Arriazu cuestionó la compra de reservas del BCRA y advirtió que la falta de crédito frena la economía
El economista Ricardo Arriazu sostuvo que la estrategia de acumulación de divisas del Banco Central debe revisarse para evitar que la absorción de pesos reduzca el financiamiento al sector privado. Aunque respaldó la compra de reservas, advirtió que sostenerla a costa del crédito puede profundizar el estancamiento, deteriorar la confianza y aumentar la incertidumbre financiera de cara a las elecciones de 2027.
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El debate sobre la política monetaria volvió al centro de la discusión económica luego de que Ricardo Arriazu, fundador y director de Arriazu Macroanalistas, cuestionara el mecanismo con el que el Banco Central de la República Argentina (BCRA) acumula reservas y su impacto sobre la liquidez disponible para la actividad productiva. Durante un encuentro organizado este miércoles por Lantia Capital, el consultor planteó que una modificación en esa estrategia podría contribuir a recuperar el crecimiento.
“Un cambio en la política monetaria permitiría recuperar rápidamente la economía”, afirmó Arriazu, aunque expresó dudas sobre la comprensión de ese mecanismo por parte de las autoridades. Su diagnóstico retoma una advertencia formulada días atrás: la economía argentina tendría condiciones para crecer a un ritmo cercano al 5% anual, pero la actividad avanzaría alrededor del 2%, en parte por las restricciones financieras que, a su juicio, genera la política de acumulación de divisas.
Para el economista, la Argentina atraviesa una oportunidad vinculada con la expansión de las exportaciones agropecuarias, los hidrocarburos, la minería y la economía del conocimiento. Sin embargo, advirtió que el principal riesgo no necesariamente se encuentra en la capacidad productiva del país, sino en el frente financiero y en la posibilidad de que las decisiones monetarias terminen limitando el aprovechamiento de esos sectores.
Reservas, liquidez y crédito: el núcleo de la crítica
Arriazu aclaró que no cuestiona la acumulación de reservas como objetivo de política económica. Su objeción apunta a la forma en que se instrumenta y, particularmente, a la relación entre las compras de dólares, la cantidad de pesos en circulación y el crédito disponible para empresas y familias.
“Estoy a favor de la compra de reservas, pero no a costa de destruir crédito interno”, sostuvo. Según su interpretación, el Banco Central habría adquirido divisas en una magnitud superior a la que el mercado estaba dispuesto a absorber sin generar tensiones sobre la liquidez. A esa dinámica sumó el efecto de las licitaciones de deuda del Tesoro, que retiraron pesos del mercado.
El consultor estimó que esa operatoria habría absorbido alrededor de $18 billones y señaló que parte de los recursos se reflejaría en el aumento de los depósitos del sector público. Su argumento es que la acumulación de dólares, cuando se combina con una contracción de la liquidez interna, puede restringir los fondos disponibles para el sistema financiero y encarecer o limitar el financiamiento de la actividad económica.
“En su afán por comprar dólares, compraron más de lo que el mercado estaba dispuesto, y sacaron plata del mercado”, planteó. También sostuvo que el BCRA compró divisas mientras se reducía el crédito interno, una combinación que, desde su perspectiva, ayuda a explicar el desempeño moderado de la economía.
La distinción es relevante para evaluar los resultados de la política monetaria: acumular reservas fortalece la posición externa y puede contribuir a enfrentar compromisos futuros, pero el efecto sobre la actividad depende, entre otros factores, de cómo se administra la liquidez y de la respuesta del sistema bancario. La discusión planteada por Arriazu se concentra precisamente en ese equilibrio entre la solidez externa y la disponibilidad de financiamiento doméstico.
El economista reclamó que el Gobierno revise el mecanismo y permita que los bancos dispongan de mayores recursos para prestar. “Devolvéles la plata, ya prestarán o bajarán los depósitos o la tasa, pero eso es esencial”, expresó. A su entender, con los niveles actuales de crédito, la economía difícilmente pueda sostener una expansión más dinámica.
Su advertencia también incluyó los efectos que una restricción prolongada del financiamiento podría tener sobre las decisiones de inversión, el consumo y las expectativas empresariales. Si las empresas enfrentan dificultades para financiar capital de trabajo o ampliar su capacidad productiva, la recuperación puede perder impulso aun cuando existan oportunidades de crecimiento en sectores exportadores.
La deuda y la incertidumbre política hacia 2027
Arriazu consideró que el Gobierno cuenta con capacidad para afrontar sus compromisos de deuda, aunque diferenció esa capacidad económica de la confianza de los acreedores en la voluntad política de pago. En el caso de las obligaciones en pesos, vinculó esa posibilidad con el resultado fiscal; para los compromisos en moneda extranjera, señaló el potencial de generación de divisas de los sectores que impulsan las exportaciones.
Sin embargo, advirtió que la percepción de riesgo no depende únicamente de los recursos disponibles. “No importa si puede, sino si quiere pagarla”, afirmó al referirse a las dudas que, según su análisis, persisten en el mercado ante la posibilidad de un cambio de orientación política después de las elecciones de 2027.
El planteo introduce una dimensión que excede las cuentas fiscales: la previsibilidad de las reglas y la continuidad de los compromisos asumidos por el Estado. Para los inversores, la capacidad de generar superávit y divisas constituye una condición importante, pero no elimina por sí sola la incertidumbre sobre las decisiones que podría adoptar una futura administración.
En ese marco, Arriazu vinculó la evolución económica con las expectativas sociales y electorales. Sostuvo que la falta de una recuperación perceptible puede erosionar la confianza y reducir el respaldo a la estrategia económica. “La gente vota por esperanza, y si no lo ve, se disgusta y vota de otra manera”, señaló.
La advertencia refleja una tensión central para el programa económico: sostener la disciplina fiscal y la acumulación de reservas mientras se procura que la estabilización se traduzca en mayor actividad, inversión y acceso al crédito. Para Arriazu, si el esfuerzo por fortalecer la posición financiera termina profundizando las restricciones sobre la economía real, el resultado podría comprometer tanto la recuperación como las expectativas de continuidad del programa.
JPMorgan también señaló el peso de las expectativas
La incertidumbre política también apareció en la exposición de Facundo Gómez Minujín, presidente de JPMorgan para Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. El ejecutivo sostuvo que el mercado asigna una importancia significativa a la posibilidad de que un próximo gobierno modifique la estrategia de deuda y vinculó esa percepción con el nivel del riesgo país y la cotización de los bonos argentinos.
Gómez Minujín consideró que, si una futura administración decidiera incumplir sus compromisos, el problema no sería necesariamente la falta de recursos, sino la voluntad de pago. También señaló que los fondos de inversión mantienen una actitud cautelosa después de experiencias anteriores de inestabilidad y que las elecciones de 2027 todavía no ofrecen, desde su perspectiva, suficientes certezas para anticipar un escenario estable.
Aun así, el titular regional de JPMorgan planteó que la Argentina podría alcanzar el grado de inversión en un plazo de cinco años si mantiene el rumbo económico. En su evaluación, la disciplina fiscal y la continuidad de los contratos son elementos centrales para recuperar credibilidad.
“Lo fundamental es mantener las reglas claras”, afirmó. También destacó que el Gobierno no haya roto contratos, una señal que considera relevante para la relación con los inversores.
Las exposiciones de Arriazu y Gómez Minujín convergen en un punto: la estabilidad financiera no depende exclusivamente de la acumulación de reservas o del resultado fiscal, sino también de la confianza en las reglas económicas y en la continuidad de los compromisos públicos. Sin embargo, mientras Arriazu pone el foco en el costo que la absorción de liquidez tendría sobre el crédito y la actividad, Gómez Minujín subraya el efecto de la incertidumbre política sobre la valoración de los activos argentinos.
El desafío para la política económica consiste en compatibilizar esos objetivos. La acumulación de reservas, el cumplimiento de la deuda, la estabilidad monetaria y la recuperación del crédito forman parte de una misma discusión, pero sus instrumentos pueden producir tensiones si no se coordinan. El diagnóstico de Arriazu plantea que el desempeño de la economía dependerá, en parte, de que la estrategia financiera logre fortalecer las cuentas externas sin restringir los recursos que necesitan las empresas y los hogares para impulsar la actividad.
