La motosierra para los argentinos, el avión para Javier
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Antes que nada, mis felicitaciones a la señora Belén Agudiez, quien hace apenas un mes habría quedado fuera de su cargo de subsecretaria del Estado nacional tras el escándalo de choreo de la Quinta de Olivos y ahora consiguió una nueva oportunidad laboral en el Correo Argentino. También felicitaciones a Aimé Ayelén Vázquez, Ian Lionel Vignale y Federico Esteban Sicilia, otros tres exintegrantes del Estado nacional que se fueron junto a Manuel Adorni y encontraron trabajo en esa misma empresa.
¡Felicitaciones a los cuatro! En tiempos en los que algunos ensobrados dicen que conseguir empleo formal parece una misión imposible, ustedes demuestran que todavía hay oportunidades. Este mensaje también va dirigido a los mandriles, kukas y terroristas del periodismo que insisten en decir que no hay trabajo de calidad, que se pierden puestos de trabajo y que cada vez cuesta más llegar a fin de mes. ¡Si, se puede! ¡Si, se puede! Se acuerdan? Ja.
Ahora sí, vayamos al asunto que nos convoca.
Javier Gerardo llegó a la Presidencia con una frase que se convirtió en marca registrada: «No hay plata». Desde entonces, la motosierra se encargó de recordarnos que el Estado debe gastar menos, que cada peso cuenta y que el sacrificio es inevitable. Jubilados, universidades, ciencia, infraestructura y programas públicos aprendieron rápidamente la nueva doctrina económica: cuando no hay plata, no hay plata.
Bueno, no siempre.
Porque el Presidente parece manejar una contabilidad bastante particular. Para algunas cosas hay que ajustar el cinturón y que se pudra la gente; para otras, aparentemente, alcanza con llenar el tanque del avión presidencial.
Desde que asumió, el Javi convirtió los viajes internacionales en una actividad casi permanente. Eso sí, una agenda muy activa para él, no necesariamente para los argentinos. Estados Unidos, España y otros destinos forman parte de un recorrido que combina reuniones oficiales, congresos ideológicos, distinciones personales —muchas y casi todas de dudosa procedencia— y encuentros con dirigentes de su espacio político. En julio de 2026, por ejemplo, viajó a Brasil para respaldar la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro. Y ahora vuelve a España, donde su presencia coincide con la campaña electoral para los comicios generales del 29 de noviembre.
¡Campaña internacional con la tuya, gil! Perdón. Sigo.
Aclaremos algo: un presidente debe viajar, negociar inversiones, abrir mercados y defender los intereses de su país. Nadie pretende que las relaciones internacionales se resuelvan por videollamada. Pero una cosa es representar a la Argentina y otra muy distinta es aprovechar la agenda presidencial para participar en actividades partidarias en el extranjero. La diferencia no es menor, especialmente cuando la cuenta la pagan los contribuyentes.
Porque el avión no vuela con discursos libertarios, el combustible no se consigue pronunciando la palabra « viva la libertad» y los hoteles todavía no aceptan como medio de pago un ejemplar de La escuela austríaca de economía.
En junio de 2025, una investigación periodística de mandriles ensobrados y soretes mal cagados, estimó que las primeras 24 giras internacionales del peluca Javo habían demandado al menos 3,5 millones de dólares en gastos estatales. Y en junio de 2026, la agencia EFE informó que los ocho viajes realizados durante los primeros cuatro meses del año habían generado casi un millón de dólares solamente en combustible, además de unos 130.000 dólares en alojamiento para el Presidente y parte de su equipo, según información oficial.
Son cifras que merecen una explicación. No porque todo viaje sea innecesario, sino porque cada gasto público debería tener una justificación y un beneficio identificable para el país.
Y acá aparece la contradicción. Cuando un jubilado reclama una mejora, una universidad pide recursos o una comunidad necesita una obra, la respuesta suele ser que el Estado no tiene plata. Pero cuando se trata de cruzar el Atlántico para respaldar a un aliado político, parece que siempre queda combustible en el tanque.
Milei llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios de la casta. Sin embargo, en el Gobierno conviven viejos conocidos de la política, como los Menem, los Sturzenegger, los Caputo, Scioli, Santilli y otros, con un discurso que sigue presentando la austeridad como una obligación para todos los demás, menos para ellos.
Entonces, cabe una pregunta sencilla: ¿la casta se define por lo que uno dice o por la manera en que utiliza los recursos públicos?
Tal vez el Gobierno podría despejar las dudas publicando una cuenta detallada de cada gira: cuánto costó, qué objetivos institucionales tuvo y qué resultados concretos obtuvo la Argentina. Sería una buena manera de demostrar que la motosierra no se enciende solamente cuando el gasto corresponde a los demás.
Mientras tanto, los argentinos seguiremos escuchando que hay que cuidar cada peso, que el Estado no puede gastar lo que no tiene y que el sacrificio es inevitable.
En definitiva, parece que hay dos versiones del ajuste: una para los argentinos, que deben apretarse el cinturón, y otra para el Presidente, que dispone de un avión para recorrer el mundo a sus anchas.
Quizás lo más preocupante no sea solamente quienes nos gobiernan, sino qué nos está diciendo como sociedad el hecho de que estos tipos nos gobiernen.
La motosierra para los argentinos. El avión para Javier. Todo, por supuesto, con la tuya, contribuyente.
Me voy cantando: ¡La casta está con miedo! ¿Me acompañan con el coro? ¡La casta está con miedo!…. ¡Están con miedo!
Hasta la próxima.
