El mundo según Javier: fotos viejas, terroristas y un pasaje en primera a Arabia Saudita 2028
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Hay algo que tenemos que reconocerle a Javier Gerardo Milei: consiguió convertir la realidad argentina en una discusión semántica. Antes teníamos inflación, pobreza, desempleo, actividad económica y estadísticas. Ahora tenemos otra cosa: depende de cómo se mire, de cuándo se hayan sacado los datos y, fundamentalmente, de si el número acompaña o no a su mundo.
Semana pasada, el INDEC informó que la pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026. No es precisamente un dato para poner coros a una hinchada, pero el Presidente encontró rápidamente la explicación: “Es una foto vieja” estamos en Septiembre/octubre. Y técnicamente es cierto. Es una medición del primer semestre. El problema es que, si vamos a considerar viejos todos los datos que no nos gustan porque fueron medidos algunos meses atrás como siempre son medidos y difundidos como son difundidos todos esos datos, la economía argentina corre el riesgo de convertirse en un álbum familiar: todo lo que salió mal pertenece al pasado y todo lo que puede salir bien pertenece al futuro.
La lógica le sirve para la pobreza, pero también para casi cualquier cosa. Si sube el desempleo, es una foto vieja. Si cae la actividad, también. Si hipotéticamente aumenta el consumo —cosa que no parece estar ocurriendo—, en cambio, probablemente tengamos un récord histórico. Y si un indicador no acompaña, aparece entonces otro concepto extraordinario que Milei utilizó esta semana: “Los indicadores están arrojando cualquier cosa”. Esto es fantástico, porque uno siempre creyó que los indicadores estaban para mostrarnos qué estaba pasando. Resulta que ahora algunos se rebelaron y empezaron a arrojar cualquier cosa. Habrá que hablar con ellos. Quizás pueda negociar el Colo, Santiago Caputo o directamente Karina, que aparentemente tiene experiencia para resolver problemas de naturaleza porcentual.
Mientras tanto, el PBI cayó 0,6% en el segundo trimestre, la actividad económica registró una caída mensual del 2,9% en julio y el desempleo llegó al 7,9%. Pero Milei insiste en que no hay recesión y habla de una “desaceleración del ritmo de expansión”. Una expresión preciosa, brillante, digan de un estadista de fuste. Uno puede imaginar perfectamente a un pasajero cayéndose por las escaleras mientras explica que no se está cayendo, sino que está “desacelerando el ritmo de ascenso”. Y cuando parecía que ya habíamos agotado la capacidad de la semana para sorprendernos, aparecieron los terroristas.
El peluca también afirmó que durante 2025 fueron expulsados 10.000 terroristas y que durante 2026 ya habían sido expulsados otros 20.000. Treinta mil terroristas en total. Una cifra impresionante. Tremenda. Sobre todo porque uno imagina que semejante cantidad de personas dedicadas a dinamitar el modelo argentino deberían haber dejado algún rastro. Alguna reunión sospechosa, algún pasaporte raro, algún señor preguntando dónde quedaba el Ministerio de Economía para colocar una bomba. Pero no. El problema es que los datos oficiales disponibles no muestran una categoría equivalente a esos 30.000 terroristas. Es decir, tenemos una situación bastante curiosa: el Presidente sabe que hubo 30.000 terroristas, pero las estadísticas oficiales parecen no haberse enterado.
Y eso nos devuelve al principio. Quizás el problema no sean los datos. Quizás el problema sea que los datos todavía no aprendieron a expresarse en el idioma del Javi. Si la pobreza dice 32,3%, es una foto vieja. Si el PBI cae, no hay recesión: hay desaceleración. Si aumenta el desempleo, hay un reacomodamiento de recursos. Si un indicador contradice el relato, está arrojando cualquier cosa. Y si aparecen 30.000 terroristas que nadie encuentra en las estadísticas, seguramente el problema sea de seguridad nacional. A esta altura, lo único que falta es que el próximo informe del INDEC venga con una aclaración al pie: “Los números publicados podrán ser modificados por el Poder Ejecutivo si no coinciden con la narrativa vigente”.
Porque el Javo tiene una ventaja enorme: siempre puede discutir el dato. Y si no puede discutir el dato, discute la fecha. Y si tampoco puede discutir la fecha, discute la interpretación. Y si todo eso falla, siempre queda la posibilidad de descubrir que el problema eran los terrorista. Es un sistema bastante práctico porque permite que la realidad tenga siempre una explicación alternativa.
Pero la cosa no termina ahí. Ahora apareció una nueva etapa de esta extraordinaria geografía presidencial. Porque hace un tiempo el destino estaba bastante claro: íbamos a ser Irlanda. Un país pequeño, europeo, con tradición celta, castillos, pubs y una economía fuertemente vinculada a la tecnología y a la inversión extranjera. Todo muy ordenado. Yo ya me estaba preparando psicológicamente para ser Irlanda. Le estaba dando duro y a diario al Duolingo en inglés. Y ahora resulta que cambiamos de destino: el nuevo horizonte es Arabia Saudita.
Milei puso recientemente al país árabe como ejemplo del efecto que podría generar la riqueza proveniente de Vaca Muerta y explicó que, si su gobierno es reelegido en 2027, 2028 será el mejor año económico de la historia argentina. Entonces uno empieza a preguntarse qué pasó con Irlanda. Porque uno ya había hecho planes. Uno ya estaba aprendiendo inglés, mirando series sin subtítulos y tratando de entender por qué en Irlanda pronuncian algunas palabras como si estuvieran peleándose con ellas. Y ahora resulta que tenemos que empezar a estudiar árabe.
No es sencillo seguirle el ritmo al proyecto. Primero había que parecernos a Irlanda. Ahora hay que mirar a Arabia Saudita. Mañana, quién sabe: Noruega, Singapur o Luxemburgo. Lo importante es no desarmar las valijas porque aparentemente el modelo económico incluye también un componente turístico. Y ya que estamos, ¿por qué no ambicionar ser Neverland?
La comparación con Arabia Saudita tiene, de todos modos, una pequeña diferencia geográfica que convendría no pasar por alto. Arabia está en Medio Oriente, tiene enormes reservas de petróleo y construyó durante décadas una estructura económica alrededor de esos únicos y preciados recursos. Argentina está en el extremo sur de América, tiene otra historia, otra geografía, otra cultura y otra estructura productiva. Y, entre otras pequeñas diferencias, nosotros tenemos asado, mate, futbol, universidades públicas y una costumbre bastante arraigada de discutir por todo.
Pero si el futuro es Arabia Saudita, habrá que ir adaptándose. Quizás dentro de unos años el mate pase a llamarse “infusión nacional de alto valor agregado”, el asado se convierta en una “experiencia gastronómica de exportación” y al gaucho haya que ponerle una túnica para darle competitividad internacional. No vaya a ser cosa de que después venga algún funcionario y nos explique que el poncho quedó viejo, que es una foto antigua y que en realidad estamos atravesando una desaceleración del ritmo de expansión del gaucho.
Lo interesante, además, es que el viaje hacia ese nuevo destino tiene fecha: 2028. No mañana. No el año que viene. 2028. Y condicionado a que el Gobierno sea reelegido en 2027. Es decir que tenemos una nueva modalidad de promesa económica: primero votame y después vemos. Una metodología bastante cómoda porque permite anunciar el futuro sin tener que hacerse demasiado cargo del presente.
Mientras tanto, la pobreza es una foto vieja, los indicadores arrojan cualquier cosa, la caída de la actividad es una desaceleración, el desempleo es un reacomodamiento temporal y los 30.000 terroristas todavía están esperando que alguien les saque la foto. Pero tranquilos. El futuro es extraordinario. Solo hay que esperar. Primero Irlanda. Después Arabia Saudita. Y si todo sale bien, en 2028 quizás finalmente descubramos dónde queda la Argentina.
El desafío de la Argentina mi gente bella, quizás ya no sea solamente bajar la inflación, generar empleo, aumentar la producción o reducir la pobreza. Tal vez haya aparecido un objetivo bastante más elemental: conseguir que la realidad de los argentinos y el relato de los destructores vuelvan a vivir en el mismo domicilio de Balcarce 50.
