Cuando el relato parece dejar de funcionar (¿O el Mercado le sacó la silla?)

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Hay momentos en que sostener un relato empieza a ser más difícil que gobernar.

Y en estos días, al Gobierno se le acumularon demasiadas noticias incómodas: el JP Morgan recalculó, el riesgo país volvió a subir, el FMI puso la lupa sobre la recaudación y la confianza en el Gobierno llegó a su peor registro desde que Javier Milei llegó a la Casa Rosada.

No son datos producidos por la oposición. Ni por el kirchnerismo. Ni por periodistas particularmente malintencionados.

Son los números.

El JP Morgan bajó su previsión de crecimiento para la Argentina en 2026 del 2,7% al 1,5% y estimó una contracción anualizada del 4% para el tercer trimestre. El riesgo país, después de tocar los 642 puntos, volvió a superar los 650. El mercado tampoco pareció demasiado impresionado por los anuncios realizados por Milei y Luis Caputo en París.

La silla empezó a moverse.

Y no solamente en Wall Street.

Porque el riesgo país no es una opinión editorial. Es el precio que el mercado le pone al riesgo argentino. Y aunque parte de la suba responde al contexto internacional, los propios analistas estiman que aproximadamente la mitad del deterioro desde julio tiene causas específicamente domésticas.

No todo viene de afuera.

El FMI también empezó a mirar con preocupación la caída de la recaudación. El IVA acumula once meses consecutivos de caída real. Y el organismo quiere discutir con Caputo el impacto de esa menor recaudación sobre la política fiscal.

El dato parece técnico, pero no lo es.

El IVA se recauda cuando alguien consume. Cuando cae durante once meses, alguna señal está dando sobre lo que ocurre en la economía cotidiana.

Durante una entrevista, Germán Martínez, Jefe de la bancada de Unión por la Patria en Diputados, lo resumió con una frase bastante más sencilla que cualquier presentación de PowerPoint: la macroeconomía y la microeconomía son dos caras de la misma moneda.

Una economía puede mostrar determinados equilibrios y, al mismo tiempo, tener familias que llegan con dificultad a fin de mes.

Pero cuando la realidad empieza a incomodar, el relato encuentra explicaciones.

Si cae la actividad, puede ser que la gente no haya ido a trabajar por ver los partidos del Mundial.

Si sube el riesgo país, es el contexto internacional.

Si no se cumplen las metas acordadas con el FMI, siempre se pueden modificar las metas.

Y si el JP Morgan cambia su pronóstico, habrá que suponer que el problema está en el pronóstico anterior.

Mientras tanto, Milei sigue prometiendo el futuro.

En el Coloquio de IDEA advirtió que, si no es reelegido, los argentinos tendrán que “pagar las consecuencias”. También sostuvo que la economía terminará acumulando un crecimiento de entre 18% y 20% durante sus cuatro años de gobierno.

El futuro, en el discurso oficial, parece tener una capacidad extraordinaria para resolver los problemas del presente.

El problema es que el presente insiste.

Y cuando la economía deja de alcanzar para explicar todo, aparecen los enemigos.

Milei habló de 30.000 terroristas expulsados del país. El presidente eligió un número cargado de simbolismo y no fue por casualidad. Dijo, además, que Olivos se convirtió en una “base militar” porque tiene “enemigos pesados” en el mundo.

Cuando le tocó el turno, Luis Caputo, nuestro “inefable” ministro de Economía, aportó su cuota de épica y definió al kirchnerismo como “el infierno” y a Axel Kicillof como “el Anticristo”.

A esta altura, más que un programa de gobierno parece una película de clase Z cuyo guión se escribe a medida que aparecen los problemas. Sólo nos falta que aparezcan zombies.

Pero la lista de enemigos no termina ahí.

Mientras el Gobierno habla permanentemente de soberanía, seguridad y amenazas externas, la Corte Suprema dejó sin efecto el fallo que frenaba la derogación de la Ley de Tierras Rurales. El efecto práctico es que vuelven a quedar sin vigencia los límites específicos a la propiedad extranjera establecidos por esa ley.

Y como si la extranjerización de la tierra no alcanzara, porque el rechazo por gran parte de la oposición y la ciudadanía fue absoluto, ahora aparece la ciudadanía por inversión. El Gobierno anunció un programa que permitirá solicitar la nacionalidad argentina mediante un aporte no reembolsable de 350.000 dólares al Tesoro o la compra de títulos públicos por 800.000 dólares, sin necesidad de cumplir previamente el requisito tradicional de residencia. El programa estará operativo durante el último trimestre del año.

La respuesta política no tardó en llegar. El diputado Agustín Rossi, junto con la diputada Kelly Olmos, presentaron un proyecto para derogar el régimen creado por el DNU 366/2025 y prohibir que una contraprestación económica pueda reemplazar el requisito de residencia para obtener la ciudadanía. El proyecto sostiene que la ciudadanía es un vínculo con una comunidad política y no una prestación que pueda adquirirse mediante una inversión.

Y acá aparece una paradoja difícil de ignorar.

30.000 terroristas serían una amenaza para la soberanía. La compra de tierras rurales por extranjeros, aparentemente, no tanto.

A este ritmo, para encontrar al enemigo de Milei no hace falta mirar las fronteras.

Alcanza con abrir el diario.

Pero el Congreso también empezó a contar otra historia.

La oposición pidió una sesión especial para intentar derogar el DNU 70/23 después del fallo de la Corte sobre tierras. La UCR avisó que no acompañará el artículo del proyecto de Defensa de la Soberanía que incorpora sanciones que pueden afectar a la prensa. Los aliados del Gobierno también empezaron a poner condiciones en la ley de discapacidad.

Es decir: los mismos sectores que Milei necesita para convertir sus anuncios en leyes empiezan a decirle que no todo vale.

Y eso es política.

Porque un Gobierno puede ganar elecciones, tener una mayoría relativa y negociar votos. Pero cuando para cada iniciativa necesita convencer, modificar, retirar artículos o mandar funcionarios a negociar con sus propios aliados, algo está pasando.

Mientras tanto, la Iglesia también parece estar viendo un país bastante diferente del que describe el Gobierno.

García Cuerva habló de una Argentina herida, dividida y en crisis.

Y el arzobispo de Córdoba, Ángel Rossi, fue todavía más gráfico. Dijo que la Argentina está “cascoteada por la pobreza” y llegó a preguntarse si el Gobierno “vive en Marte”.

La frase no vino de la oposición política. Vino de un cura.

Y quizás por eso resulte todavía más incómoda.

Porque el problema no es solamente que algunos datos económicos sean malos, que el riesgo país suba o que el JP Morgan haya cambiado sus pronósticos.

Hay algo más profundo.

El Gobierno necesita explicar permanentemente por qué la realidad todavía no se parece a la promesa.

Y para hacerlo tiene una herramienta cada vez más utilizada: desplazar la discusión hacia los enemigos. “Campaña del miedo” que le dicen

El problema es que los enemigos cambian demasiado rápido.

A veces son los mercados.

A veces el contexto internacional.

A veces el kirchnerismo.

A veces los periodistas.

A veces los terroristas.

A veces los que no trabajan porque miran el Mundial.

Y, aparentemente, también puede ser el INDEC cuando sus números no acompañan el relato.

Mientras tanto, el Gobierno sigue prometiendo un futuro extraordinario.

Un futuro de crecimiento, inversiones, rutas, trenes, puertos, potencia mundial y prosperidad.

El futuro parece estar siempre a punto de llegar.

El presente, en cambio, tiene la mala costumbre de aparecer todos los días.

El relato no estaría funcionando, pero no se rinde.

Porque siempre queda el futuro.

Aunque esto, parece, ya no es solamente un problema de relato. Es que el gobierno necesita que el futuro arregle lo que en el presente no está pudiendo sostener.

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