La Esperanza como construcción colectiva
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Las calles volvieron a mostrar que hay una sociedad dispuesta a defender derechos, reclamar respuestas y enfrentarse a las políticas del Gobierno. Pero la movilización del jueves frente al Congreso también dejó expuesta una dificultad: esa fuerza social no logró traducirse en una mayoría parlamentaria capaz de abrir el debate. Entre la resistencia y la alternativa hay un camino político que todavía falta construir.
La misma jornada ofreció dos escenas que parecen pertenecer a países distintos. Mientras una multitud se movilizó frente al Congreso en la quinta Marcha Federal Universitaria, en Washington, Javier Milei,en un nuevo viaje de paseo, presentaba su gestión ante empresarios estadounidenses como un “milagro” económico. Aseguró que su modelo había sacado a un cuarto de la población de la pobreza, dijo que el riesgo país estaba bajando (cuando en realidad se registró una suba) y manifestó su confianza en que los argentinos ratificarán ese rumbo en las elecciones de 2027.
El contraste no necesita demasiadas explicaciones. Mientras el presidente exhibe sus resultados amañados en el exterior, en la Argentina persisten los reclamos por los ingresos, el empleo, la educación pública y los derechos sociales. La distancia entre el país que describe el discurso oficial y la experiencia cotidiana de amplios sectores de la sociedad forma parte de la disputa política.
El jueves 15 de octubre, la oposición reunió 121 diputados, ocho menos de los necesarios para alcanzar el quórum e iniciar el debate sobre la derogación del DNU 70/23 y otros proyectos. La sesión se cayó. Después, frente al Congreso, la protesta fue reprimida con gases lacrimógenos y camiones hidrantes.
En la calle había bronca, reclamos y una voluntad de hacerse escuchar. En el recinto faltaron los números para abrir la discusión. Dos escenas de una misma jornada que muestran tanto la existencia de resistencias como las dificultades para traducirlas en una acción institucional común.
La movilización no fue exclusivamente universitaria. A la defensa de la educación pública se sumaron demandas de trabajadores, organizaciones sociales, personas con discapacidad y familias golpeadas por las dificultades económicas. La protesta expresó un malestar que atraviesa distintas dimensiones de la vida cotidiana: el trabajo, los ingresos, los derechos y las posibilidades de proyectar un futuro.
Los datos económicos ayudan a entender ese escenario. Una encuesta publicada por LPO el 14 de octubre indicó que el 76% de los consultados prefería una mejora de los ingresos antes que una baja de la inflación. El resultado no demuestra por sí solo un rechazo político al Gobierno, pero señala una cuestión que el debate económico no puede eludir: la estabilidad de los precios no agota las necesidades de una sociedad cuyos ingresos deben alcanzar para vivir.
La brecha de género agrega otro dato relevante. Según un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA, el 68% de las mujeres consultadas prefería un cambio de gobierno en 2027, frente al 47% de los varones. Además, el 61% de las mujeres evaluaba negativamente la situación económica, contra el 47% de los hombres. Los números muestran que el malestar no se distribuye de manera uniforme: las mujeres expresan una mirada más crítica tanto sobre la economía como sobre la continuidad del Gobierno. Esto no significa que todas compartan una misma alternativa política, pero sí que constituyen un actor central para comprender el escenario.
La inflación, el empleo y el consumo no son variables abstractas. Se expresan en la mesa familiar, en las cuotas que se acumulan, en los comercios que cierran y en la incertidumbre de quienes no saben si conservarán su trabajo. El descontento puede erosionar la confianza en el Gobierno, pero no tiene una traducción política automática.
Ahí aparece el problema central: ¿cómo se transforma el malestar en una fuerza capaz de construir otra perspectiva?
El movimiento feminista ofrece una pista. El Encuentro Plurinacional de Mujeres y Diversidades realizado en Córdoba reunió a más de cien mil participantes, según sus organizadoras. Bajo la consigna de que el feminismo se construye en la calle, miles de mujeres y diversidades volvieron a encontrarse para discutir derechos, violencias, trabajo, cuidados y las condiciones materiales de la vida.
La tapa de Página/12 que las llamó “las hijas del Cordobazo” enlazó esa movilización con una tradición de luchas populares. No se trata de convertir una referencia histórica en una garantía de futuro, sino de reconocer que las construcciones colectivas tienen memoria, experiencia y capacidad para producir nuevas formas de intervención política.
Lo de las mujeres es político no solamente porque discute derechos, sino porque pone en cuestión quiénes sostienen la vida, cómo se distribuyen los recursos y qué responsabilidades debe asumir el Estado. También porque puede conectar demandas que suelen presentarse por separado. La mayor crítica de las mujeres al rumbo del Gobierno y la masividad del Encuentro de Córdoba son señales distintas, pero convergentes, de una tensión que atraviesa la sociedad. Esa capacidad de articulación, sin embargo, no debe darse por sentada: necesita una estructura, objetivos compartidos y continuidad.
Lo mismo ocurre con las universidades, los sindicatos y las organizaciones sociales. Cada sector tiene reclamos específicos, tradiciones y tiempos propios. La coincidencia en una marcha no elimina las diferencias ni construye automáticamente un programa común. Sin embargo, puede abrir un espacio para reconocer problemas compartidos y encontrar respuestas colectivas.
El Gobierno también enfrenta tensiones entre sus promesas, sus decisiones y los resultados económicos. Pero sus dificultades no garantizan su derrota. Una parte de la sociedad puede cuestionar aspectos de su gestión sin identificarse con las alternativas existentes. Por eso, el desgaste del oficialismo no puede confundirse con la construcción de una mayoría diferente.
El desafío de la oposición no consiste solamente en señalar los errores del Gobierno ni en esperar que sus conflictos se profundicen. Consiste en construir una propuesta que pueda ser reconocida como una salida posible, con prioridades claras, capacidad de gestión y respuestas concretas a los problemas cotidianos.
La sesión que no consiguió quórum dejó una lección incómoda. No alcanza con que existan reclamos legítimos ni con que una movilización sea multitudinaria. Para modificar las decisiones públicas hacen falta acuerdos, representación y mayorías. La calle y las instituciones no son mundos separados, pero tampoco se sustituyen entre sí. Por eso es importante que legisladores de la oposición expresaran que van a insistir hasta obtener la derogación del DNU 70/23 y la aprobación de leyes que beneficien a los discapacitados y deudores. La tarea política consiste en encontrar los caminos para que la energía social pueda traducirse en transformaciones concretas.
Y cuando se plantea a la memoria como elemento fundamental no es como una evocación nostálgica ni como una respuesta que ya estuviera escrita, sino como una pregunta sobre el presente: qué capacidad tenemos para reunir experiencias diversas, construir objetivos comunes y ofrecer un horizonte que exceda el rechazo a lo existente.
La esperanza no consiste en creer que el desgaste del Gobierno resolverá por sí solo los problemas del país. Tampoco en negar las derrotas, minimizar las dificultades o confundir una jornada de movilización con una victoria definitiva.
La esperanza se construye cuando el malestar encuentra organización, cuando las demandas dejan de marchar por separado y cuando la política vuelve a ofrecer un proyecto capaz de mejorar la vida de las mayorías.
No estamos condenados a que la bronca se convierta en resignación. Hay organizaciones, hay experiencias de solidaridad y hay una sociedad que sigue expresando sus necesidades y defendiendo derechos. El desafío es que esas fuerzas puedan reconocerse, encontrarse y construir una alternativa democrática con capacidad de transformar la realidad.
Porque no alcanza con esperar que el presente fracase. Hay que trabajar para que el futuro sea posible.
Y ese futuro, si ha de ser distinto, no se construirá desde la soledad ni desde la resignación. Se construirá desde lo colectivo.
