Gabriela Cabezón Cámara/Las niñas del naranjel

La Conquista, la selva y la cosmovisión guaraní: la nueva y esperada novela de Cabezón Cámara

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(Por Milena Heinrich) Cinco años después de la aparición de “Las aventuras de la China Iron” que le dieron a su obra una proyección inesperada, Gabriela Cabezón Cámara vuelve a publicar una novela: “Las niñas del naranjel”, una trama en la que narra la crueldad en tiempos de la Conquista de América y que a pesar del horror del genocidio logra colmar de belleza con una historia donde las cosmovisiones indígenas y la selva funcionan como el refugio y el antídoto en el que se detiene para refundar con esas voces una mitología híbrida y fluida como las marcas que llevan su literatura.

En los pasillos y rituales de una villa miseria, con una travesti que organiza a su comunidad, como en “La Virgen Cabeza” (2009) o en la deformación queer de la tradición gauchesca que narró en “Las aventuras de la China Iron”(2017) , la ficción de Cabezón Cámara pone a jugar las posibilidades de la literatura para iluminar y subvertir lo dicho: esta vez sobre un territorio -América Latina, la selva- y el tiempo del Siglo de Oro, con su estética, su métrica, sus crónicas de Indias, su moral en conveniencia de quien la profese y la expansión imperialista y colonial de saqueo y asesinato.

“Me están interesando mucho las distintas perspectivas, pensar que no hay un mundo sino múltiples mundos”, dice la escritora nacida en 1986 en diálogo con Télam durante una entrevista en su departamento del barrio de San Telmo. En los últimos años estuvo leyendo mucho al chamán yanomami Davi Kopenawa, al filósofo brasileño Ailton Krenak y al poeta wichí Caístulo, a quien recomienda fervorosamente.

En la esperada “Las chicas del naranjel” (Random House), retoma la historia real de Catalina de Erauso, una monja que escapa de un convento con el deseo de ver mundo: cambia de identidad, vive aquí y allá, práctica numerosos oficios, grumete, tendero, soldado y pertenece a ese mundo de avaricia y supremacía colonial, hasta que se le pierde el rastro en América. Es a partir de ahí cuando la escritora imagina una trama en la que Antonio -antes monja, antes “niñita”- logra escapar de la horca y se interna en la selva con dos pequeñas indígenas desnutridas, Michi y Mitakuña.Con el trasfondo de una promesa a la Virgen del Naranjal, formarán una tribu junto a una perra, monos y caballos.

Cabezón Cámara combina distintos registros y tiempos con picaresca y humor: una voz lírica, moral, piadosa y occidental que es una carta en primera persona de Antonio y tiene guiños a obras cumbres como el Quijote y a lenguas como el latín; con el guaraní, su lengua y sus leyendas, que se entremezclan con las preguntas existenciales y los saberes de esas niñas y el lenguaje que habla la naturaleza. La escritora arma un entretejido de voces y mitologías, al igual que su manera de concebir la vida y la literatura: “La literatura es un tejido gigantesco que lo podés organizar como una pirámide, lo de arriba, lo de abajo, pero también la podes pensar como navegando en un océano”.

Traducida a montones de idiomas y finalista de la lista corta del Booker Prize Internacional, Cabezón Cámara es también autora de “Romance de la Negra Rubia” y “Le viste la cara a Dios”, nouvelles con una fuerza arrolladora que hablan sobre temas complejos como la marginalidad o la trata de personas. Su escritura es política aunque no intencionada: está llena de fugas que iluminan cuestiones de género, medio ambiente, cosmovisiones, orígenes. “Cada vez me siento menos argentina y más latinoamericana, tenemos una matriz histórica cultural y económica muy parecida”, se posiciona.

Télam: ¿Por qué decís que fue difícil escribir esta novela?

Gabriela Cabezón Cámara: Lo que a mí me sale fácil es la primera persona que fluye como un río, después diálogos y tercera persona me resultan bastante más difíciles. Y esta novela tiene como mínimo tres registros de lenguas, había que conectarlos, sentir que funcionarán entre sí. Había empezado siendo una novela muy oscura y me di cuenta que no tengo más ganas de escribir esas cosas. Con le “Viste la Cara a Dios” ya cumplí con la oscuridad. Así que la empecé 50 veces hasta que le encontré la luz en los personajitos de las nenas y ahí todo empezó a ordenarse.

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T: Es una novela luminosa a pesar de la historia cruel de genocidio que hay detrás, quizá es luminosa por la selva que contiene.

G.C.C: Si, creo que sí. Estoy enamorada de la selva. Fui a Misiones que es una provincia que, con sus conflictos y limitaciones, muestra que se puede hacer conservacionismo y producción a la vez. Fui con el fotógrafo Emilio White y le pedir ver lo que ve él. El primer día me llevó a las cinco de la mañana porque los animales salen tempranito y te tenés que quedar muy quieta porque si no se van. Fuimos a ver a la yacutinga. Al otro día ya se puso heavy y me llevó al barrero del Parque Nacional Iguazú que es la orilla de un arroyo y tiene la peculiaridad de estar conformada por una tierra que tiene sodio, donde van a comer los mamíferos y queríamos ver a los tapires. Entonces, me llevó a un pedacito de tierra lleno de follaje y estuvimos ahí cinco horas… no hay señal, no podés hablar, no podés hacer ruido. Ese día casi me suicido porque yo no soy miss mental y aparte hay garrapatas que es un signo muy bueno pero pican.

Al día siguiente volvimos y ahí algo cambió, me hizo un clic y entendí, me quedé en paz. El Paraná, los peces medios transparentes con manchitas, el agua calentita, los perfumes y las mariposas, los pájaros, las flores y las orquídeas y una planta que sale de la otra, que sale de la otra. Es el puto paraíso. Estás viva en la vida misma y tenés que estar presente.

T: ¿Sentías que tenías que ir a la selva para contarla?

G.C.C: No, no es necesario. Yo ya la estaba narrando sin haber ido, y mi amor, Victoria, me dijo ´cómo no vas a ir, es Misiones´, no es que tenía que ir a Singapur, es algo que me puedo autofinanciar sin ningún problema. Y la verdad es que cambió un montón porque una cosa es imaginarte algo y hacer un sistema estético y otra es imprimirle singularidades y hacer un sistema estético y biológico. Esos rasgos singulares son de la selva de verdad, la sentí en la piel, en el cuerpo, en los oídos, en los ojos.

T: ¿Cómo llegaste a la historia de Catalina de Erauso, Monja Alférez?

G.C.C: La conocí porque en la casa de una novia que tuve alguna vez había una acuarela de Fermín Eguía que la representaba y ella me habló de la Monja Alférez, que tiene una autobiografía. Es una historia muy alucinante, una niñita enviada con la crueldad feroz de los nobles de su época a los cuatro años a vivir en un convento, donde tuvo suerte porque vivía la tía y supongo que habrá tenido un trato un poco menos cruel. Como quiere ver mundo, a los 15 se escapa, se tiene que vestir de varón porque no había otro modo entonces y evidentemente se siente muy cómodo en ese rol porque lo lleva de mil maravillas y llega a estar en el ejército seis años y nadie se da cuenta nunca. Yo pienso que tal vez en esa época el hábito hace al monje y si eras soldado tenías que ser un hombre por más que tuvieras tetas.

Viene a América, trabaja de tendero, entra en una especie de círculo vicioso y tanático de jugar a las cartas, que alguien le diga puto o gordo o tramposo, entrar en duelo, esconderse en la iglesia que en ese entonces era como una embajada y nadie te podía agarrar. Escapar de la horca por un pelo, irse a otra ciudad, otra vez lo mismo, jugar a las cartas, duelo y así hasta que termina en el ejército imperial de la Conquista de la Araucanía donde se luce, lo cual quiere decir que fue alto asesino; y sigue en la misma rueda de perdición hasta que en algún momento, con la soga al cuello, pide que llamen el obispo y le confiesa su verdad biológica: que había nacido mujer. El obispo no la puede creer, manda a llamar a una comadrona que revisa su genitalidad y encuentra que no sólo es mujer sino virgen. Una cosa es haber asesinado a un montón de gente y otra es ser tan trola como para haber perdido la virginidad.

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Después lo mandan un par de años a un convento, lo dejan salir y sale vestido de soldado, se va a España, trabaja un poco de mediático contando historias en la Corte, el rey le termina dando el derecho tanto a usar sus vestidos militares como a cobrar la pensión, que era algo muy difícil de lograr. Se va a Roma y el Papa le da el derecho a usar su nombre de varón, vuelve a América y ahí se le pierde el rastro. Yo empiezo ahí.

T: Con la voz de Antonio confluye también el tono político y estético de la Conquista, la tradición católica occidental, el Siglo de Oro, la gramática de la moral, los colonizadores y la violencia. ¿Cómo fue ese trabajo?

G.C.C: América está contada siempre desde el ojo europeo y desde una educación muy colonizada. Y además los otros fueron asesinados, masacrados…Recuperar esos relatos está siendo un trabajo fuertísimo que se está dando ahora en la comunidades pero no estaba dado tan fácil si no tenías acceso a la gente misma. La mirada del colonizador nos constituye y también nosotros tenemos mirada de colonizados. Muchos de los pensadores más importantes de Argentina se están refiriendo a los pensadores europeos y casi nunca a un pensador local, y mucho menos a alguien de las culturas originarias. Si ves el mundo a través de los ojos de un europeo siempre somos una deformación. Tenemos que poder pensar desde otro lado, de manera situada.

T: ¿Hay, entonces, una búsqueda por escribir desde otros intersticios?

G.C.C: Me están interesando mucho las distintas perspectivas y pensar que no hay un mundo sino múltiples mundos que dependen desde donde lo veas como ser humano pero también del aparato perceptual como especie. Lo que yo veo con mi aparato perceptual, que no puedo escuchar cierto rango de sonidos ni ver cierto rango de color, es distinto a lo que le pasa a una garrapata que puede oler el ácido que emitimos los mamíferos. El mundo es distinto para la garrapata, es otro mundo, o sea son millones de mundos coexistiendo en un determinado soporte. No hay un mundo.

T: ¿Y la literatura para vos la posibilidad de contar esos mundos?

G.C.C: Es el deseo de contar esos muchos mundos, la posibilidad, ojalá.

T:¿Cómo lectora también?

G.C.C: Si, de movida. Desde que aprendí a leer la lectura es una nave a otro planeta. Y que haya sido eso, curiosamente, no impidió que fuera el principal instrumento por el cual conocí al mundo. Es las dos cosas a la vez. Pero también es cierto que uno de esos mundos estuvo narrado históricamente desde lugares muy determinados. Se está reproduciendo el orden del mundo al interior de la organización de la literatura, ya sea por el mercado, o antes por la Academia, porque cuando se conformaba un canon también se estaba reproduciendo un orden de la institución literatura. El canon estaba conformado por la misma clase de gente en tanto que género, clase social, lo que no quita que fueran grandes escritores.

Me parece que ahora estamos logrando hacerlo un poco menos, estamos consiguiendo que la literatura, en ese sentido, se parezca un poco al tejido de la vida. La literatura es un tejido gigantesco que lo podés organizar como una pirámide, lo de arriba, lo de abajo, pero también lo podes pensar como este tejido por el que se deriva y vas a parar a lugares que nunca se te hubieran ocurrido, como navegando en un océano. ¿Y con esto vamos a cambiar el mundo? Probablemente no pero empecemos por algo. Empecemos por casa.

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