Un mundo al margen de la ley
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Hace pocos días, Robert Rubin, secretario del Tesoro de los Estados Unidos entre 1995 y 1999, un hombre surgido del corazón mismo del sistema financiero mundial, publicó en The New York Times una columna que encabezó con una confesión: «En seis décadas de vida pública, jamás pensé que escribiría este artículo». Lo que lo desvelaba no era la inflación, ni la deuda, ni los aranceles. Era la posibilidad de que las elecciones del próximo 3 de noviembre fueran interferidas desde el propio poder, y con ellas el estado de derecho que, según su razonamiento, sostiene la confianza, la inversión y hasta el valor del dólar. Confieso que me sentí interpelado. Tampoco yo, después de años de magistratura, de docencia a lo largo del país y de ejercicio de la abogacía, imaginé que tendría que volver a escribir sobre lo que creíamos conquistado para siempre en 1983: que la democracia no se defiende sola.
El gran retroceso
El Instituto V-Dem de la Universidad de Gotemburgo, que desde hace una década mide la salud democrática del planeta, publicó en marzo su informe 2026 bajo un título que suena a pregunta angustiada: ¿se está deshaciendo la era democrática? Las cifras responden solas. Hoy hay en el mundo 92 autocracias y 87 democracias. El 74% de la humanidad, unos seis mil millones de personas, vive bajo regímenes autocráticos, y apenas el 7% habita en democracias liberales plenas. La libertad de expresión es la dimensión más castigada: retrocedió en 44 países solo el año pasado. Y por primera vez en más de medio siglo, los Estados Unidos perdieron la categoría de democracia liberal.
Para el ciudadano promedio del mundo, la calidad democrática retrocedió casi medio siglo. Y nunca antes tantos países se habían alejado de la democracia al mismo tiempo. Detrás de los números hay una pregunta más honda, que no es estadística sino filosófica: ¿qué es, exactamente, lo que estamos perdiendo? Porque si no sabemos qué es la democracia, tampoco sabremos qué defender.
Ciencia de la convivencia, modo de vida
La democracia nunca fue solo un procedimiento para contar votos. Es, ante todo, un sistema de convivencia: la forma civilizada que encontraron los pueblos para resolver sus diferencias sin destruirse, para que el que gana no se lo lleve todo y el que pierde no lo pierda todo. Su columna vertebral es el estado de derecho: jueces que no dependen del humor del gobernante, una prensa que puede incomodar, minorías que pueden volver a ser mayorías y una Constitución que está por encima de quien ejerce circunstancialmente el poder.
Aristóteles enseñó que el hombre es un animal político: no se realiza en soledad, sino en la ciudad, en la vida compartida con otros. Por eso consideró a la política la ciencia arquitectónica, la que ordena a todas las demás, porque su objeto es el bien común. La democracia es la forma más exigente de esa ciencia: pretende que el bien común no lo defina uno, ni unos pocos, sino todos.
La teoría política del siglo XX la despojó de ilusiones y, paradójicamente, la hizo más fuerte. Hans Kelsen vio en ella la expresión del relativismo: como nadie posee la verdad absoluta, nadie tiene derecho a imponerla, y de allí nacen la tolerancia y el respeto por las minorías. Karl Popper la definió por su virtud más modesta y más preciosa: permite deshacerse de los gobernantes sin derramar sangre. Norberto Bobbio la entendió como un conjunto de reglas de juego que establecen quién decide y cómo, y advirtió que esas reglas viven amenazadas por promesas incumplidas y por poderes invisibles que actúan a espaldas del ciudadano.
Pero la democracia es también, y sobre todo, un modo de vida. Pericles lo dijo ante los caídos de Atenas: en una ciudad libre, quien se desentiende de los asuntos comunes no es un hombre tranquilo, sino un inútil. Tocqueville, recorriendo América, descubrió que las instituciones libres sobreviven gracias a los hábitos del corazón, a las costumbres cívicas que las sostienen desde abajo. Y John Dewey lo resumió con precisión: la democracia es más que una forma de gobierno; es, ante todo, un modo de vida asociada, de experiencia compartida y comunicada. Se practica en la familia, en el aula, en el club, en la cooperativa, en la manera en que tratamos al que piensa distinto.
Ahí está la clave de este tiempo. Las autocracias no ganan primero en las urnas: ganan en los hábitos. Cuando el ciudadano se convierte en espectador, la deliberación en griterío y el adversario en enemigo, la democracia ya perdió, aunque se siga votando. Las instituciones quedan como cáscaras vacías, listas para ser ocupadas.
Rubin lo plantea desde la economía, y conviene que lo escuchen quienes creen que la república es un lujo de tiempos prósperos. La seguridad jurídica, la alternancia pacífica y la previsibilidad de las reglas no son adornos morales: son el cimiento sobre el que se invierte, se presta y se produce. Donde no hay estado de derecho no hay crédito, ni inversión, ni futuro. Lo sabemos bien en la Argentina, que tantas veces pagó con pobreza su desprecio por las instituciones.
Carlos Santiago Nino, uno de los filósofos del derecho más lúcidos que dio la Argentina, lo diagnosticó hace más de treinta años en Un país al margen de la ley. Llamó «anomia boba» a esa costumbre tan nuestra de incumplir las normas aun cuando cumplirlas nos beneficiaría a todos, incluso a quien las viola. Y advirtió que esa ilegalidad difusa no es una cuestión de modales, sino una de las raíces profundas de nuestro atraso. Lo que Nino vio en la Argentina de 1992 se ha vuelto hoy un fenómeno planetario: el desprecio por la ley ya no es la rareza de un país periférico, sino el método de gobiernos que se proclaman eficientes. Vivimos, cada vez más, en un mundo al margen de la ley.
Las autocracias del siglo XXI no necesitan tanques
Las autocracias de este tiempo ya no entran por la fuerza: entran por las urnas y vacían la democracia desde adentro. No clausuran el Congreso: lo vuelven irrelevante. No cierran diarios: los compran, los asfixian o los ahogan en un océano de ruido. No destituyen a los jueces: los cansan, los presionan o los reemplazan. Conservan la cáscara republicana y le arrancan el alma. Y cuentan con aliados que ningún dictador del siglo XX soñó tener. La concentración inédita del dinero en pocas manos, capaz de financiar campañas, comprar plataformas y fijar agendas. La concentración de los medios y, sobre todo, de las redes, donde un puñado de algoritmos privados decide qué ve, qué lee y qué teme cada ciudadano. Y ahora la inteligencia artificial, que fabrica en segundos un video falso, una voz falsa, una multitud falsa; que permite vigilar a escala industrial y segmentar el miedo persona por persona.
No es la tecnología la que es autoritaria: la misma herramienta puede alfabetizar o manipular, curar o vigilar. Lo autoritario es la concentración sin límites ni control de esa tecnología, del dinero y de la palabra pública. Cuando el poder económico, el mediático y el político se funden en uno solo, Montesquieu vuelve a tener razón: no hay libertad posible si el poder no encuentra otro poder que lo detenga.
La rebelión de los jóvenes
Y sin embargo, cuando parecía que una generación entera se había resignado a mirar el mundo a través de una pantalla, los jóvenes vuelven a salir a la calle. No contra la democracia, sino para reclamarla.
El caso de Serbia merece que lo miremos con atención. En noviembre de 2024 se derrumbó la marquesina de la estación de tren de Novi Sad y murieron dieciséis personas. Los estudiantes salieron a pedir algo elemental: que alguien se hiciera responsable. Durante casi dos años bloquearon universidades y rutas, caminaron cientos de kilómetros con los pies vendados, soportaron golpes, espionaje y causas penales. Este domingo se presentan a elecciones contra el partido que gobierna el país desde hace catorce años, con una lista de 250 candidatos, médicos, docentes, científicos, trabajadores, elegidos en asambleas por miles de compañeros y encabezada por un cardiólogo de la facultad de medicina.
Lo notable no es solo su coraje: es el contenido de su rebeldía. No tienen caudillo ni mesías; construyeron una identidad colectiva sin una figura central. No prometen milagros: prometen libros de texto gratuitos, estabilidad laboral, vivienda accesible y un médico en cada pueblo. Piden rendición de cuentas. Piden justicia. Y redujeron la elección a una disyuntiva que cualquiera entiende: el país o la mafia. Esa es la lección. La juventud no está pidiendo menos democracia. Está pidiendo una democracia que vuelva a significar algo.
Justicia, equidad, límites
Detrás de esas banderas hay una vuelta a los valores que la política del espectáculo había dado por anticuados. Justicia, que no es venganza ni revancha, sino dar a cada uno lo suyo y que nadie esté por encima de la ley. Equidad, porque una democracia que convive con la desigualdad extrema termina siendo una formalidad para pocos y una frustración para muchos: nadie defiende con entusiasmo un sistema que no le da nada. Y límites, la palabra más olvidada y más necesaria de nuestro tiempo.
Límites al poder del gobernante: para eso existe la Constitución. Límites al poder del dinero: para eso existen las leyes de defensa de la competencia, del consumidor y contra la usura. Límites al poder de las plataformas y los algoritmos, que todavía no tenemos y debemos construir. Límites al centralismo, porque el federalismo es la división vertical del poder, la que impide que todo se decida en un solo despacho. Y también límites a nosotros mismos: a la intolerancia, a la tentación del atajo, a la idea de que el adversario es un enemigo. Una Constitución es, en definitiva, un pacto de límites. Por eso los autócratas la detestan.
Recuperar la palabra escrita
Hay una batalla menos visible, pero quizás decisiva: la de la lectura.
La democracia nació de la palabra escrita. Las constituciones, los códigos, las sentencias fundadas, los diarios, los libros: todo el edificio republicano descansa sobre textos que se pueden leer, releer, citar y discutir. Verba volant, scripta manent, decían los romanos: lo dicho se lo lleva el viento, lo escrito permanece. El escrito obliga a fundar, a ordenar el pensamiento, a hacerse cargo de lo que se afirma. El algoritmo, en cambio, premia lo inmediato, lo breve, lo que indigna. Un pueblo que solo consume fragmentos de quince segundos es un pueblo más fácil de gobernar sin su consentimiento.
Umberto Eco, que dedicó su vida a pensar los signos, dejó una reflexión que volví a leer estos días: no nos formamos tanto por las lecciones explícitas como por lo que vimos hacer a nuestros mayores en los tiempos muertos, cuando ni siquiera intentaban educarnos. «Nos formamos con restos de sabiduría», escribió. Me pregunto qué restos de sabiduría estamos dejando a nuestros hijos y nietos. Si nos ven leer, discutir con respeto, cumplir la palabra y acatar la ley, eso aprenderán. Si nos ven deslizar el dedo sobre una pantalla, despreciar al que piensa distinto y aplaudir al que se burla de las instituciones, eso también aprenderán. Defender la democracia empieza, entonces, por algo tan humilde como volver a leer. Y a escribir: con nombre y apellido, con fundamento, con la responsabilidad de quien firma lo que dice.
Un planteo revisorio
Como hombre de derecho, permítaseme terminar con una figura que conozco bien. Nuestra Corte Suprema admitió, en casos excepcionales, revisar aun la cosa juzgada cuando la sentencia fue obtenida mediante fraude, violencia o error grave: la llamó cosa juzgada írrita. Es la última garantía contra la injusticia que pretende consolidarse.
Hoy se quiere dictar contra la democracia una sentencia que se presenta como definitiva: que fracasó, que es lenta, que es cara, que los pueblos necesitan mano dura, que la libertad estorba a la eficiencia. Esa sentencia es írrita. Se fundó en el fraude de la desinformación, en la violencia de la concentración y en el error de creer que los derechos se conservan solos. Por eso propongo un planteo revisorio. No contra una ley ni contra un gobierno, sino contra nuestra propia resignación. Revisar lo que dimos por conquistado. Revisar qué enseñamos y qué leemos. Revisar cómo se concentran el dinero, los medios y la tecnología, y qué reglas les ponemos. Revisar cuánto poder dejamos escapar de las provincias, de los municipios y de las comunidades hacia centros que nadie elige ni controla. Revisar, en fin, si seguimos mereciendo la democracia que heredamos.
Los constituyentes de 1853 cerraron el Preámbulo invocando la protección de Dios, «fuente de toda razón y justicia», para asegurar los beneficios de la libertad a nosotros y a nuestra posteridad. Aquella invocación no fue un adorno: fue un juramento hecho hacia el futuro. Nosotros somos esa posteridad. Y somos también quienes debemos dejarle algo a la que viene. Mientras haya un joven que se niegue a callar, un juez que no se arrodille, un maestro que enseñe a leer entre líneas, una provincia que no renuncie a lo que le pertenece y un pueblo que vuelva a las urnas con la frente alta, la República seguirá viva. Porque la democracia no es un regalo que se recibe una vez: es una llama que cada generación debe volver a encender con sus propias manos. Que la Constitución vuelva a ser nuestra brújula; el federalismo, nuestra manera de estar juntos sin dejar de ser nosotros; y el estado de derecho, el único altar ante el cual se inclinen los poderosos. Así sea.
