Forestación: Central Puerto proyecta un aserradero de US$ 200 millones y reclama cambios para competir
La industria forestal argentina atraviesa un punto de inflexión. Mientras grandes empresas avanzan con proyectos de integración y agregado de valor, los costos logísticos, las regulaciones y la falta de herramientas de financiamiento para inversiones intermedias aparecen como obstáculos para transformar el potencial forestal de la Mesopotamia en mayor producción y exportaciones.
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En ese escenario, Adrián Salvatore, de Central Puerto, planteó una integración vertical desde las plantaciones hasta la industria y advirtió que logística, regulación y escala condicionan nuevas inversiones forestales. Fue en el marco de la presentación en Posadas de los lineamientos del proyecto para instalar un aserradero en la zona de Santa Rosa, Corrientes. La iniciativa contempla procesar alrededor de 450.000 metros cúbicos de madera por año y abastecerse de unas 30.000 hectáreas de plantaciones.
La propuesta se inscribe en la expansión de Central Puerto hacia nuevos negocios. La compañía, tradicionalmente vinculada al sector energético, incorporó en los últimos años inversiones forestales y mineras y, más recientemente, petroleras. En el caso forestal, Salvatore explicó que la decisión apunta a ir más allá de la tenencia de activos y avanzar en la captura de valor dentro de la cadena productiva.
La empresa incorporó hace aproximadamente tres años unas 180.000 hectáreas forestadas, de las cuales unas 90.000 corresponden a plantaciones de eucalipto y pino. Sobre esa base, la estrategia consiste en desarrollar una industria capaz de procesar parte de esa producción y generar una cadena integrada en la región mesopotámica.
“El diseño nuestro es un aserradero que estaría procesando unas 450.000 metros cúbicos por año”, explicó Salvatore durante el encuentro organizado en Posadas por los 80 años de la Asociación Forestal Argentina (AFoA). La localización responde, entre otros factores, a la distribución geográfica de las forestaciones y a la necesidad de garantizar el abastecimiento de largo plazo de la planta.

La escala del proyecto también expone una de las discusiones centrales del sector: cómo generar condiciones para que las inversiones forestales puedan alcanzar dimensiones competitivas internacionalmente. Salvatore señaló que el proyecto enfrenta desafíos vinculados con el marco regulatorio y con la posibilidad de acceder a beneficios destinados a grandes inversiones.
En particular, marcó una brecha para los proyectos que quedan en una zona intermedia: inversiones demasiado grandes para encuadrar en determinados esquemas orientados a pequeñas empresas, pero que tampoco alcanzan los umbrales establecidos para los proyectos de mayor escala. Según planteó, una inversión forestal de entre US$100 millones y US$200 millones puede resultar significativa para la economía regional, aunque no necesariamente alcance los parámetros de programas diseñados para megaproyectos de otros sectores.
La cuestión no es menor para la forestoindustria. La competencia internacional obliga a comparar no solamente la productividad de las plantas, sino también el costo de llevar la madera hasta los mercados. Para Salvatore, la logística constituye actualmente uno de los principales condicionantes para el desarrollo de nuevas inversiones.
“Si para poner el material arriba de un barco nos cuesta tres, cuatro, cinco o seis veces más que a un competidor nuestro, cualquier proyecto va a tener un límite”, sostuvo. La distancia a los puertos, los costos de transporte y las restricciones vinculadas con la infraestructura terminan trasladándose al precio final y reducen la capacidad de competir en mercados internacionales.
En esa discusión aparece también el cabotaje como una herramienta potencial para reducir costos. El empresario consideró que una mayor oferta logística y una regulación que permita aprovechar las vías navegables podrían modificar sustancialmente la ecuación de los proyectos forestales de la región.
El planteo coincide con una preocupación que atraviesa a las principales empresas del sector: la industria puede alcanzar niveles de eficiencia dentro de las plantas, pero pierde competitividad cuando la producción sale de la tranquera. La distancia entre los centros forestales de Corrientes y Misiones y los puertos de exportación convierte a la logística en una variable estratégica para definir nuevas inversiones.
Pero Salvatore agregó otro componente: la necesidad de que el sector forestal construya una agenda común. A su criterio, muchas de las dificultades que enfrenta la actividad son abordadas actualmente mediante gestiones individuales de empresas o cámaras, cuando podrían requerir una estrategia colectiva.
El empresario tomó como referencia al sector petrolero, al que definió como altamente competitivo pero capaz de coordinar posiciones entre empresas y con el Estado en cuestiones consideradas estratégicas. Para la forestoindustria, planteó avanzar en una dinámica similar, tanto para resolver problemas regulatorios y logísticos como para aprovechar oportunidades comerciales.

La paradoja que señaló resulta especialmente relevante: mientras dentro del mercado argentino persiste la discusión sobre exceso o falta de madera y una demanda interna debilitada, existen oportunidades concretas en mercados internacionales que podrían ampliar la salida para la producción. El desafío consiste en articular información, inversiones, logística y capacidad industrial para convertir esa demanda potencial en operaciones concretas.
La integración vertical que impulsa Central Puerto se ubica precisamente en ese cruce. La disponibilidad de materia prima constituye una ventaja inicial, pero el paso siguiente requiere transformar ese recurso en productos con mayor valor agregado y colocarlos competitivamente en el mundo.
Para Salvatore, la oportunidad existe, pero exige modificar las condiciones que rodean a la producción. La inversión en capacidad industrial debe estar acompañada por infraestructura, energía, transporte, regulación y mecanismos que permitan sostener proyectos de distintas escalas.
En ese sentido, el proyecto de Santa Rosa funciona como un caso testigo de una discusión más amplia. La Argentina dispone de una base forestal capaz de sostener industrias de mayor escala, pero convertir ese potencial en exportaciones y empleo industrial requiere que la competitividad no termine en la puerta del aserradero.
La conclusión del empresario apuntó justamente hacia allí: el próximo salto del sector no dependerá únicamente de plantar más árboles o instalar más capacidad industrial, sino de construir una cadena capaz de operar con costos competitivos y una agenda común. Para una región que busca ampliar su inserción internacional, la discusión dejó de ser solamente cuánto puede producir la forestoindustria y pasó a ser cuánto valor puede retener antes de que esa madera llegue al mercado global.

