficios extraordinarios, entre ellos un aumento del Auxílio Brasil y ayudas para camioneros. La experiencia obliga a evaluar la disciplina fiscal por las decisiones efectivas, incluso cuando un gobierno se presenta como liberal.

Flávio propone reformular las reglas fiscales, reducir impuestos y costos laborales y reorganizar la administración. Su programa promete eliminar al menos diez ministerios, reducir cargos y gastos administrativos y combatir privilegios salariales. También mantiene los programas sociales y contempla negociaciones comerciales con los grandes mercados, incluida China.

La dificultad está en la ejecución. Cerrar ministerios puede ofrecer una señal política potente, pero no alcanza para corregir un desequilibrio dominado por jubilaciones, prestaciones, compromisos legales e intereses. Reducir impuestos mientras se mantienen beneficios obliga a identificar ahorros permanentes, mejorar la eficiencia o conseguir un crecimiento capaz de compensar la pérdida de recaudación.

Esa es la discusión que los mercados intentan anticipar.

Los informes financieros aportados ubican el desequilibrio fiscal en el centro del diagnóstico. Goldman Sachs calcula un déficit total del sector público cercano al 9,5% del PBI en doce meses: un déficit primario de 0,6% e intereses netos de 8,9%.

La mayor parte del desequilibrio corresponde al costo financiero. Eso no vuelve irrelevante al resultado primario. Una trayectoria fiscal poco creíble puede aumentar la tasa exigida por los acreedores y hacer todavía más difícil estabilizar la deuda.

Goldman estima necesarios superávits primarios estructurales superiores al 2% del producto para colocar la deuda en un descenso sostenido. Bank of America, bajo otros supuestos de crecimiento y tasas, eleva la exigencia a aproximadamente 3%. Este último advierte, además, que cerca del 90% del presupuesto corresponde a gastos obligatorios.

ABECEB recoge esa presión y la traslada a la relación con Argentina. Pérego sostiene que el mercado espera un movimiento hacia un superávit primario de dos a tres puntos del producto y advierte sobre el enfriamiento que podría provocar el ajuste. Goldman considera muy improbable alcanzar en el corto plazo el superávit estructural que estima necesario. La distancia entre lo que reclaman los inversores y lo que puede ejecutar un presidente ayuda a dimensionar el problema de gobernabilidad.

La deuda bruta alcanzó 82,9% del PBI en agosto, según datos del Banco Central recogidos por la prensa brasileña. ABECEB, en su cuadro de proyecciones, estima una deuda pública de 86,7% del producto para 2027. 

Los indicadores de Bank of America muestran la presión sobre los hogares: endeudamiento de 49,9%, servicio de deuda de 28,7% y morosidad de consumo superior a 90 días de 5,5% en agosto. El crédito ayuda a sostener el consumo hasta que el pago de las cuotas comienza a desplazar otros gastos.

Los inversores apuestan a que una corrección creíble reduzca el riesgo y las tasas futuras, abarate el financiamiento y permita una revalorización de las empresas. PPI vincula un eventual triunfo de Flávio con mayores expectativas de disciplina fiscal, aunque advierte que una parte de ese escenario ya fue incorporada a los precios.

Para Argentina, la pregunta consiste en cuánto de esa mejora financiera se transformaría en demanda de productos nacionales y en qué plazo.

Pérego introduce una distinción central: “El riesgo para el comercio no proviene de la política sino de la macroeconomía”.

El director de ABECEB considera que un nuevo mandato de Lula prolongaría la distancia con la Casa Rosada y que una victoria de Bolsonaro abriría una etapa de mayor afinidad con Milei. Pero agrega que el intercambio tiene una lógica productiva, con el sector automotor como columna vertebral, que ha resistido el enfriamiento diplomático.

La hipótesis más delicada de la consultora es que el ajuste brasileño coincida en 2027 con la volatilidad de las elecciones presidenciales argentinas. Si ambas economías pierden impulso al mismo tiempo, el comercio podría contraerse aunque los presidentes mantengan una relación cordial.

La advertencia tiene respaldo en los números del intercambio. Según ABECEB, el déficit argentino con Brasil se redujo a US$1.635 millones entre enero y agosto, frente a US$4.119 millones en el mismo período de 2025. La consultora proyecta que cerraría el año alrededor de US$2.500 millones.

La mejora se explica principalmente porque Argentina compró menos: las importaciones desde Brasil cayeron 17,2% en el acumulado, mientras las exportaciones argentinas crecieron 4,1%.

Una reducción del déficit puede reflejar mayor competitividad exportadora. También puede expresar debilidad de la demanda y menores compras. En este caso, el segundo componente tiene un peso determinante. La mejora del saldo no alcanza para describir una mejora de la relación productiva.

El sector automotor representa alrededor del 40% del intercambio en ambas direcciones. Brasil sigue siendo el principal destino de las pick-ups medianas argentinas, mientras las compras de vehículos brasileños caen por la debilidad del mercado local y la competencia china, según ABECEB.

En agosto, Argentina exportó a Brasil US$1.099 millones, un 6,7% más interanual. El complejo automotor aportó US$446 millones, alrededor del 41% del total, con un crecimiento de 11,4%. Los lácteos aumentaron 27,6% y las ventas de fuel oil y gas licuado de petróleo, 80,8%. El trigo retrocedió 22%.

Las importaciones desde Brasil sumaron US$1.479 millones, con una caída de 10%. El complejo automotor representó US$554 millones y se contrajo 24,1%. En cambio, crecieron las compras de energía eléctrica, hierro y acero y carne bovina.

La consultora advierte, además, que el trigo argentino pierde terreno porque Brasil diversifica sus compras hacia Rusia y Estados Unidos. La cercanía geográfica ofrece una ventaja; no asegura un mercado cautivo.

Ese es el Brasil que Argentina necesita observar: el que compra camionetas, alimentos y energía; el que invierte y desarrolla proveedores; el que puede abrir oportunidades o sustituir abastecedores. La identidad del presidente importa, pero no reemplaza el análisis de cada cadena productiva.

La afinidad entre Milei y Flávio es explícita. El presidente argentino participó en julio del lanzamiento de la candidatura, donde ambos exhibieron una tijera gigante como símbolo del recorte estatal. La campaña brasileña incorporó al modelo argentino como referencia: para el bolsonarismo, una señal de reformas; para el gobierno de Lula, una advertencia sobre sus costos sociales.

La relación con Lula, en cambio, sufrió un deterioro institucional. Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires y redujo el vínculo al nivel de encargados de negocios en agosto, después de nuevos ataques de Milei.

Una victoria de Flávio podría facilitar la interlocución presidencial. Una reelección de Lula exigiría reconstruir canales debilitados. En ambos casos, Argentina deberá defender intereses que permanecen más allá de las preferencias de la Casa Rosada.

Un Brasil que sostenga la demanda interna puede beneficiar a los exportadores argentinos. Un Brasil que fortalezca su industria también puede competir por inversiones y producción. La continuidad del lulismo ofrecería una mayor afinidad con la política industrial, pero esa afinidad no evita que las empresas elijan instalarse donde encuentran mejor financiamiento, infraestructura y escala.

Una presidencia de Flávio podría mejorar la coordinación política y favorecer una agenda de reformas y apertura. Pero una apertura que aumente la participación de proveedores extrarregionales también podría desplazar producción argentina. La relación entre presidentes sería excelente; la de algunas fábricas con sus compradores podría empeorar.

Para Misiones, la evolución del real merece tanta atención como los discursos. ABECEB señala que cerró septiembre en R$5,17 por dólar, con una apreciación de 5,75% en el año.

Ese movimiento puede favorecer el poder de compra del visitante brasileño en Argentina, pero el efecto concreto depende también de los precios y del tipo de cambio argentinos. La inflación, los impuestos y los costos locales pueden neutralizar una ventaja cambiaria. En la frontera, la competitividad se verifica en una compra, una reserva hotelera o una decisión de viaje.

Misiones necesita, además, acuerdos que sobrevivan a las diferencias ideológicas: pasos fronterizos ágiles, infraestructura, coordinación sanitaria y combate al delito. Para una provincia que vive esa relación todos los días, la diplomacia tiene que producir soluciones.

La seguridad conecta esa agenda local con la discusión geopolítica más amplia.

En su análisis para The New York Times, Jack Nicas presenta la elección brasileña como la gran prueba del giro a la derecha latinoamericano. Señala que las últimas siete elecciones presidenciales de la región -en Colombia, Chile, Honduras, Bolivia, Perú, Ecuador y Costa Rica- fueron ganadas por candidatos de derecha desde el regreso de Trump a la Casa Blanca.

Nicas distingue la alternancia habitual de la circunstancia actual: el avance conservador coincide con una política estadounidense que busca ejercer mayor control sobre la región mediante presión económica, intervenciones y cooperación militar. Su lectura ubica a Brasil como la pieza de mayor peso todavía pendiente en esa reorganización.

El eje de esa convergencia es la seguridad. Los gobiernos que llegaron al poder prometiendo mano dura contra el crimen organizado encuentran en Washington un aliado dispuesto a ofrecer inteligencia, asistencia y operaciones. La apuesta política consiste en que esa cooperación produzca resultados visibles para los ciudadanos y permita consolidar a los nuevos oficialismos.

Según el texto de Nicas, dieciocho países se incorporaron a una coalición encabezada por Estados Unidos contra los cárteles. El periodista señala que al menos Colombia, Guatemala y Ecuador acordaron operaciones militares conjuntas con el Pentágono y que Flávio prometió sumarse a la coalición si gana.

Para Trump, incorporar a Brasil ampliaría de manera sustancial su influencia regional. Para Flávio, ofrecería respaldo internacional y una herramienta de campaña sobre uno de los temas de mayor sensibilidad electoral.

Ese punto resulta particularmente relevante para Brasil. El crimen organizado combina control territorial, lavado, tráfico y penetración de circuitos económicos legales. También para Argentina y para la Triple Frontera, la cooperación será más útil cuanto mejor identifique esas estructuras y sus finanzas.

Brasil llevará esa discusión a una escala mucho mayor. Su elección puede fortalecer una convergencia política con Washington o preservar un gobierno que busca mayor autonomía. Por eso es la votación de mayor alcance regional: compromete a la principal economía latinoamericana, su mercado, sus recursos y su capacidad diplomática.

Pero hay un límite material que cualquier proyecto deberá reconocer: China.

El intercambio entre Brasil y China alcanzó US$171.000 millones en 2025, de acuerdo con datos del MDIC compilados por el Consejo Empresarial Brasil-China. Beijing es el principal socio comercial brasileño.

El agronegocio, una base importante del bolsonarismo, necesita ese mercado. Una presidencia de Flávio podría aproximarse políticamente a Trump y mantener una relación económica pragmática con China. Su programa contempla negociaciones con ambos países y con la Unión Europea.

ABECEB agrega un dato que muestra cómo esa tensión ya opera sobre los negocios: las ventas brasileñas a Estados Unidos cayeron 9,7% hasta agosto, tras la sobretasa de 25% que identifica su informe, mientras los flujos se reorientan hacia China y Europa.

En el acumulado de enero a septiembre, según la consultora, las exportaciones brasileñas crecieron 11,5%, hasta US$281.300 millones, y el superávit comercial alcanzó US$61.800 millones, un 36% más que un año antes.

Brasil tiene capacidad para diversificar mercados y sostener un excedente externo importante. Esa fortaleza le permite negociar, pero también obliga a administrar intereses distintos. Una industria puede reclamar protección frente a las importaciones chinas mientras un productor rural necesita ampliar las ventas al mismo país.

La disputa entre Washington y Beijing se volverá más exigente cuando aparezcan decisiones sobre tecnología, infraestructura, energía, minerales críticos y cadenas industriales. Allí, las grandes potencias buscan influir sobre capacidades y decisiones de largo plazo.

Lula ha procurado ampliar su margen de maniobra mediante vínculos con China, Estados Unidos, Europa y los BRICS. Una victoria suya daría continuidad a esa búsqueda. Pero también deberá resolver la tensión entre vender recursos a China y competir con sus manufacturas para desarrollar la industria brasileña.

Flávio ofrecería una mayor cercanía política con Washington. Su margen económico, sin embargo, estará condicionado por los mercados que necesita el sector productivo. La política exterior brasileña podrá cambiar de énfasis; tendrá dificultades para ignorar el tamaño de sus intereses comerciales.

Europa agrega otra vía. El acuerdo comercial interino entre la Unión Europea y el Mercosur comenzó a aplicarse provisionalmente el 1 de mayo de 2026. El próximo presidente brasileño deberá gestionar sus oportunidades y sus costos junto con Argentina, Paraguay y Uruguay.

Eso también explica lo que se juega Argentina. Una región que coordina intereses puede ampliar su poder de negociación. Una región cuyos gobiernos subordinan los vínculos a sus afinidades personales pierde capacidad para conseguir mejores condiciones de comercio, inversión y tecnología.

La eventual victoria de Flávio podría fortalecer el frente político del que participa Milei. Pero un alineamiento más estrecho con Estados Unidos no garantiza ventajas comerciales automáticas. Washington conserva sus propios intereses, incluso frente a gobiernos amigos. La experiencia arancelaria brasileña que describe ABECEB obliga a separar respaldo político de acceso efectivo a los mercados.

La continuidad de Lula preservaría otra orientación internacional. Brasil seguirá defendiendo a sus productores y sus inversiones. La tarea argentina será negociar con un vecino de mayor escala, cualquiera sea su presidente.

La consultora ABECEB resume el problema en una advertencia: la relación con el principal socio comercial dependerá menos de quién gane que de la profundidad y la duración del ajuste brasileño. Esa mirada no vuelve indiferente el resultado político. Ordena las prioridades económicas y evita confundir una buena foto presidencial con una mejora de los negocios.

Argentina deberá mirar quién gana, con qué Congreso y con qué programa efectivo. También deberá observar cómo se administra el ajuste, qué ocurre con el real y cuánto espacio conserva Brasil para negociar con las grandes potencias.

Milei tiene un candidato preferido. Los industriales argentinos necesitan compradores; los productores, acceso a mercados; y las provincias fronterizas, cooperación e infraestructura. Esos intereses tendrán que defenderse frente al gobierno que surja de las urnas.

En Misiones, el resultado se medirá pronto en los camiones que cruzan, las reservas turísticas, las ventas y el trabajo. Para Trump, Brasil puede ser la incorporación decisiva a su esquema regional. Para Argentina, seguirá siendo un socio que no puede darse el lujo de perder. Y para América Latina, esta elección definirá cuánto poder conserva para decidir su propio lugar en el mundo.

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