La otra cuenta

Durante un tiempo, el ajuste puede parecer una operación contable. Después empieza a convertirse en una experiencia cotidiana.

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La industria cae, la construcción retrocede, el consumo se achica y los hogares se endeudan para sostener gastos que antes podían afrontar con sus ingresos. Las universidades reclaman el financiamiento que una ley les garantiza. La inversión en educación, ciencia y tecnología pierde terreno. Y el Congreso empieza a discutir algo que las planillas fiscales no registran: cómo viven los que quedaron del otro lado del recorte.

En julio, la producción industrial se desplomó 5% respecto de junio y cayó 4,9% en términos interanuales. Quince de las dieciséis ramas industriales registraron bajas mensuales. La maquinaria y equipo retrocedió 26,7% interanual y la maquinaria agropecuaria, 46,6%.

La construcción tampoco acompañó el discurso de una economía que estaría entrando en una recuperación sostenida: cayó 4,6% mensual y 4,5% interanual.

No es solamente una cuestión de consumo. También es la producción y los trabajadores que tienen cada vez menos margen para compensar la pérdida de sus salarios. Porque el endeudamiento dejó de ser solamente una herramienta para financiar una compra excepcional y empezó a funcionar como un mecanismo para llegar a fin de mes. La morosidad de los hogares creció con fuerza y la discusión sobre la deuda privada llegó al Congreso.

Hay una cuenta que el Gobierno puede presentar con números prolijos. Y hay otra que se paga en cuotas.

Milei y Caputo pueden mostrar una planilla fiscal ordenada, con un supuesto superávit y una inflación a la baja con un índice del 1,7% que sólo existe en la imaginación de los funcionarios del INDEC. Mientras tanto, la sociedad muestra otra contabilidad, hecha de alquileres y tarifas que aumentan, préstamos que no se pueden pagar, atrasos y renuncias a comprar otras cosas que no sean las estrictamente indispensables.

La palabra “orden” también apareció esta semana en otro terreno: la educación.

Los resultados de PISA 2025 mostraron que Argentina retrocedió en las tres áreas evaluadas. En matemática pasó de 378 puntos en 2022 a 367; en lectura, de 401 a 389; en ciencias, de 406 a 393. El país quedó por detrás de Chile, Uruguay y Brasil.

El Gobierno encontró rápidamente una explicación: los responsables son los gobiernos anteriores. Es cierto que los resultados educativos expresan procesos largos y que los estudiantes evaluados atravesaron buena parte de su escolaridad antes de la llegada de Javier Milei.

Pero hay algo que tampoco puede borrarse del calendario: Milei gobierna desde diciembre de 2023

El propio vocero presidencial, Adrián Ravier, ofreció esta semana una definición que merece ser conservada sin necesidad de agregar adjetivos. Frente a una pregunta sobre la inversión educativa, explicó que el Gobierno tuvo que reducir el gasto para recuperar el orden y la estabilidad de precios. También sostuvo que la Nación no emitirá moneda ni quiere déficit fiscal. La educación, bien, gracias.

Es una respuesta políticamente coherente con el programa económico. El problema es la dirección de la pregunta: si los resultados educativos son malos, ¿qué se hace con los recursos necesarios para modificarlos?

La misma discusión alcanza a las universidades y al sistema científico. El ajuste no fue un accidente del programa: forma parte de su diseño.

Y como si faltara algo, en el Día del Maestro, Milei,  IA mediante, convirtió a Sarmiento en un “fan” libertario. No hay forma de encontrar un remate a eso.

Por otra parte, ante el recorte de recursos, el Congreso empieza a ocuparse de aquello que no aparece en el resultado fiscal. Endeudamiento familiar. Discapacidad. Prestadores que reclaman financiamiento. Personas que necesitan que una ley se cumpla.

El oficialismo intentó evitar la sesión del 9 de septiembre. No pudo. La oposición consiguió reunir el número necesario para abrir el recinto y obligó al Gobierno a negociar.

Es un dato político: el ajuste que puede administrarse desde un despacho se vuelve bastante más difícil cuando llega al Congreso convertido en problemas concretos.

También hubo esta semana una discusión sobre el oro del Banco Central.

Santiago Bausili sostuvo que los movimientos del oro estaban documentados y auditados. La Auditoría General de la Nación afirmó que no pudo realizar la revisión sobre los envíos porque el Banco Central restringió el acceso a la documentación necesaria.

No hace falta elegir una versión.

Alcanza con registrar la contradicción entre lo que afirma el titular del Banco Central y lo que informa el organismo constitucional encargado del control externo.

Y en medio de esta sucesión de números apareció Malvinas.

El Gobierno intenta presentar un endurecimiento frente a la explotación de recursos en las islas como un giro de su política. Pero la propia Cancillería arrastra una historia reciente bastante menos épica y las preguntas sobre las empresas pesqueras y petroleras que operan en Malvinas vuelven a poner la cuestión en el terreno donde debería estar: las decisiones concretas, las sanciones, si es que se aplican y los intereses económicos.

Un discurso sobre soberanía puede ocupar durante unas horas la agenda. Después quedan las acciones que se harán o no.

La conversación digital sobre Malvinas, de hecho, se desinfló rápidamente después del pico provocado por el discurso presidencial.

Y mientras tanto, en Marcos Juárez ocurrió algo que tampoco conviene sobredimensionar.

Fue una elección municipal. No modifica por sí sola el mapa nacional ni permite anticipar el 2027. Pero ocurrió en una ciudad que se convirtió en símbolo del antiperonismo, en el kilómetro cero del PRO y del armado que más tarde desembocaría en Cambiemos.

Allí ganó el peronismo.

Y ganó unido.

Sin distinciones entre sus distintas tradiciones, sin que cada sector necesitara demostrar que era más auténticamente peronista que el otro.

El resultado no significa que el peronismo haya recuperado el campo ni que Milei haya perdido Córdoba. Significa algo más pequeño y, por eso mismo, más verificable: cuando el peronismo consigue presentarse unido, puede ganar incluso en uno de los lugares que durante años funcionaron como símbolo de su derrota.

En este panorama hay que tener en cuenta que las encuestas muestran que Milei, a pesar de la caída, conserva un núcleo duro de apoyo. No está políticamente terminado. Una medición reciente de AtlasIntel lo ubicó con 35% de imagen positiva y 62% negativa, mientras tres mujeres encabezaron el ranking de dirigentes con mejor imagen: Myriam Bregman, Cristina Fernández de Kirchner y Patricia Bullrich.

Es decir: tampoco alcanza con declarar el agotamiento del Gobierno.

La política, como la economía, tiene sus propios números.

Quizás por eso convenga mirar menos la discusión sobre quién consigue dominar una semana de agenda y más aquello que se acumula debajo.

Una industria que produce menos.

Una construcción que retrocede.

Familias que se endeudan.

Universidades que reclaman recursos.

Ciencia que pierde financiamiento.

Una educación cuyos resultados vuelven a encender alarmas.

Personas con discapacidad que llegan al Congreso y son reprimidas, una vez más.

Un organismo de control que dice no haber podido auditar aquello que el Banco Central asegura que está auditado.

Todo puede entrar en una planilla.

La pregunta es quién paga la diferencia.

Porque una cuenta pública puede cerrar mientras otras empiezan a desbordarse.

Y esa es, finalmente, la verdadera “deuda flotante”.

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