Martín Ayerbe llamó a una refundación del peronismo y planteó reconstruir el poder desde la comunidad organizada
El referente del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) expuso su visión política en la sede del Partido Justicialista de Misiones, en Posadas. En su segunda visita a la provincia, sostuvo que el peronismo atraviesa una crisis que excede lo electoral y propuso recuperar la formación doctrinaria, la organización popular y la participación de los trabajadores como bases de un nuevo proyecto nacional. También advirtió sobre la dependencia externa y reivindicó la autodeterminación argentina.
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La necesidad de revisar la estrategia del peronismo, reconstruir sus estructuras de organización y recuperar una doctrina capaz de orientar un proyecto nacional fueron los ejes de la exposición que Martín Ayerbe, referente del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), brindó el viernes 9 de octubre por la noche en la sede del Partido Justicialista de Misiones, en Posadas.
En el marco de su segunda visita a la provincia para presentar su propuesta de desarrollo nacional, Ayerbe desplegó una interpretación política, histórica y filosófica de la situación argentina. Su planteo partió de un diagnóstico de retroceso en las capacidades económicas, militares y políticas del país, pero puso el acento en una cuestión que, a su juicio, antecede a la discusión electoral: la reconstrucción de una identidad política compartida y de las organizaciones capaces de traducirla en poder efectivo.
Para el dirigente, el escenario actual no puede abordarse únicamente mediante la competencia entre partidos ni con una estrategia concentrada en ganar elecciones. La salida, según sostuvo, requiere una revisión profunda del movimiento nacional, una preparación doctrinaria de la militancia y una recuperación de los vínculos entre trabajadores, organizaciones sociales, comunidad y conducción política.
La exposición combinó referencias al pensamiento de Juan Domingo Perón, episodios de la historia argentina, conceptos de la tradición justicialista y una crítica a las corrientes que Ayerbe identifica con el liberalismo, el individualismo y el modernismo. También incorporó advertencias sobre la soberanía territorial, las relaciones con las potencias extranjeras y la capacidad del país para definir sus propios objetivos.
Una crisis que, según Ayerbe, excede la derrota electoral
Uno de los pasajes centrales de la charla estuvo dedicado a la situación del peronismo y a la necesidad de interpretar sus dificultades más allá de los resultados en las urnas. Ante una pregunta sobre cómo poner en marcha las ideas expuestas en un contexto de retroceso político, Ayerbe sostuvo que el movimiento atraviesa una etapa de preparación filosófica y doctrinaria, previa a la construcción de una nueva capacidad de conducción.
El dirigente reconoció que el escenario representa una derrota, aunque rechazó reducirla a una cuestión electoral. En su interpretación, el problema de fondo es la pérdida de un dispositivo de poder capaz de articular la voluntad popular, organizar la participación y sostener una autoridad reconocida por la comunidad.
Para fundamentar esa lectura, recurrió a la historia del peronismo y comparó la situación actual con los momentos previos a la consolidación del movimiento en la década de 1940. Ayerbe propuso pensar el presente como una etapa anterior a las grandes transformaciones políticas del primer peronismo, cuando la formación doctrinaria y la organización de una base militante precedieron a la llegada formal al gobierno.
La comparación funcionó como una referencia histórica para su propuesta, no como una descripción de un proceso que necesariamente vaya a repetirse. Su argumento es que la construcción política requiere una acumulación previa de organización, ideas y conducción, y que el acceso al gobierno no garantiza por sí mismo la capacidad de transformar la sociedad.
En esa línea, planteó que el peronismo necesita una “refundación radical”, en sus términos, que le permita revisar sus prácticas y recuperar una orientación compartida. No consideró suficiente una estrategia limitada a estabilizar variables económicas o mejorar la distribución de los ingresos dentro del esquema existente. A su entender, el movimiento debe volver a formular una propuesta integral de país.
La distinción es relevante para comprender el alcance de su planteo: Ayerbe no propuso abandonar la competencia electoral, sino subordinarla a una tarea política de mayor duración. Afirmó que el peronismo deberá presentarse a elecciones y procurar ganarlas, pero sostuvo que las posibilidades de hacerlo dependen de un trabajo previo de organización y formación de sus militantes.
La formación doctrinaria como primera etapa de la reconstrucción
Ayerbe organizó su explicación a partir de una lectura de las etapas de la revolución nacional que atribuyó al pensamiento de Perón. En ese esquema, la preparación filosófica y la formación de predicadores constituyen el primer momento; la construcción del poder, el siguiente; luego llega la etapa de las realizaciones y, finalmente, la institucionalización del proceso.
El énfasis estuvo puesto en la primera fase. Para el referente del MLN, la militancia debe recuperar la capacidad de explicar, transmitir y encarnar una doctrina antes de concentrar todos sus esfuerzos en la disputa por los cargos públicos.
Durante su intervención, utilizó la figura de los predicadores para describir a quienes asumen la tarea de formar políticamente a otros integrantes del movimiento y extender una orientación común en el territorio. Mencionó como horizonte la necesidad de contar con cientos de miles de militantes preparados para transmitir los fundamentos del justicialismo, aunque esa cifra apareció como una estimación política dentro de su exposición y no como el resultado de un relevamiento de la estructura partidaria.
La propuesta se apoya en una concepción de la militancia que no se limita a la participación en campañas, actos o procesos electorales. La formación debe abarcar el conocimiento de la historia, la doctrina, los objetivos del proyecto nacional y las formas concretas de organización comunitaria.
Ayerbe también cuestionó lo que definió como un exceso de electoralismo en el peronismo. Según su interpretación, la competencia por los votos se convirtió en una prioridad que desplazó la construcción de las capacidades organizativas necesarias para sostener un proyecto político en el tiempo.
Sin embargo, aclaró que la disputa electoral continúa siendo parte de la estrategia. La diferencia, en su planteo, consiste en evitar que la política quede subordinada exclusivamente al calendario de elecciones y a la búsqueda inmediata de posiciones institucionales.
En ese sentido, reivindicó una militancia que pueda transmitir los resultados históricos que atribuye al peronismo, al tiempo que llamó a revisar los errores propios y corregir a los dirigentes cuando sus decisiones se aparten de los principios que el movimiento dice representar.
La revisión, sostuvo, no debería traducirse en una división permanente entre sectores que se consideran más o menos fieles a la doctrina. En lugar de convertir las diferencias internas en un mecanismo de exclusión, propuso recuperar una tarea de formación que permita discutir las posiciones políticas, señalar desacuerdos y construir criterios compartidos.
Comunidad organizada: una concepción del poder que parte del pueblo
El concepto que articuló buena parte de la exposición fue el de comunidad organizada, una de las referencias centrales de la tradición justicialista. Ayerbe la presentó no solo como un ideal de convivencia o una aspiración de unidad nacional, sino como una estructura de organización capaz de reunir las fuerzas sociales y orientar su acción hacia objetivos comunes.
En su interpretación, el poder procede del pueblo y no del Estado ni del gobierno. El Estado constituye el conjunto de instituciones y aparatos de la nación, mientras que el gobierno tiene la responsabilidad de conducir la voluntad popular y facilitar las condiciones para que esa voluntad pueda expresarse y realizarse.
Esta distinción establece una relación jerárquica entre comunidad, instituciones y conducción política. El gobierno, según el modelo que describió, no debería reemplazar la capacidad de organización del pueblo ni apropiarse de las decisiones colectivas, sino actuar como instrumento para que las organizaciones sociales participen en la construcción y ejecución del proyecto nacional.
Ayerbe sostuvo que la comunidad organizada permite transformar una sociedad dispersa en una estructura con capacidad de decisión. Su eficacia dependería de la posibilidad de articular a los distintos actores sociales, reconocer sus funciones y establecer una orientación común que no anule las particularidades de cada sector.
El planteo supone una crítica a las concepciones que concentran la política en el aparato estatal o en la competencia entre dirigentes. En la visión del expositor, las instituciones solo adquieren sentido cuando expresan una voluntad colectiva y sirven a una finalidad compartida por la comunidad.
Esa concepción también tiene implicancias para la relación entre los representantes y quienes reciben sus decisiones. Ayerbe afirmó que el ejercicio del poder no consiste solamente en impartir órdenes, sino en lograr que esas decisiones sean reconocidas y asumidas por quienes deben llevarlas adelante.
La autoridad, en su razonamiento, no se sostiene únicamente en la jerarquía formal ni en la capacidad de imponer obediencia. Requiere una justificación compartida y una conducción que demuestre su legitimidad mediante el servicio, la responsabilidad y la capacidad de orientar al conjunto.
La diferencia entre poder y autoridad ocupó así un lugar importante en su argumento. Una conducción puede disponer de atribuciones institucionales y, sin embargo, no construir una relación duradera con la comunidad si sus decisiones no encuentran reconocimiento. Por el contrario, la autoridad se fortalece cuando existe una correspondencia entre los objetivos anunciados, la conducta de quienes conducen y las necesidades de la sociedad.
El trabajador como eje de la organización nacional
Dentro de la comunidad organizada, Ayerbe ubicó al trabajador como una figura central. No lo presentó exclusivamente como un sujeto económico ni como alguien definido por su participación en el mercado laboral, sino como el punto de articulación de una comunidad que produce, educa, cuida, organiza y transmite conocimientos.
La figura del trabajador, en ese esquema, debe funcionar como principio ordenador de las distintas actividades sociales. Su centralidad no implicaría eliminar o subordinar las demás funciones, sino reconocer que el trabajo creador constituye una de las bases materiales y simbólicas de la vida comunitaria.
Durante la charla, el dirigente mencionó otras figuras que, en su interpretación, expresan dimensiones fundamentales de la identidad nacional: el soldado, el maestro, la madre, el sabio, el sacerdote, el héroe y el cantor nacional. Las presentó como funciones diferentes que pueden contribuir a un mismo proyecto, sin que una deba anular a las demás.
El propósito de esa enumeración fue construir una idea de identidad argentina basada en el trabajo, el servicio, la educación, el cuidado, la defensa del territorio y la transmisión cultural. Para Ayerbe, la comunidad se fortalece cuando reconoce el aporte específico de esas actividades y las integra dentro de una orientación colectiva.
La figura del trabajador también le permitió formular una crítica a las concepciones que reducen la actividad humana a la productividad o la eficiencia técnica. En su planteo, producir más o hacerlo en menos tiempo no constituye un objetivo suficiente si no existe una discusión previa sobre la finalidad social de esa producción y el tipo de sociedad que se busca construir.
La técnica, sostuvo, debe proporcionar medios para alcanzar determinados bienes, pero no puede establecer por sí sola los fines últimos de la vida nacional. De ese modo, vinculó la organización económica con una discusión política sobre el sentido del trabajo y el lugar de las personas dentro del sistema productivo.
El planteo no se limitó a reivindicar el empleo o la actividad industrial. También buscó establecer una relación entre el trabajo y la autonomía personal, al considerar que la posibilidad de realizar una obra, asumir responsabilidades y contribuir a la comunidad forma parte de la libertad humana.
En esa lectura, una política de desarrollo no debería evaluarse únicamente por sus indicadores de producción, sino también por la capacidad de ampliar las oportunidades de participación, fortalecer las organizaciones sociales y permitir que las personas intervengan en la definición de los objetivos colectivos.
El disenso como condición para construir acuerdos
Otro de los ejes de la exposición fue la relación entre el desacuerdo político y la búsqueda de consensos. Ayerbe cuestionó las formas de acuerdo que, bajo esa denominación, encubren decisiones adoptadas previamente y dejan a los participantes sin una posibilidad real de intervenir.
Su planteo parte de una premisa: el consenso no puede ser el punto de partida de una discusión si las diferencias ya fueron excluidas de antemano. Para construir acuerdos legítimos, sostuvo, es necesario aceptar primero el disenso, exponer las posiciones en conflicto y buscar una resolución que pueda ser reconocida por los participantes.
La idea se conecta con su concepción de la comunidad organizada. Si el poder debe proceder del pueblo, las decisiones colectivas requieren instancias en las que los integrantes de la comunidad puedan expresar sus posiciones, discutir prioridades y participar de la definición de los objetivos.
Desde esa perspectiva, la unidad no significa uniformidad. La construcción de una orientación común no debería depender de que todos los actores piensen de la misma manera, sino de que puedan encontrar un terreno compartido sin ocultar las diferencias que existen entre ellos.
La distinción también tiene una dimensión institucional. Un acuerdo construido mediante la participación puede ofrecer una base más sólida para sostener decisiones en el tiempo que una coincidencia circunstancial entre dirigentes. En cambio, un consenso aparente, sin deliberación efectiva, corre el riesgo de convertirse en una fuente de desconfianza.
Ayerbe vinculó esta cuestión con la necesidad de que la conducción política escuche a quienes deben ejecutar sus decisiones. La participación, en su modelo, no se agota en la posibilidad de expresar una opinión: debe contar con canales orgánicos que permitan convertirla en acción.
En términos políticos, esa concepción plantea un desafío para las organizaciones partidarias y sociales: construir mecanismos que permitan integrar las diferencias, ordenar las decisiones y mantener una orientación común sin suprimir la autonomía de los actores que forman parte del proceso.

Identidad nacional, territorio y soberanía
La exposición comenzó con una advertencia sobre lo que Ayerbe definió como riesgos para la soberanía argentina. El dirigente sostuvo que el país atraviesa un momento de peligro frente a la influencia de potencias extranjeras y mencionó la cuestión de las Islas Malvinas como parte de un problema más amplio de autonomía territorial y política.
En ese marco, cuestionó la posibilidad de avanzar hacia esquemas de administración compartida o de cooperación que, desde su perspectiva, pudieran debilitar la reivindicación argentina sobre las islas. También vinculó su posición con una crítica a la política exterior y a la dependencia respecto de Estados Unidos y otras potencias internacionales.
Esas afirmaciones forman parte del diagnóstico político de Ayerbe y expresan su interpretación sobre los riesgos geopolíticos que enfrenta el país. Durante la charla no presentó documentación que permitiera verificar las advertencias específicas sobre una eventual fractura territorial, por lo que deben entenderse como una evaluación del expositor y no como hechos acreditados en la exposición.
Su argumento sobre la soberanía excedió, sin embargo, la dimensión diplomática. Ayerbe sostuvo que la autonomía nacional también depende de la capacidad de una sociedad para definir sus propios valores, reconocer su historia y establecer qué aspectos de otras corrientes culturales o políticas puede incorporar y cuáles considera incompatibles con su proyecto.
Para desarrollar esa idea, apeló a la noción de una raíz geocultural argentina, vinculada con la historia, el territorio y las experiencias de quienes construyeron la sociedad nacional. Mencionó, entre otros ejemplos, la llegada de inmigrantes europeos que encontraron en el país un lugar para asentarse y formar sus familias.
En su lectura, la identidad nacional no se define por el origen de las personas, sino por la posibilidad de incorporarse a una comunidad y compartir un destino. La experiencia de la inmigración fue presentada como una expresión de la capacidad argentina para recibir a quienes buscaban reconstruir sus vidas y convertir al país en su lugar de pertenencia.
Ayerbe vinculó esa historia con una idea de soberanía que no se limita al control formal de las fronteras. También incluye la capacidad de sostener una cultura política propia, evitar la dependencia intelectual y definir objetivos nacionales sin aceptar de manera automática las prioridades establecidas por otros actores.
La dimensión territorial apareció, además, relacionada con el conocimiento concreto del espacio. Al referirse a las figuras históricas del gaucho, el soldado y los caudillos, destacó la importancia de quienes conocen el territorio, sus recursos, sus caminos y las condiciones de vida de las poblaciones. En ese punto, la defensa de la nación se conecta con la presencia efectiva de las comunidades en el espacio que habitan.
Una crítica al individualismo y a la reducción de la vida a la productividad
Ayerbe presentó su propuesta como una disputa entre distintas formas de organizar la vida social. De un lado ubicó una concepción nacional y comunitaria, asentada en el trabajo, la responsabilidad y los vínculos entre las personas. Del otro, identificó tendencias que asoció con el individualismo, el consumo, la competencia permanente y la subordinación de la vida a criterios económicos o tecnológicos.
En su discurso, esa diferencia no se reduce a una controversia entre programas de gobierno. Se trata, según afirmó, de una disputa sobre los valores que orientan las decisiones individuales y colectivas, y sobre el tipo de persona que una sociedad promueve mediante sus instituciones, su sistema educativo y sus formas de producción.
El dirigente cuestionó lo que describió como un régimen de productividad sin finalidad y una exposición permanente a los estímulos de las redes sociales. A su entender, esos procesos pueden debilitar los vínculos comunitarios cuando desplazan las experiencias de participación, trabajo y responsabilidad por formas de consumo que no contribuyen a la construcción de objetivos compartidos.
También formuló una crítica a las propuestas que, en su lectura, reducen a las personas a administradoras de necesidades o receptoras pasivas de recursos. Frente a esa posibilidad, reivindicó el trabajo creador como una vía para ejercer capacidades, asumir compromisos y dejar una contribución reconocible en la comunidad.
La argumentación incorporó referencias religiosas y una concepción espiritual de la persona. Ayerbe afirmó que el ser humano no puede comprenderse como un objeto más dentro del mundo material, porque su realización requiere una misión y una relación con los demás.
Esa perspectiva le permitió vincular su crítica económica con una concepción moral de la política. La riqueza, la técnica y la producción son relevantes en la medida en que sirven a fines humanos y sociales, pero se vuelven insuficientes cuando se transforman en objetivos absolutos.
En ese marco, el dirigente cuestionó la aspiración a reproducir los patrones de vida que atribuye a los sectores oligárquicos. Su planteo fue que la movilidad social o la mejora material no deberían implicar la adopción automática de los valores de quienes concentran la riqueza y el poder.
Se trata de una posición ideológica definida, basada en una lectura comunitaria y espiritual de la vida nacional. Su traducción en políticas concretas requeriría precisar cómo se expresarían esos principios en la educación, las relaciones laborales, la organización económica y las instituciones públicas.

La construcción de una nueva conducción política
La cuestión de la dirigencia atravesó varios momentos de la charla. Ayerbe sostuvo que la reconstrucción del movimiento nacional requiere formar una capa de conducción capaz de asumir responsabilidades y orientar un proyecto colectivo sin reproducir las prácticas que cuestiona de los sectores dominantes.
Al utilizar expresiones como “aristocracia de servicio”, buscó diferenciar la autoridad que propone de una estructura basada en privilegios personales o en la mera posesión de cargos. En su interpretación, el liderazgo debe sustentarse en la capacidad de servicio, el sacrificio, la formación y la responsabilidad frente a la comunidad.
La idea introduce una discusión sobre los criterios de legitimidad de los dirigentes. Para Ayerbe, la conducción no debería depender exclusivamente de la posición ocupada dentro de una estructura partidaria ni de la capacidad de obtener votos, sino también de la aptitud para organizar, orientar y responder ante quienes integran el movimiento.
Esa definición no elimina la necesidad de instituciones ni de mecanismos electorales. Más bien, busca subordinarlos a una concepción de la autoridad que combine representación, preparación y reconocimiento social.
El dirigente también sostuvo que los cuadros políticos deben ser capaces de responder preguntas fundamentales sobre el proyecto que defienden: qué se quiere transformar, por qué se busca hacerlo, con qué objetivos y por qué vale la pena asumir los costos y las responsabilidades que implica.
En su razonamiento, una dirigencia que no puede responder esas preguntas corre el riesgo de adoptar prioridades definidas por otros actores. La dependencia, por lo tanto, no se produce únicamente por la subordinación económica o diplomática, sino también cuando una organización pierde la capacidad de formular sus propios objetivos.
El argumento vuelve a conectar la formación doctrinaria con la soberanía. La autonomía nacional requiere, según su visión, una conducción que conozca el proyecto que representa, una militancia capaz de transmitirlo y organizaciones que puedan participar de su ejecución.
El desafío de convertir la doctrina en organización
La propuesta expuesta en Posadas deja planteado un interrogante que atraviesa al conjunto del movimiento justicialista: cómo transformar una identidad política y una tradición doctrinaria en estructuras de participación capaces de actuar sobre los problemas actuales.
Ayerbe identificó la formación de la militancia como una de las primeras tareas y sostuvo que el trabajo debe comenzar en el presente, sin esperar una nueva elección o una modificación del escenario institucional. En su enfoque, la organización política se construye a partir de vínculos sostenidos, transmisión de ideas y participación de los integrantes de la comunidad.
La etapa posterior, de acuerdo con el esquema que presentó, consistiría en traducir esa preparación en capacidad de conducción y en acciones concretas. Una vez que el movimiento haya definido sus objetivos, el gobierno debería facilitar los canales institucionales para que las organizaciones sociales participen en la realización del proyecto.
Esa distribución de funciones plantea una concepción específica del vínculo entre Estado y sociedad. El aparato estatal no aparece como el único responsable de producir las transformaciones, sino como una estructura que debe habilitar y coordinar la acción organizada de la comunidad.
El desafío práctico consiste en precisar qué mecanismos permitirían materializar esa participación, cómo se resolverían los desacuerdos, de qué manera se elegirían las prioridades y qué responsabilidades corresponderían a cada nivel de organización. La exposición desarrolló con amplitud los fundamentos filosóficos de la propuesta, aunque dejó abiertas varias de esas cuestiones operativas.
También quedó pendiente la relación entre la recuperación doctrinaria y la construcción de una alternativa electoral competitiva. Ayerbe afirmó que ambos objetivos no son incompatibles, pero insistió en que la preparación política debe preceder y sostener la disputa por el gobierno.
Su diagnóstico se apoya en una crítica al modo en que, según considera, el peronismo organizó sus prioridades en los últimos años. La salida que propone consiste en recuperar una formación común, fortalecer la militancia y reconstruir una autoridad que no dependa únicamente de la coyuntura electoral.
La viabilidad de ese camino dependerá de la capacidad de las organizaciones para convertir los principios generales en prácticas verificables, sostener mecanismos de participación y ofrecer respuestas a las necesidades económicas y sociales del presente. Esa dimensión constituye el punto en el que la reflexión doctrinaria deberá encontrarse con la gestión, las instituciones y los resultados concretos.

Una propuesta política que busca reinstalar la discusión sobre el proyecto nacional
La visita de Ayerbe a Misiones se inscribió en una iniciativa más amplia de difusión de su modelo argentino para el desarrollo nacional. En esta segunda presentación en la provincia, el referente del MLN concentró su intervención en los fundamentos políticos y culturales que, a su juicio, deben preceder a cualquier estrategia económica.
La exposición ante dirigentes, militantes y asistentes reunidos en la sede del Partido Justicialista de Misiones articuló tres planteos principales: la necesidad de una revisión profunda del peronismo, la recuperación de la comunidad organizada como estructura de poder y la defensa de una identidad nacional capaz de orientar las decisiones económicas y políticas.
Su propuesta no se limita a una reorganización partidaria. Busca instalar una discusión sobre la relación entre el trabajo, la autoridad, el Estado, las organizaciones sociales y la soberanía, desde una interpretación del justicialismo que coloca a la comunidad en el centro de la vida nacional.
El desafío para esa perspectiva consiste en demostrar cómo sus principios pueden traducirse en mecanismos institucionales, políticas públicas y formas de organización que respondan a las condiciones actuales del país. La recuperación de la participación social, la formación de cuadros y la construcción de acuerdos son objetivos que requieren definiciones concretas sobre su implementación y evaluación.
En ese sentido, la charla dejó una señal política: para Ayerbe, el debate sobre el futuro del peronismo debe comenzar antes de la próxima contienda electoral y concentrarse en la capacidad del movimiento para reconstruir una propuesta compartida. La disputa por el gobierno sigue presente, pero el dirigente considera que su resultado dependerá de una tarea previa: recuperar una doctrina, organizar a la militancia y volver a discutir qué proyecto de país pretende representar el movimiento nacional.
