Construir mayorías
La disputa por el futuro, la organización y el sentido común.
Hay una afirmación que se repite en el debate político argentino: “no hay nada enfrente”. Que el peronismo está fragmentado, que no tiene conducción, que la oposición carece de propuestas y que el Gobierno, pese a sus dificultades, no encuentra una fuerza capaz de disputarle el poder.
Esa descripción confunde las dificultades para construir una alternativa con su inexistencia. Y, de paso, le hace un favor al oficialismo: termina instalando como verdad el diagnóstico que más le conviene.
Porque el Gobierno tiene problemas. Y no son precisamente menores. Las disputas dentro de su propia mesa de poder, las desinteligencias en el gabinete, las diferencias que traban decisiones y las tensiones con sus aliados muestran un oficialismo bastante menos ordenado de lo que prometía. Milei llegó para terminar con la casta y ordenar la política; dos años después, las internas de su propio espacio ocupan buena parte de la agenda pública.
La economía tampoco ayuda a la puesta en escena. El riesgo país superó los 900 puntos básicos y los bonos argentinos acumularon fuertes retrocesos. Las acciones también sintieron el impacto. Es cierto que hay turbulencias internacionales, pero los análisis económicos señalan factores internos: dudas sobre la sostenibilidad del programa, dificultades para acumular reservas y la incertidumbre sobre el escenario electoral.
El Gobierno suele encontrar explicaciones afuera. Sin embargo, cuando los activos argentinos sufren más que otros mercados, convendría revisar también lo que ocurre adentro.
Hay una paradoja que merece atención: mientras se insiste en que no existe una alternativa, el oficialismo exhibe dificultades para ordenar su propia fuerza y sostener la confianza que necesita su programa económico. La oposición tiene que resolver sus problemas, por supuesto. Pero la vara de la exigencia no puede ser tan distinta según de qué lado de la vereda se esté.
Enfrente hay dirigentes, gobernadores, organizaciones políticas, sindicatos, movimientos sociales, universidades y una sociedad que sigue movilizándose. Las marchas universitarias, las protestas sectoriales y el Encuentro Plurinacional de Mujeres y Disidencias expresan una sociedad que no se retiró de la política. Hay conflictos, demandas y capacidad de organización. Lo que falta es que esa energía encuentre una síntesis política y un proyecto común.
La experiencia internacional ofrece algunas pistas.
Brasil mostró que es posible derrotar electoralmente a una fuerza autoritaria mediante una coalición amplia, con partidos, movimientos sociales y organizaciones territoriales. La victoria de Lula frente al bolsonarismo dejó, además, una enseñanza sobre el lugar de los feminismos y las diversidades: no como acompañamiento decorativo, sino como actores con capacidad de organización e incidencia política.
No llegaron solamente por representar identidades históricamente excluidas. Llegaron también porque hubo organización capaz de convertir esa representación en poder político.
En Estados Unidos, las elecciones legislativas del 3 de noviembre produjeron una derrota contundente para Donald Trump: los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso. Pero hay otro dato político que merece atención: el avance de los sectores más progresistas y diversos del partido. Candidaturas identificadas con el socialismo democrático, referentes jóvenes y representantes de comunidades históricamente excluidas consiguieron victorias relevantes.
El resultado no expresa un desplazamiento uniforme de todo el Partido Demócrata hacia la izquierda. Sí muestra que las corrientes progresistas ampliaron su presencia y capacidad de disputa. La diversidad no fue un problema que hubiera que esconder para ganar; formó parte de una coalición que consiguió convertir el descontento social en votos.
¿Qué ocurre cuando quienes construyen su poder señalando enemigos terminan encontrando en las urnas el límite de esa estrategia?
Las experiencias internacionales no ofrecen recetas para importar. Permiten reconocer una cuestión común: las mayorías se construyen cuando la organización política logra conectar demandas sociales, ampliar alianzas y convertir el malestar en una voluntad colectiva.
Las minorías también construyen mayorías.
Hay una dimensión que suele quedar relegada cuando se piensa la política exclusivamente en términos electorales: la capacidad de incidencia de las minorías organizadas. Su peso no depende solamente de cuántas personas reúnen, sino también de su persistencia, su presencia pública y su capacidad para construir alianzas.
Una minoría organizada puede instalar debates, defender derechos y modificar agendas sin renunciar a sus convicciones. No necesita disolverse para formar parte de un proyecto común. Puede aportar organización, experiencia y una perspectiva que amplíe los límites de lo que una mayoría está dispuesta a discutir.
La construcción de mayorías no exige uniformidad. Requiere acuerdos, objetivos compartidos y una voluntad política capaz de sostener las diferencias sin convertirlas en obstáculos permanentes.
Paraguay ofrece una experiencia que merece ser mirada con atención.
La crisis de Ueno Bank desbordó rápidamente el terreno financiero. La resolución de la entidad dejó inmovilizados los depósitos de millones de clientes y comprometió recursos de instituciones públicas y fondos previsionales. Lo que comenzó como un reclamo de ahorristas se transformó en una protesta mucho más amplia, que puso en cuestión los vínculos entre el poder económico y el político, los controles del Estado y las responsabilidades del Gobierno de Santiago Peña.
La calle fue el punto de encuentro. A medida que se multiplicaban las movilizaciones, ahorristas, jubilados, trabajadores, estudiantes y ciudadanos autoconvocados comenzaron a confluir en un reclamo común. La crisis dejó de ser un problema financiero o sectorial y adquirió dimensión política.
La presión popular modificó el escenario. La movilización no se limitó a reclamar la devolución de los fondos: exigió responsabilidades políticas y cuestionó la posibilidad de que los principales involucrados encontraran una salida sin dar explicaciones. La renuncia anunciada por Peña no desactivó las protestas. La ciudadanía siguió frente al Congreso, reclamando que el proceso de juicio político continuara. Finalmente, el Senado lo destituyó.
Una joven paraguaya entrevistada por C5N dejó una frase que sintetiza esa experiencia: “Hay batallas que sólo se ganan en la calle”.
En Paraguay, la mayoría no estaba esperando a que los partidos se pusieran de acuerdo. Se fue construyendo en la movilización, en la crisis y en la coyuntura. La calle reunió lo que hasta entonces aparecía disperso y convirtió el malestar en una fuerza capaz de alterar el rumbo político. Las instituciones procesaron esa presión, pero la iniciativa había nacido mucho antes, entre quienes salieron a reclamar.
La experiencia deja una enseñanza: la política no siempre organiza primero y moviliza después. A veces es la sociedad la que se mueve, construye una mayoría en el conflicto y obliga a los partidos y a las instituciones a ponerse a la altura de esa demanda.
También deja planteada otra discusión: la democracia necesita instituciones capaces de responder. La independencia judicial, la igualdad ante la ley y la transparencia en la administración pública no pueden quedar como consignas de campaña. Una Justicia subordinada al poder político o económico termina debilitando la confianza pública y convirtiendo la impunidad en una regla de funcionamiento.
El futuro como programa
En una entrevista reciente, el diputado Agustín Rossi planteó una definición que merece ser tomada en serio: el pasado puede ser la raíz de una fuerza política, pero no puede convertirse en su programa. La memoria de lo construido forma parte de la identidad; no reemplaza las respuestas que exige el presente.
La recuperación del poder adquisitivo, el empleo estable, el acceso a la vivienda, el desarrollo productivo, la educación, la ciencia y la tecnología son parte de esa agenda. También lo son los desafíos que plantea la inteligencia artificial y la necesidad de discutir cómo se incorpora al desarrollo nacional, al trabajo y a la producción.
Hablar del futuro implica asumir que la sociedad necesita respuestas para sus problemas cotidianos y un horizonte que permita volver a imaginar una vida mejor. El pasado explica de dónde venimos. El programa tiene que decir hacia dónde queremos ir.
La Argentina necesita una fuerza que pueda hablarle al trabajador que perdió poder adquisitivo, al pequeño empresario que no vende, al joven que no encuentra empleo, a quien defiende la universidad pública y a quien siente que cada mes vive un poco peor. Todos esos problemas conviven, aunque no siempre encuentren una expresión política común.
También hace falta discutir qué Estado, qué modelo productivo y qué lugar quiere ocupar la Argentina en el mundo. El ajuste puede ordenar una planilla fiscal, pero no construye por sí solo una sociedad. Y el mercado, por más que algunos lo presentan como solución universal, no va a resolver las desigualdades ni a garantizar derechos por generación espontánea.
El desafío es articular las fuerzas que ya existen, reconocer la diversidad de intereses y construir una síntesis política que convoque más allá de los propios espacios. Una mayoría no surge de una suma de nombres ni de un acuerdo de cúpulas. Se vuelve posible cuando distintos sectores encuentran razones concretas para caminar en la misma dirección.
Mientras el Gobierno se enreda en sus propias disputas y la economía vuelve a encender señales de alarma, la discusión sobre la alternativa no puede quedar reducida a quién conduce, quién se sienta con quién o quién encabeza una lista. Esas preguntas importan, pero hay otras anteriores: qué intereses vamos a defender, qué derechos vamos a recuperar y qué futuro estamos en condiciones de ofrecer.
Construir mayorías supone reconocer que hay una sociedad que resiste, que reclama y que busca respuestas. Supone también entender que ninguna fuerza política puede arrogarse por sí sola la representación de todas esas demandas. Hace falta escuchar, acordar, organizar y, sobre todo, animarse a proponer un rumbo.
Porque el malestar, por sí solo, no construye una alternativa. La protesta puede abrir una oportunidad, pero hace falta convertirla en organización; la organización, en acuerdos; y los acuerdos, en un proyecto capaz de convocar a una mayoría.
La Argentina no necesita solamente una fuerza que le diga que este presente está mal. Necesita una fuerza que pueda mostrar que hay otro camino posible y que está dispuesta a construirlo.
Una mayoría no se construye solamente contra alguien. Se construye alrededor de un proyecto, de intereses compartidos y de un futuro que valga la pena disputar.
