Mujeres electricistas, motoristas y mecánicas trabajan en la Antártida en puestos de riesgo

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Por Ornella Rapallini – La asistencia a pilotos desde la puerta abierta de un helicóptero que sobrevuela glaciares y mares para trasladar carga y personal, el trabajo con alta tensión en la sala de máquinas del rompehielos ARA Almirante Irízar y la conducción de vehículos de gran porte bajo condiciones climáticas extremas son puestos “de riesgo” y de “reconocimiento” que desempeñan algunas de las mujeres profesionales en el continente blanco en el marco de esta Campaña Antártica de Verano (CAV).

Andrea Pate (37) entró a la Armada a los 17 años y, desde 2011, trabaja con los helicópteros Sea King de esta fuerza -que traslada carga y personal desde el Irízar hacia las bases antárticas argentinas- como “mecánica de supervivencia”.

“Estar acá es un reconocimiento, un premio por lo que trabajás durante el año”, dijo a Télam en el hangar del buque donde se guardan los helicópteros.

Si bien se especializa en la emergencia de helicópteros, su función en esta primera etapa de la campaña es como ayudante de mecánico.

“Los ayudantes somos los ojos del piloto. Le decimos dónde tiene que apoyar la carga que va colgada en la panza del helicóptero, porque él no puede ver abajo. Como ayudante me ocupo de la carga y descarga y voy atrás en el helicóptero parada, atada en la puerta abierta”, explicó Andrea, que reside en Punta Alta, donde vive con su marido y sus hijas de 13 y de un año y ocho meses, y que transita su tercera campaña antártica de verano.

La carga que trasladan puede consistir en combustible, víveres, residuos clasificados, objetos y materiales de construcción, entre otras, y por momentos le toca sacar medio cuerpo afuera del helicóptero mientras está volando para indicarle al piloto lo que ve.

A su vez, también realiza tareas de mantenimiento al helicóptero.

“Es nuestra responsabilidad reparar el helicóptero. Si pasa algo, todos sabemos hacer todo, aunque cada uno tenga su especialidad. Tenemos inspecciones y somos muy detallistas en todo porque nuestra vida está en riesgo”, agregó.

Por su experiencia, Pate fue seleccionada para comenzar en abril el curso de mecánica de helicópteros Sea King, y destacó que será “la primera mujer” en hacerlo.

“Hay muchos mecánicos, pero son todos hombres, nunca hubo una mujer porque es difícil llegar. Siempre me gustó ser mecánica, es a lo que aspiro, estoy recontenta, me gusta lo que hago, siento que crezco profesionalmente con estos viajes, es una experiencia que no se vive todos los días”, concluyó.

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Por su parte, Marisa Rosales (26) transita su segunda campaña antártica y es cabo primero electricista en el buque Irízar.

Oriunda del pueblo sanjuanino Caucete, en el rompehielos trabaja con los maquinistas.

“Me gusta esta especialidad, todos los días aprendés algo nuevo. En el ambiente de electricidad son mayoría hombres. Todos nos ayudamos. Hacemos guardias de cuatro por doce horas de descanso cuando estamos navegando”, contó Rosales a Télam en el cuarto de control de máquinas ubicado a cinco metros bajo el nivel del mar dentro del Irízar y rodeada de tableros eléctricos.

“Nos ocupamos de todos los equipos eléctricos del buque. Es una de las especialidades más difíciles porque, a veces, cuando se abre un tablero hay millones de cables y no hay uno de entrada y de salida, si se te rompe algo, tenés que ver todo. Los tableros abiertos de los motores principales tienen un montón de cables, tenemos que pensar desde dónde pueden venir y lo hacemos en equipo con nuestro jefe. Siempre trabajamos de a dos. Corre riesgo la vida porque manejamos alta tensión”, graficó.

En ese sentido, agregó que le gustaría ser maquinista, porque “es menos peligroso que el electricista”, que “está corriendo riesgo todo el tiempo”.

A su lado, su compañera cabo segundo electricista Georgina Coronel (27), quien trabaja por primera vez en la Antártida con válvulas y motores principales del buque, dijo que “la especialidad es muy útil en la vida cotidiana”.

“Resolvemos también problemas eléctricos en nuestras casas. Aunque acá se trabaja con alta tensión y es diferente que en un domicilio. Siempre desalimentamos los equipos y tenemos nuestras protecciones: guantes, casco, antiparras, calzado dependiendo del trabajo que hagamos”, repasó.

Oriunda de Punta Alta, Coronel es madre de un niño de seis años y, en su historia familiar, su padre también trabajó en el mismo buque y le recomendó “bajar en todas las bases que se pueda para conocerlas”.

“En este buque hay mucho sacrificio, no es un trabajo normal, siempre tiene que estar todo al 100%. Y no hay diferencias por ser mujer, es el mismo trato entre todos”, concluyó la joven.

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Ambas electricistas dijeron que les gustaría seguir ascendiendo y profesionalizándose en su especialidad.

Jaquelina Gutiérrez (35) es de El Carmen, Jujuy, e invernó en 2023 en la base antártica argentina Esperanza, donde las ráfagas de viento llegaron el año pasado a 311 kilómetros por hora y la nieve a más de dos metros de altura.

Replegada en el Irízar, luego de la invernada, la sargento del Ejército contó que hace 16 años es conductora motorista.

En su familia, sus dos hermanos también son militares y su padre es excombatiente en la guerra de Malvinas.

“Trabajar como conductora motorista en la Antártida era un objetivo que me había puesto años atrás cuando supe de compañeros que eran antárticos y dije: ‘Vamos por esto, como un desafío. Y, acá estoy, regresando”, narró la experta en vehículos livianos, pesados y tipo oruga (Sno-Cat).

Como conductora, sus funciones en Esperanza fueron distribuir víveres en la única base antártica donde invernan familias con niños y niñas, desde el depósito hasta cada casa; recolectar residuos; y buscar agua, entre otras tareas de riesgo bajo la inclemencia climática.

“Mi trabajo siempre es afuera y la invernada fue dura. Me re congelé. Trabajé al aire libre con el temporal, el viento, la nieve. Me hice fuerte. Dios me dio fuerza. No sé cómo pude pasar todo eso”, contó.

“Es riesgoso conducir acá, el piso es irregular, al principio me mareaba por la nieve, después me fui acostumbrando”, precisó.

En la base, hubo tres conductores en total, dos mujeres y un hombre.

“Todo fue un desafío porque no había manejado nunca algunos vehículos como la motonieve. También manejé camiones Unimog, pero el desafío fue manejar en la nieve con cadenas”, añadió la experta.

La conductora también está formada en cuestiones de mecánica como el control de fluidos, aceite, líquido hidráulico y líquido de freno, por cualquier eventualidad que le surja en el camino.

“Me siento orgullosa porque mi profesión está en todo el país y se dejó de lado la idea de que solo el masculino puede hacerla. Dimos mucho en esta campaña y a más de uno le dijimos: ‘¿Viste que pudimos?'”, concluyó.

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