Que la plaza sea camino y no destino
Hay una plaza que grita y no espera, y una patria que espera y no grita. La democracia vive cuando la primera aprende el camino hacia la segunda.
En septiembre de 2025, miles de jóvenes nepalíes derribaron a su gobierno en pocos días. Para elegir a la primera ministra interina votaron en un servidor de Discord, la plataforma donde suelen reunirse para jugar en línea. Semanas después, en Madagascar, otra multitud juvenil llenó las calles de Antananarivo contra los cortes de agua y de luz. Quien terminó en el palacio presidencial fue un coronel. En Perú, la protesta de la llamada Generación Z precipitó la caída de la presidenta, y el poder quedó en manos del titular del mismo Congreso que la calle repudiaba. Antes habían sido Bangladesh y Kenia. Después, otros. En casi todas partes flameó la misma bandera: la calavera pirata de un dibujo animado japonés.
La ola ya no es solo del Sur global. A fines de octubre, el ensayista Anton Jäger publicó en The New York Times una columna de título elocuente: “Europa está en llamas y esto no va a parar”. En Francia, las protestas estudiantiles derivaron en revueltas violentas; en Madrid y en Lisboa, los jóvenes ocuparon las plazas; en Albania, los manifestantes incendiaron la Corte Suprema. Jäger recuerda que en 2011 la revista Time eligió a “El manifestante” como personaje del año. Quince años después, aquel romanticismo se volvió desesperación.
Es la protesta de la inmediatez. Se convoca en horas, no reconoce jefes, no escribe programas y no pregunta por el día después. Invoca la democracia y el derecho, pero desconfía de las formas en que la democracia y el derecho se organizan. Su fuerza es su velocidad, y su debilidad es exactamente la misma. El periodista Vincent Bevins estudió las grandes rebeliones de la década pasada, de El Cairo a Hong Kong y de San Pablo a Santiago de Chile. Su conclusión es incómoda: estas explosiones crean vacíos de poder y de relato, y quien está ahí para ocupar el vacío termina mandando. Casi nunca son los que salieron a la calle, sino los que ya estaban organizados de antes. La politóloga Erica Chenoweth, la mayor autoridad mundial en resistencia civil, lo resume en una frase que debería enseñarse en cada aula: las campañas que transforman la realidad son movimientos, no momentos. Y advierte algo más: derribar a un gobernante es mucho más fácil que resolver las causas que lo hicieron caer.
Jäger lo describe con precisión. Buena parte de estas protestas se convoca por TikTok y por aplicaciones de mensajería, fuera de los sindicatos y de los partidos, al punto que los propios dirigentes gremiales no logran seguirles el ritmo. Esta generación es nativa, no novata, de las redes. Eso le da vitalidad y escala, pero también la priva de disciplina. Y detrás asoma algo más hondo, que Jäger vincula con la sensación de falta de futuro descripta por el politólogo búlgaro Ivan Krastev: si construir un poder colectivo duradero parece improbable, la acción inmediata aparece como lo único que vale la pena. Las grandes movilizaciones del siglo XX se hacían en nombre de un mañana; las de hoy, en nombre del ahora.
Ya lo vivimos
Los argentinos no necesitamos que nos lo expliquen desde afuera. En diciembre de 2001 gritamos “que se vayan todos”, y en pocos días pasaron cinco presidentes. Hubo asambleas barriales, cacerolas y una energía cívica inédita. No se fue casi ninguno. El sistema se recompuso con los mismos actores, porque la indignación no había construido nada que pudiera reemplazarlos. Antes, el Mayo francés de 1968 pidió “la imaginación al poder”, y en junio de ese mismo año el general De Gaulle ganó las elecciones con holgura. La plaza puede voltear un gobierno, pero no puede gobernar.
La representación vacía
Sería injusto, sin embargo, cargar la culpa sobre los jóvenes que protestan. La plaza amorfa es hija de una representación vaciada. Nuestra Constitución dice que los partidos políticos son “instituciones fundamentales del sistema democrático” (art. 38). También dice que el pueblo “no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes” (art. 22). ¿Pero qué ocurre cuando los representantes dejan de representar? Pasa a deliberar en la calle, en las redes o en el silencio del cuarto oscuro vacío. Los partidos argentinos se han convertido, con honrosas excepciones, en sellos de goma: listas armadas a dedo, internas que no se hacen, colectoras de ocasión y candidatos que cambian de camiseta según la encuesta. Los números lo dicen sin metáforas. El desencanto es el que, según la propia evidencia internacional, alimenta a la vez la protesta sin rumbo y el auge de los salvadores providenciales. La bronca sin cauce no elige dirección: va hacia donde la empuja el viento.
El fenómeno tiene raíces que exceden nuestras fronteras. El sociólogo alemán Wolfgang Streeck habló de una “crisis retrasada del capitalismo democrático”, con gobiernos atrapados entre la barricada y el mercado de bonos, sin remedio a la vista. El historiador Adam Tooze bautizó como “policrisis” a esta superposición de guerras, inflación, deuda y clima. Pero la Argentina le agrega una dosis propia de desorden institucional. Lo escribí hace poco en estas páginas a propósito de la Ley de Tierras: un decreto que el Senado de la Nación rechazó sigue gobernando, desde hace casi tres años, la tierra, el agua y la frontera de la República.
Cuando el ciudadano comprueba que ni siquiera el voto de sus representantes alcanza para decidir, aprende la peor de las lecciones: que las instituciones no resuelven y que sólo la calle se hace oír.
La universidad, la excepción que enseña
Hubo una vez en que los estudiantes argentinos cambiaron un continente. Aquellos jóvenes no se limitaron a ocupar la universidad. Escribieron un programa (autonomía, cogobierno, extensión, libertad de cátedra), fundaron la Federación Universitaria Argentina y redactaron un manifiesto que todavía conmueve: “Los dolores que quedan son las libertades que faltan”.
Tuvieron bronca, pero también organización y proyecto. Por eso su Reforma no fue un estallido, sino una institución que se extendió por toda América Latina y sigue viva un siglo después. Las marchas federales universitarias de 2024 y 2025 fueron multitudinarias, también aquí en Misiones, precisamente por eso. Detrás de la gente había rectores, consejos superiores, gremios docentes y no docentes, centros de estudiantes y una causa clara: la defensa de la universidad pública. Esa es la diferencia entre la indignación y la causa. Pero la advertencia vale también para la universidad: si la militancia estudiantil se reduce a la foto de la marcha, la Reforma se vuelve efeméride.
La pregunta por el sentido de la universidad recorre hoy el mundo. Chris Marquis, profesor de la Universidad de Cambridge, que antes enseñó en Harvard y en Cornell, publicó en octubre un artículo con un título deliberadamente provocador: “Enseño en una escuela de negocios. Es hora de cerrarlas”. Marquis recuerda que la facultad de medicina se justifica por la salud y la de derecho por la justicia, bienes públicos indiscutibles, mientras que la de negocios se organiza en torno a un bien privado. Y rescata una advertencia que el sociólogo Thorstein Veblen formuló hace un siglo: esas facultades “no necesitan implicar ninguna utilidad para el bien común”. Lo más grave, dice, es que esa mentalidad de negociación y optimización escapó del aula y llegó a la política, donde se gobierna como quien cierra un trato.
Una política transaccional no representa: negocia. Y los jóvenes lo perciben. La universidad vale, en cambio, por la organización y la cohesión de sus proyectos y por su vocación de servicio a lo público. Y eso no es patrimonio exclusivo de la universidad pública: vale también para las privadas y para todo ámbito, dentro o fuera de las aulas, donde se cultive el pensamiento crítico. Allí se forman ciudadanos, y no gerentes de su propia carrera.
La mirada desde Misiones
Hay además una lectura federal que en la Capital rara vez se hace. La protesta de la inmediatez es, por naturaleza, centralista: lo que no aparece en la pantalla porteña no existe. Las provincias periféricas sabemos que nuestros derechos nunca llegaron por un día de furia, sino por la organización paciente. Lo saben los colonos que levantaron el cooperativismo yerbatero, los que durante décadas reclamaron las compensaciones de Yacyretá y quienes defienden cada hectárea de nuestra tierra frente a los apetitos de afuera.
Un reclamo misionero que no se organiza no llega a Buenos Aires, y si llega, llega tarde. El gran número de personas que no fue a votar, en sucesivas elecciones pasadas, no es indiferencia, es una pregunta sin respuesta dirigida a quienes deberían representarlo. Si nadie la responde desde las instituciones, la responderá la calle, a su manera y sin mañana. O peor aún, la responderá alguien que nunca pisó nuestra tierra. El federalismo mismo es una lección de organización. Las provincias no nacieron de un estallido: preexisten a la Nación, pactaron entre ellas y conservan todo el poder que no delegaron (art. 121). La Constitución de 1853 no se escribió en una plaza, sino después de décadas de pactos, acuerdos y congresos. Fue el fruto de pueblos que aprendieron a organizarse para convivir.
De la bronca a la institución
Nada de esto es un elogio del orden quieto ni una condena de la juventud. La bronca es legítima: la precariedad y el futuro hipotecado son reales. Lo son también un mercado laboral en el que los títulos parecen perder sentido ante la inteligencia artificial y un horizonte que se acorta. El propio Jäger admite que, frente a perspectivas tan sombrías, cierto nihilismo juvenil es difícil de calificar como irracional. El problema no es que los jóvenes salgan a la calle, sino que vuelvan a sus casas sin haber construido nada. Chenoweth lo advierte: desmovilizarse demasiado pronto deja la transición en manos de las mismas élites contra las que se protestó. El desafío es convertir la indignación en institución. Significa recuperar los centros de estudiantes como escuelas de ciudadanía y afiliarse a los partidos para disputarlos desde adentro. También exigir internas abiertas de verdad, sostener las cooperativas y las organizaciones intermedias, y controlar a los gobernantes después de las elecciones, no solo el día de la marcha. Es menos vistoso que una plaza llena y no se viraliza, pero es lo único que perdura.
En otra columna sostuve que las formas procesales son garantías y no escondites, y que se vuelven coartada cuando sirven para no decidir nunca. La plaza amorfa comete el error simétrico: desprecia las formas que permiten decidir. Los partidos, las elecciones, los centros de estudiantes y las cooperativas no son jaulas para la bronca, sino cauces. Una institución que no decide traiciona al ciudadano; una protesta que no se organiza se traiciona a sí misma.
Carlos Santiago Nino lo advirtió hace más de treinta años en Un país al margen de la ley, cuando estudió la anomia como un componente de nuestro subdesarrollo. Al vincularla con la democracia, dejó una enseñanza que hoy vale tanto para la plaza como para el palacio: en una república la ley se discute, pero se cumple. Nino describió incluso una anomia boba, la que deja a todos peor de lo que estarían si cumplieran las normas, también a quienes las incumplen. Y entre los controles de esa anomia ubicó a la responsabilidad, también la civil, la que obliga a cada uno a responder por el daño que causa. Ni el gobernante que esquiva las formas ni la multitud que las desprecia quedan fuera de esa regla. La Constitución no se defiende en un día de furia, sino en la paciencia de cada día. El estado de derecho no se conquista con un grito, sino con la tarea silenciosa de construir lo que sobrevive a los gritos.
Que la plaza vuelva a ser camino y no destino. Que la bronca se haga programa, el programa institución y la institución, patria federal. Que la ley se discuta en la plaza y se cumpla en la república, como nos enseñó Nino. Sólo así los dolores que quedan dejarán de ser las libertades que faltan.
