Cuando compramos el discurso del enemigo
“En un país colonial las oligarquías son las dueñas de los diccionarios” John William Cooke
Hay una batalla política que se libra mucho antes de las elecciones. No se gana necesariamente con votos, cargos o mayorías parlamentarias. Se gana cuando una sociedad empieza a interpretar su propia realidad con las palabras, las categorías y los argumentos de quienes pretenden conducirla.
El problema aparece cuando dejamos de discutir el significado de esas palabras, incorporamos explicaciones ajenas como si fueran propias y terminamos pensando desde el lugar del adversario.
La frase de John William Cooke tiene una actualidad notable. Apropiarse del diccionario no significa solamente imponer determinadas palabras. Significa establecer qué cosas pueden nombrarse, cómo deben interpretarse y desde qué parámetros se juzga la realidad.
Antonio Gramsci explicó que la hegemonía se construye y se disputa, no sólo desde el poder político, sino también en la cultura, en las instituciones y en la vida cotidiana. Es la capacidad de convertir una determinada visión del mundo en sentido común, en algo que parece natural, evidente, casi imposible de discutir.
Arturo Jauretche, desde nuestra propia tradición política, dedicó buena parte de su obra a desmontar las categorías de pensamiento que presentaban como verdades universales interpretaciones funcionales a determinados intereses económicos y políticos.
No se trata de convertir esta columna en una clase de teoría política. Se trata de recuperar una pregunta: ¿con qué palabras estamos pensando la realidad y quién consiguió que empezáramos a nombrarla de esa manera?
El adversario también está adentro
Hay ejemplos que conocemos demasiado bien.
«Máximo maneja a Cristina». La discusión política sobre decisiones, estrategias y diferencias internas se transforma en una explicación personal, casi doméstica, que reduce la autonomía de una dirigente política a una supuesta manipulación familiar.
«Cristina chorra». La repetición de una consigna termina reemplazando la discusión sobre causas, pruebas, sentencias y responsabilidades concretas. Todo queda resumido en una etiqueta que ya no necesita explicación.
No se trata de defender a Máximo Kirchner, de pertenecer a La Cámpora ni de negar la necesidad de investigar hechos de corrupción. Se trata de advertir cuándo una crítica política deja de ser una elaboración propia y empieza a reproducir, sin examen, el marco interpretativo construido por el adversario.
Y lo más preocupante es que esto no sucede solamente entre quienes votan a la derecha. También aparece entre dirigentes y militantes que terminan utilizando los mismos argumentos y aceptando diagnósticos que provienen de los espacios políticos que cuestionan.
La autocrítica empieza por reconocerlo. No alcanza con denunciar la operación discursiva del otro si después la incorporamos como propia. Tampoco podemos aceptar que la agenda política se organice permanentemente alrededor de los temas que el adversario decide instalar.
Brasil: una lección que merece atención
El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje brasileño del 25 de octubre tiene una dimensión política que excede ampliamente el resultado electoral.
Lula obtuvo el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro. Más de cuatro millones de votos de diferencia. Consiguió un cuarto mandato presidencial no consecutivo y se convirtió en el primer presidente brasileño en alcanzar esa cantidad de mandatos.
No es un dato menor en una región donde las fuerzas de derecha vinculadas con Donald Trump habían conseguido importantes avances electorales. Tampoco se puede desconocer el peso de la polarización brasileña y las tensiones que atravesaron la campaña.
Lula llegó a la segunda vuelta después de reorganizar su campaña y sostener una propuesta que combinó liderazgo político, organización territorial, comunicación digital y referencias concretas a las condiciones de vida de la población.
El Partido de los Trabajadores no ganó solamente una discusión en las redes. Hubo una construcción política detrás: identidad, organización, alianzas, militancia y una propuesta capaz de interpelar a sectores diferentes.
La comunicación digital tuvo un papel importante. Los grupos de WhatsApp, los contenidos audiovisuales y las redes ampliaron la circulación de mensajes y sostuvieron el vínculo con los votantes. Pero reducir el resultado a una estrategia de comunicación sería desconocer todo lo demás.
Hay una cuestión que merece atención: el PT no necesitó abandonar su identidad para ampliar su representación. Tuvo que construir acuerdos, reconocer diferencias y ofrecer una perspectiva de futuro sin renunciar a los ejes centrales de su propuesta.
Después de la derrota, Flávio Bolsonaro cuestionó el resultado y llegó a plantear su anulación. El presidente del Partido Liberal, Valdemar Costa Neto, terminó aceptando la proclamación electoral, aunque cuestionó las declaraciones de Flávio.
La disputa por el sentido de la elección continuó después de las urnas. Reconocer formalmente un resultado no significa necesariamente aceptar políticamente la legitimidad del adversario.
La experiencia brasileña no ofrece una receta para la Argentina. Las historias, las estructuras partidarias y las condiciones sociales son diferentes. Pero permite formular algunas preguntas: ¿cómo se sostiene una identidad política sin encerrarse? ¿Cómo se construyen mayorías sin renunciar a las convicciones? ¿Cómo se disputa el sentido común sin terminar hablando el idioma del adversario?
Y acá aparece una cuestión que no deberíamos esquivar: no se gana con tibieza.
No se trata de gritar más fuerte, insultar más ni copiar las formas de confrontación de la derecha. Se trata de tener claridad sobre qué se defiende, a quién se representa y qué proyecto se propone. La amplitud política no puede convertirse en ausencia de identidad, ni la búsqueda de acuerdos en una renuncia permanente a las propias convicciones.
La firmeza no está reñida con la autocrítica. Pero la autocrítica tampoco puede convertirse en una práctica de descalificación permanente de los propios, mientras se aceptan sin demasiadas preguntas las categorías que construye el adversario.
Los medios, las redes y la fabricación de certezas
La disputa por el sentido común no ocurre en el vacío. Los medios de comunicación y las redes sociales tienen un papel central en la selección, jerarquización y circulación de los acontecimientos.
Una afirmación no se convierte en verdad porque la publique una cuenta verificada. Tampoco porque la reproduzca un periodista conocido o aparezca en un medio de gran audiencia. Sin embargo, la plataforma desde la que se habla, la autoridad que se le atribuye a una fuente y la cantidad de veces que se repite una versión pueden darle una apariencia de certeza que no necesariamente tiene.
El episodio de Flávio Bolsonaro en su salida de Brasil ofrece un ejemplo concreto.
Durante varias horas circularon versiones contradictorias sobre su paradero. Una de ellas fue difundida por Simón Levy, abogado y empresario mexicano,crítico de Morena y aliados de Trump
Levy afirmó que el Gobierno argentino había intervenido directamente en la operación que permitió la salida de Flávio Bolsonaro. Sus declaraciones tuvieron amplia repercusión en medios argentinos y llegaron a programas de gran audiencia.
El problema no es que un periodista entreviste a Levy. El problema aparece cuando afirmaciones extraordinarias adquieren tratamiento de información confirmada sin que se expongan con claridad las pruebas que las sostienen.
La reconstrucción posterior mostró que la confusión no se había originado exclusivamente en las redes. Medios internacionales de primera línea también habían difundido anticipadamente información sobre la llegada de Flávio a Estados Unidos, apoyados en fuentes que después resultaron imprecisas.
La desinformación no siempre consiste en inventar un acontecimiento desde cero. También puede consistir en anticipar una versión, presentarla como confirmada y conseguir que otros la reproduzcan antes de comprobarla.
En la Argentina, el episodio tuvo otra derivación. La presencia de Santiago Caputo en Misiones, los vehículos vinculados a la Entidad Binacional Yacyretá y el control policial sobre la ruta nacional 12 abrieron interrogantes sobre la participación de funcionarios nacionales, del gobierno de Milei y el eventual uso de recursos públicos.
La denuncia por supuestas irregularidades migratorias fue archivada por la Fiscalía Federal de Puerto Iguazú. Pero esa decisión no resolvió la otra cuestión: la investigación sobre el posible uso indebido de vehículos y recursos estatales. Son asuntos diferentes y corresponde mantener esa distinción.
La escena del asesor presidencial trasladándose en una camioneta vinculada a Yacyretá y siendo identificado durante un control de la Policía de Misiones tiene, por cierto, una ironía difícil de ignorar. El James Bond de la política argentina terminó protagonizando una versión local de la vieja película “Tiburón, Delfín y Mojarrita”. No hace falta que se diga quién es Mojarrita.
El humor ayuda a contar la escena. Pero las preguntas sobre el uso de bienes públicos no son un chiste.
Ignacio Fidanza escribió recientemente una frase que merece detenerse: algunos medios, frente a las dificultades del Gobierno, terminan compensando la información con el argumento de que el peronismo sería peor. «El periodismo se enreda, porque ya no describe, compensa», señaló.
Cuando la información queda subordinada a la necesidad de equilibrar responsabilidades, la descripción de los hechos pierde autonomía.
Las redes agregan velocidad, emocionalidad y repetición. Una versión puede recorrer miles de cuentas antes de que alguien se pregunte por su origen. Y cuando llega la rectificación, muchas veces ya perdió la carrera. Las redes amplifican mecanismos que también existen en la política, en los medios tradicionales y en las propias organizaciones.
Disputar el lenguaje, disputar la realidad
Hay una cuestión que la experiencia brasileña vuelve especialmente visible: la comunicación política importa, pero no puede separarse de las condiciones materiales de vida.
No alcanza con disputar el relato si no se disputa también la realidad que ese relato pretende explicar.
La gente no vive dentro de una consigna. Vive de sus ingresos, paga alquileres, compra alimentos, busca trabajo, sostiene a sus familias y necesita respuestas concretas. Cuando esas respuestas no aparecen, ningún despliegue comunicacional puede reemplazarlas indefinidamente.
Lula pudo sostener una propuesta política porque la discusión sobre el futuro de Brasil estuvo vinculada con demandas concretas y con una identidad política reconocible. La comunicación fue una herramienta de esa construcción, no un sustituto de ella.
Esta cuestión debería ser central para cualquier proyecto que aspire a reconstruir una mayoría social en la Argentina. No alcanza con denunciar las operaciones del adversario, señalar las manipulaciones mediáticas o reclamar que las redes distribuyan mejor nuestros argumentos.
Hay que recuperar capacidad de representación, reconstruir organización y ofrecer respuestas. Y también hay que volver a discutir el significado de las palabras.
Porque cuando empezamos a llamar privilegio a un derecho, gasto a una inversión social, ajuste a una necesidad inevitable o libertad a la ausencia de protección, el problema ya no es solamente comunicacional. Es político.
Jauretche advertía sobre las formas en que una sociedad podía terminar interpretándose a sí misma con categorías ajenas. Cooke señalaba la importancia de disputar hasta el significado de las palabras. Gramsci explicó por qué esa disputa es una condición para construir hegemonía.
No se trata de dejar de criticar a los propios, ni de convertir la identidad política en obediencia sin preguntas. Tampoco de reemplazar el pensamiento crítico por una defensa automática de dirigentes o partidos.
Se trata de recuperar la capacidad de pensar con categorías propias, discutir los hechos, reconocer errores y no aceptar como naturales las explicaciones que benefician siempre a los mismos.
La derecha entendió hace tiempo que apropiarse del lenguaje es una forma de ejercer poder. La pregunta es por qué tantas veces nosotros terminamos discutiendo dentro del diccionario que otros escribieron.
Porque el triunfo más profundo de un adversario no necesariamente ocurre cuando consigue que voten sus candidatos. A veces ocurre mucho antes: cuando consigue que sus adversarios expliquen el mundo con sus palabras.
Recuperar las palabras es necesario. Pero también tenemos que recuperar la capacidad de interpretar la realidad y, fundamentalmente, de transformarla.
