El valor hora no alcanza para decidir si una actividad profesional conviene
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Hace unas semanas tuve que revisar cuánto tiempo estaba dispuesta a seguir asignando a una responsabilidad profesional.
La primera reacción fue calcular cuánto valían esas horas. Ponerles un número parecía una buena manera de ordenar la decisión. Pero cuando llevé esa cuenta a mi agenda real apareció algo que el cálculo no mostraba: traslados, preparación, temas que continuaban después del horario previsto, interrupciones y otras actividades que debía desplazar para sostener ese compromiso. Entonces la pregunta cambió. Ya no necesitaba saber solamente cuánto deberían pagarme por esas horas. Necesitaba entender si tenía sentido que siguieran ocupando ese lugar en mi vida profesional.
En mi columna anterior escribí sobre cuánto vale realmente una hora de trabajo y sobre el costo de oportunidad. Ahora quiero avanzar un paso más: conocer nuestro valor hora económico es necesario, pero no alcanza para decidir.
Cuando el número dice una cosa y la agenda dice otra
El valor hora permite estimar cuánto producimos o cuánto necesitamos cobrar por un trabajo. Es útil para fijar honorarios o negociar una propuesta. El problema aparece cuando esperamos que ese número decida por nosotros. A veces dos actividades pueden pagar exactamente lo mismo por hora y tener costos completamente distintos. Una puede empezar a las diez, terminar a las once y desaparecer de nuestra cabeza hasta la próxima semana. La otra puede requerir traslado, preparación previa, mensajes posteriores, coordinación con otras personas y la expectativa de estar disponible si aparece algún problema, con la misma remuneración por hora. Esa diferencia, en tiempo, atención y disponibilidad puestos a disposición, rara vez entra en la negociación.
Lo que una hora desplaza
Cada vez que incorporamos una nueva actividad no estamos agregando una hora a una agenda vacía: estamos reasignando capacidad. Una consulta que no atendemos, una mañana de concentración que interrumpimos, un proyecto que vuelve a postergarse. Eso es costo de oportunidad, y no siempre se manifiesta como dinero que dejamos de ganar. Muchas veces aparece como foco fragmentado o como una agenda organizada alrededor de las necesidades de otros. Por eso empecé a usar una distinción que me resulta útil: además del valor hora económico, pensar en un valor hora de decisión.
No es un indicador financiero ni una fórmula, sino un marco para mirar lo que el precio por hora deja fuera de la conversación. La pregunta es: ¿qué tiene que justificar una actividad para que tenga sentido asignarle parte de mi tiempo?
Hay actividades que ocupan una hora y terminan ahí. Otras dejan un residuo: un mensaje pendiente, una decisión que vuelve a aparecer, la sensación de estar “medio ahí” aun cuando estamos trabajando en otra cosa. El calendario puede mostrar una hora ocupada. La atención puede quedar comprometida durante mucho más tiempo. Tampoco es lo mismo un horario fijo que la disponibilidad de “por si surge algo”. Aceptar esto último implica ceder parte de la capacidad de organizar el resto de la agenda. También hay un costo que casi nunca entra en la conversación económica: de dónde salen esas horas, podría ser del descanso, de la familia, de otros proyectos o del margen para pensar.
Esto no significa descartar toda actividad exigente. Hay momentos en los que elegimos trabajar más o asumir un desafío. La diferencia está en que sea una decisión consciente y no el resultado automático de seguir sumando compromisos.
No todo lo que paga menos vale menos
El razonamiento tampoco debería llevarnos a elegir siempre lo que ofrece el mayor retorno económico inmediato. Hay actividades que pagan menos y tienen un valor estratégico considerable: una experiencia que necesitamos adquirir, una relación profesional que queremos desarrollar, un proyecto propio cuyo retorno aparecerá más adelante. Se podría responder que toda decisión estratégica, tarde o temprano, también se traduce en dinero y que bastaría con extender el horizonte del cálculo. Pero eso supone que ese retorno futuro es previsible y que el costo de sostenerlo mientras tanto no cuenta. En la práctica, ese retorno muchas veces no es previsible y el costo sí existe. Por eso el valor hora de decisión no pregunta únicamente cuánto genera algo. También obliga a mirar qué construye y qué exige mientras tanto.
Una propuesta financieramente modesta puede tener sentido estratégico. Otra puede resultar atractiva en el papel y, al mismo tiempo, consumir tanta atención y disponibilidad que termine siendo, en los hechos, la más cara.
Negociar algo más que el precio
Cuando volví a mirar aquella responsabilidad profesional, entendí que el problema no se resolvía únicamente negociando una cifra mejor. Antes tenía que decidir cuánto tiempo estaba dispuesta a asignarle, qué nivel de disponibilidad podía comprometer y qué otras actividades no quería seguir desplazando.
Recién después tenía sentido hablar de dinero.
Durante buena parte del recorrido profesional solemos pensar el crecimiento como acumulación: más clientes, más responsabilidades, más proyectos. En algún momento la dificultad cambia. Ya no se trata solamente de sumar, sino de decidir cuáles de esos compromisos merecen seguir ocupando un tiempo que ya no alcanza para todo.
Volví entonces a aquella responsabilidad profesional con otra pregunta. No cuánto pagaba la hora, sino qué estaba dejando de sostener para poder dedicarle esas horas.
