Cerraron 41.000 kioscos desde 2023 y el sector advierte que ya “se parece a 2001”
La Unión de Kiosqueros asegura que cierran 50 locales por día y que las ventas de productos típicos cayeron hasta 65%. El retroceso también alcanza a los barrios de mayores ingresos
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La crisis del consumo empieza a mostrar su dimensión más concreta en uno de los negocios que mejor reflejan el movimiento cotidiano de la economía. Desde diciembre de 2023 hasta ahora cerraron 41.000 kioscos en la Argentina, según un informe de la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA), que calcula que el sector pierde unas 50 bocas de expendio por día.
El dato implica que prácticamente uno de cada dos kioscos dejó de funcionar desde el cambio de Gobierno. Sobre una base estimada de 100.000 establecimientos existentes en diciembre de 2023, permanecen abiertos alrededor de 59.000. Para los representantes del sector, el deterioro ya tiene un antecedente concreto: la crisis de 2001.
“Se nota que hay menos plata en el bolsillo. La gente va reacomodando sus gastos y el kiosco pierde. El rubro está castigado”, señaló Ernesto Acuña, vicepresidente de UKRA, al describir el escenario que atraviesan los pequeños comercios.
La caída no se limita al cierre de locales. En barrios de clase media como Villa Urquiza, Caballito y Villa Crespo, las ventas se desplomaron 50% respecto de hace tres años. En el sur de la Ciudad de Buenos Aires, el Conurbano bonaerense y distintas zonas del interior, el retroceso es todavía más profundo: según UKRA, los kioscos venden apenas un tercio de lo que comercializaban dos años y medio atrás.
Incluso en los sectores de mayor poder adquisitivo la retracción se hizo visible. En Puerto Madero, Recoleta y Belgrano, el descenso ronda el 20%. El mapa expone así una contracción generalizada, aunque con distinta intensidad según el poder de compra de cada territorio.
El deterioro también aparece en las categorías tradicionales del negocio. Néstor Adrián Palacios, vicepresidente de UKRA, afirmó que las ventas de golosinas, alfajores, galletitas y otros productos característicos del canal cayeron entre 50% y 65%.
“La realidad que viven los kiosqueros y almaceneros en todo el país está marcada, en primer lugar, por la falta de consumo interno. No hay consumo”, sostuvo Palacios.
La respuesta de los comerciantes fue primero defensiva y después estructural. Kiosqueros que tenían locales sobre avenidas principales comenzaron a mudarse hacia calles secundarias, redujeron superficies o buscaron alquileres más bajos para preservar el negocio. El siguiente escalón, según la advertencia del sector, es transformar el local en un “kiosco ventana”, un garage o directamente trasladar la actividad a la vivienda.
El fenómeno muestra cómo el ajuste del consumo modifica también la estructura comercial de los barrios. Cuando cae el ingreso disponible, los consumidores reducen compras pequeñas y frecuentes, mientras los comercios buscan bajar costos fijos y competir con nuevos canales de venta.
La presión competitiva se amplió además por la aparición de supermercados, cadenas de farmacias y comercios de otros rubros que comenzaron a incorporar productos tradicionalmente asociados a los kioscos. Verdulerías y otros negocios suman golosinas y productos de consumo rápido como una fuente adicional de ingresos, muchas veces con menores márgenes y precios más competitivos.
Ni siquiera el Mundial logró cambiar la tendencia
El comportamiento del consumo medido por Scentia confirma que el deterioro no es solamente una percepción de los comerciantes. La consultora especializada en análisis de grandes volúmenes de datos registró una caída interanual de 4,6% en junio en el segmento de kioscos y comercios tradicionales.
El dato adquiere mayor relevancia porque junio también implicó una caída de 4,4% frente a mayo. En el primer semestre de 2026, el retroceso acumulado llegó al 2,3%, luego de una leve recuperación que se había insinuado durante los primeros meses del año tras el fuerte deterioro registrado en 2024 y 2025.
El Mundial de fútbol, que suele generar un impulso extraordinario en el consumo de productos asociados a estos establecimientos, tampoco logró modificar la tendencia. La comercialización de figuritas de Panini aportó un estímulo temporal, pero no alcanzó para revertir la caída estructural.
La lectura de UKRA es que el problema central está en la capacidad de compra. Cuando los hogares tienen menos dinero disponible, el kiosco queda expuesto porque una parte importante de sus productos no integra el consumo indispensable y puede ser postergada, sustituida o directamente eliminada del presupuesto familiar.
El regreso del fiado como síntoma
El cambio en los hábitos de consumo aparece también en las formas de pago. Acuña trazó un paralelismo con la crisis de 2001 y señaló que los consumidores volvieron a recurrir al crédito informal de cercanía: comprar con tarjeta, pedir fiado y prometer el pago para cuando llegue el próximo ingreso.
“La gente no tiene plata, compra con tarjeta de crédito y volvió el fiado, eso de ‘te lo pago la semana que viene, cuando cobre’”, describió.
Para el dirigente, la diferencia respecto de aquella crisis está en la velocidad del deterioro. Según su comparación, durante la crisis de comienzos de siglo el sector comenzó a complicarse desde 1999 y el proceso se profundizó gradualmente. Ahora, sostiene, el impacto fue mucho más abrupto.
La señal de fondo es que la crisis ya no se mide únicamente por el número de comercios que cierran. También se expresa en la cantidad de productos que dejan de venderse, en la reducción del tamaño de los locales, en la migración hacia zonas con alquileres más bajos y en la necesidad de financiar consumos cotidianos.
El segundo semestre aparece, bajo esta perspectiva, como el principal desafío. Si el consumo interno no consigue recuperar dinamismo, el deterioro de los pequeños comercios puede profundizarse y trasladarse al empleo, a los alquileres comerciales y a la actividad económica de los barrios.
“Va a ser difícil, vamos a tener los mismos niveles de actividad que en 2001”, proyectó Acuña.
La advertencia coloca al kiosco en un lugar que excede al propio sector. Su evolución funciona como un termómetro de la economía de proximidad: cuando el consumidor deja de comprar un alfajor, una golosina o una gaseosa, el impacto no termina en la caja del comercio. Se transforma en menor facturación, menos capacidad para pagar alquileres y proveedores y, finalmente, en una nueva presión sobre el empleo y la actividad local.
