La Oma: Ingrid Grudke y la redefinición de su marca
En una conversación íntima con Eco Sistema Podcast, Ingrid Grudke repasa sus 30 años de carrera, revela cómo aprendió a convertir su nombre en una empresa y cuenta por qué decidió lanzar su primera marca propia. La historia de La Oma, el homenaje a su madre y a las mujeres de la chacra misionera, atraviesa un reportaje que termina con lágrimas, recuerdos familiares y una confesión sobre lo que verdaderamente quiere dejar como legado.
Ingrid Grudke no necesita presentación. Reina de reinas. Tapa de revistas. Modelo de los más exclusivos desfiles. Teatro con estrellas. Una vida dedicada a la imagen se convirtió en su marca registrada. Varias empresas propias y ahora una yerba que rinde homenaje a algo que nunca abandonó: sus raíces. La Oma es la marca. La Oma es la mamá, esa mujer rural que lejos de los flashes de la fama, la guió por la pasarela de la vida para no tropezar, para siempre levantarse, para ir detrás de los sueños. La Oma es como la letra de la canción, una linda alemana. Como Ingrid, la modelo que hoy custodia su marca y se anima, por primera vez, a promocionar un producto propio. Desde hace años su equipo la impulsaba a tener su propia yerba, como embajadora reconocida de Misiones y siempre presente en la tierra colorada. Hoy la yerba ya está en el mercado y con una muy buena recepción en los primeros días en las góndolas. La yerba es también un nuevo escalón en su vida. Y permite descubrir un lado mucho más íntimo de Ingrid.
“Me siento en un momento de cambio en mi vida personal y reajustando todo lo laboral. Estoy transformando un poco la marca Ingrid”, explica en un nuevo capítulo de Eco Sistema Podcast.
¿Qué significa transformar la marca?
Hace 30 años empecé como modelo y era un poco diversión, un poco un negocio, que duraría 10 años y me volvería. Que tenía un tiempo, como el jugador de fútbol. Pero se prolongó, abrí unidades de negocios paralelas y fui metiéndome cada vez más. Siento que hoy estoy en un momento como como reforzando el nombre Ingrid Grudke otra vez.
¿Hacia dónde querés que vaya ahora el nombre Ingrid Grudke?
Primero como una artista, porque lo que más me encanta es la moda, me fascina, sigue estando presente y toda la vida voy a ser modelo, porque la gente ya te pone ese título y ya está, no dejás de ser modelo. Nunca. Nunca. Pero sí, reforzándome en la comunicación. En ¿qué quiero comunicar? ¿Qué quiero contar de Ingrid?
Porque todo el mundo sabe que Ingrid es sinónimo de familia, lealtad, amistad, bondad, con errores, con cosas que a uno se le complican a veces, pero siento que a través mío puedo contar más cosas.
¿Te gustaría que esté relacionado tu nombre un poco más a la experiencia, un poco más a los valores, un poco más a qué?
A la experiencia, a los valores y sobre todo entender también qué es la profesión. Hoy estoy en el punto en el que quiero comunicar a las nuevas generaciones, a las chicas, que esto es un trabajo, que no es un sueño. Ser modelo es un trabajo, no un sueño, porque muchas dicen “sueño con ser modelo y quiero desfilar y quiero mostrarme con la ropa divina”. Pero no. Vos estás vendiendo este producto. Entonces, a veces aceptan un montón de cosas que no se tienen que negociar. Entonces se confunde y hasta pagan por estar en el desfile. El uso de imagen y nosotros la prestamos, las modelos prestamos un servicio de uso de imagen que a través de ellas comunicamos, vendemos, ofrecemos un producto al consumidor. Eso tenés que entender. Entonces es lindo, por supuesto, nos encanta la moda, que me maquillen, que me peinen, que me arreglen, divina, pero ¿cuál es el objetivo de esa preparación? Que vos estás vendiendo. Eso lo entendí hace muchos años y veo que hoy con las redes sociales se ha mezclado mucho, la profesión de modelo quedó aún como un costado, entonces cualquier persona puede ser modelo que sí, es verdad, podemos ser modelo de comerciales, pero tiene que tomarlo de manera profesional. No hacerlo por hacer. Porque me veo linda. Y pagar a veces o que te estafen, a eso voy. Hoy hay muchas agencias que por ahí dicen serlo y te piden dinero para hacer un casting. Un casting es una entrevista de trabajo, como cualquier otro trabajo que vas, te presentás para un comercial, para un producto de cremas, de estética, no tenés que pagar por ir al casting. Nosotras prestamos el servicio de uso imagen. Modelo es un trabajo, prestamos un servicio de uso e imagen para transmitir y comunicar lo que el cliente quiere vender. El diseño, la ropa, la crema, el zapato, pero no es algo personal. Pero las chicas o los chicos que se presentan hoy en día se frustran, porque no se entiende el trabajo.
O quizás también por la presión de las redes sociales, por la necesidad de mostrarse exitoso y conseguirlo todo inmediatamente… ¿Qué es el éxito para vos?
Todo es un perfecto doble mensaje. Todos sueñan con la vida perfecta, la familia, los hijos, todo para las redes, para mostrarle a la sociedad algo que no sos. Entonces, ¿ese es el éxito? ¿Mostrar algo que no sos o ser real? Ser auténtica, no tener miedo. Para mí el éxito es tener la libertad de ser como querés ser. Hacer lo que te gusta hacer. ¿Por qué tenés que seguir patrones? Entiendo que hay reglas de convivencia, que es otra cosa, pero la libertad de ser o hacer lo que vos quieras es distinta. Hasta la libertad de qué ponerse. Las redes te exigen algo que es irreal. Siempre que vayas por el lado de tu libertad, de lo que sientas hacer, eso es el éxito.

Barcelona, el lugar donde descubrió que la moda era un negocio
¿Cuándo tomaste conciencia de que el modelaje era un negocio?
En Barcelona, cuando entré a la agencia Elite. Porque primero empecé con los concursos de belleza, la Fiesta del Estudiante, la Fiesta de los Inmigrantes, Reina de Reinas nacionales. Había premios, viajes y era divertido. Pero cuando sos una reina, sos una promotora de una fiesta.
Después quedé elegida para representar a Misiones. Elite era una agencia internacional, estamos hablando de hace 30 años, que convocaba a modelos de todo el mundo y hacía un scouting para elegir chicas con características únicas. No es lo mismo ser reina de algo que ser modelo. Como modelo tenés que ser única, saber vender, saber mostrar lo que tenés puesto.
Al principio me parecía todo divertido. Yo estaba en la facultad, era otro viaje más. Pero cuando llegué a Barcelona y vi una mesa de trabajo con bookers, las personas encargadas de organizarte la agenda, mandarte a los castings, citarte en los lugares de trabajo y arreglar con los clientes, empecé a entender. Te daban un book, que en aquel momento eran fotografías con diferentes perfiles tuyos, los datos de la agencia a la que pertenecías, tus medidas. Y vos ibas con ese book a todos lados. Ahí dije: “Ah, esto es un negocio. Esto es un trabajo“. Porque imaginate, yo salí de una chacra. No era de mirar televisión ni de comprar revistas. En el secundario tenía amigas que eran fanáticas de la moda. Después me fueron llevando a ser reina de los Inmigrantes y así fui conociendo un poco ese mundo. Todos me decían que tenía que ser modelo, pero yo no entendía realmente qué significaba.
Recién hablabas de las chicas que sueñan con ser modelos. ¿Ese no era tu sueño?
No, nunca fue. Yo nunca soñé con ser modelo. Mis amigas me empujaron a serlo.
¿Y en qué momento empezaste a disfrutarlo?
En Barcelona entendí cómo era el trabajo. Veía cómo se hacían los comerciales, los desfiles, los catálogos. Empecé a ser más exigente con mi booker, con mi representante. Porque es una sociedad: vos trabajás con esa agencia como una sociedad.
Pero empecé a disfrutarlo todavía más cuando entré al teatro de revista, en 2003. Ahí fue la explosión popular a nivel nacional. La gente empezó a conocerme. Al principio fue un shock. Porque hasta ese momento yo era Ingrid, la que vendía un producto. De golpe, la gente quería saber quién era Ingrid, de dónde venía, si tenía familia, si tenía hermanos. Empezaba a ser el producto yo.
La convocatoria para el teatro de revista significó una transformación en su carrera. Venía de trabajar como modelo internacional y de recibir, en 2002, un reconocimiento como mejor mannequin. Su corte de pelo para una campaña había marcado un punto de inflexión en su imagen. Pero el teatro la colocó frente a una popularidad completamente distinta.
¿Cómo fue ese salto al teatro, con figuras como Moria Casán y Miguel Ángel Cherutti?
Me convocaron para ser la chica del verano. Yo no sabía lo que era el teatro de revista. En Misiones no teníamos esa cultura. Cuando me llamaron dije: “¿Hacer teatro?”. Les pregunté a mis representantes y me dijeron que era otra cosa, que yo tenía que decidir. Entonces fui a ver una obra para entender de qué se trataba. Había actuación, baile. Yo nunca había bailado ni tomado clases. Y estaba al lado de esas figuras. Cuando empezó la temporada y salí a la calle, de golpe todo el mundo me conocía. “¡Ingrid, Ingrid!”, me gritaban. La gente quería sacarse fotos, abrazarme, pedirme autógrafos. Me sentía una estrella de Hollywood. Y tuve que trabajar mucho para asimilarlo.
¿Cómo se procesa algo así cuando venís de una chacra de Misiones?
Fue impactante. Me acuerdo de que estábamos ensayando en diciembre y vino una persona de seguridad del teatro. Me explicó que, cuando estuviera lista, me iban a sacar primero a mí y después a Moria, o al revés, según quién estuviera preparada. Yo lo miraba sin entender qué me estaba diciendo. El 3 de enero, cuando salí y vi a toda esa gente esperándome especialmente, fue impresionante. No te olvides de que vengo de una chacra. No había artistas conocidos en mi familia. Éramos todos familias de chacra.
¿Lo trabajaste sola? ¿Tuviste algún acompañamiento psicológico?
Sola, sola. Nosotros salíamos del teatro y solíamos ir a comer con los actores y bailarines. Entraba a un restaurante y la gente se daba vuelta. Los argentinos somos muy disimulados -se ríe-. Escuchaba los murmullos y sentía la presión de las miradas. Hasta que me dije: “O me amigó con esto o me retiro”. Tuve que entender que era parte de mi trabajo, que la gente me quería. No tardé demasiado en decidir seguir. Por suerte recibía comentarios muy lindos. Y como siempre fui una persona segura, tampoco me afectaba demasiado lo que pudieran opinar sobre mi físico.
Nunca estuviste particularmente relacionada con los escándalos ni con los programas de chimentos. ¿Cómo hiciste para mantener el foco y cuidar tu imagen?
Respetándome a mí misma. Sabiendo qué me hace sentir bien. Volvemos a lo mismo: la libertad de ser. Tuve una familia y una mamá que siempre me empujaron a ser como soy. No importa lo que tengas puesto. Si vas de alpargatas o con zapatillas de marca, lo importante es que tengas valores y seas buena persona. Entonces siempre me ocupé de respetarme. Si no me gusta hacer algo, ¿por qué lo voy a hacer? Si no me siento cómoda haciendo determinado desfile o una campaña, no la hago. Por ejemplo, me ofrecieron hacer Playboy.
¿Te ofrecieron posar para Playboy?
Sí. Y me ofrecían mucho dinero. Pero no dije que no por pudor con mi cuerpo o con el desnudo. Para mí el cuerpo es algo natural. Lo pensé por mi hermana mayor, que es muy cristiana, muy religiosa. Yo también soy cristiana, aunque no soy practicante. Sabía que a ella le podía afectar. Y cuando querés a tus seres más íntimos, también los querés cuidar. Entonces no lo hice. Ahí estuvieron primero los valores y el respeto hacia alguien que quiero. No significa que esté mal para otras personas. Simplemente no era lo que yo quería hacer.
La coherencia entre su vida pública y sus decisiones personales aparece como una constante en el relato. Grudke recuerda también que creció con un padre enfermo, una experiencia que influyó en su manera de valorar la salud y de establecer límites en un ambiente profesional donde convivió con excesos.
“Yo veía en mi casa a una persona que luchaba por recuperar su salud. Entonces me costaba entender que hubiera gente que voluntariamente la deteriorara”, explica.
Nunca fumó ni consumió alcohol, asegura, aunque aclara que comprende que las adicciones constituyen una enfermedad y que ha acompañado a amigas que necesitaron ayuda.
“Estuve en sets de filmación donde cada uno hacía lo suyo. No seamos hipócritas, estas cosas pasan. Pero hay que hablarlas. Hoy se empieza a hablar mucho más de salud mental y de adicciones, y hay artistas que se animan a contar sus experiencias”.
¿Estás conforme con la manera en que construiste tu carrera?
Sí. Me siento segura. Esta es Ingrid.
La primera lección financiera
En la historia empresarial de Ingrid Grudke hay una figura que aparece una y otra vez. No es un representante internacional, ni un productor teatral, ni un asesor financiero. Es su madre.
La mujer que organizaba la economía familiar, administraba la chacra y sostenía el hogar mientras su marido atravesaba problemas de salud fue también su primera escuela de negocios.
¿Cómo empezaste a meterte en el mundo de los números? ¿Quién te enseñó a manejar tu dinero?
El ejemplo era mi mamá. Por la situación que vivíamos en casa, ella llevaba adelante todo. Papá la acompañaba, tengo la imagen de mis padres juntos, pero la organización económica de la familia y de las chacras la manejaba mamá. Mi papá, por la medicación, muchas veces estaba acostado. Si yo quería ir a jugar a la casa de una vecina, iba a preguntarle y él me daba permiso. Pero quien organizaba todo era ella. Después, a los 14 años, trabajé por primera vez en una farmacia de Oberá. Era un momento económico difícil para las chacras. Mamá apenas tenía unos pesos para comprarme cosas. Entonces empecé a trabajar en la parte de perfumería, en mis tiempos libres, y ganaba unos pesos para comprar regalos de Navidad. Ahí empezó mi relación con el dinero. Más adelante hice promociones, trabajé en eventos y fui aprendiendo. Pero había algo que siempre me llamó la atención: mi mamá nunca tocaba mi dinero.
¿Nunca, ni siquiera cuando la situación familiar era complicada?
Nunca. Y te voy a contar una historia. Cuando fui Reina de Reinas había ganado un viaje a Estados Unidos, a Disney. El premio cubría mis gastos, pero no los de un acompañante. Y en mi familia nadie tenía dinero para pagar ese viaje. Entonces los organizadores decidieron darme 3.000 pesos/dólares. En aquel momento era muchísimo dinero. Mi mamá agarró esos 3.000 pesos y los puso en un banco. Era mi dinero. Yo tenía 18 años. Y eso que ella tenía necesidades, deudas de impuestos, problemas económicos. Pero no tocó esa plata. No había pasado un año cuando quedé elegida para ir a trabajar a Barcelona. La agencia me pagaba el pasaje, pero yo necesitaba dinero para sostenerme durante los primeros meses. Entonces mamá sacó la plata del banco y me dijo: “Mirá, acá está”. Con ese dinero pude empezar mi vida en Barcelona. Después empecé a trabajar, a ganar muy bien, y pude ayudarla a pagar las deudas y recuperar económicamente la chacra. Esa fue una enseñanza enorme.
¿Nunca sentiste que necesitabas a alguien que te organizara las finanzas?
Fui aprendiendo sola. Observaba cómo trabajaban mis colegas, cómo funcionaba la agencia. Hay que saber mirar, escuchar y también animarse a preguntar. Yo llevaba anotado todo. Tal desfile, tal día, tanto dinero. Un catálogo, tanto. Tenía mi machetito. Después, a fin de mes, iba al área contable de la agencia y cobraba lo que correspondía. Por eso creo que es tan importante enseñarles a los chicos a manejar el dinero. A veces los padres los sobreprotegen demasiado.
El valor de equivocarse
Hoy se empieza a hablar de educación financiera en las escuelas, pero todavía es algo incipiente, a pesar de que es un conocimiento que sirve para toda la vida.
“Para siempre. Hace poco estuve en Japón y me impresionó cómo educan a los chicos. Desde muy pequeños les enseñan a administrar dinero, a tener una cuenta bancaria, a manejarse solos. También aprenden a limpiar, a cocinar, a ocuparse de sus cosas. En las escuelas participan de las tareas de limpieza. Entonces pensás en la importancia de darles libertad y autonomía. Porque después cumplen 18 años, se van a estudiar solos y no saben tomarse un colectivo, no saben resolver cosas básicas porque los padres siempre hicieron todo por ellos. Mi mamá, a pesar de haber vivido en otra época, me dio esa libertad de equivocarme. Y eso es fundamental. Si un chico quiere cocinar una hamburguesa y se le quema, que limpie la sartén y vuelva a intentarlo. ¿Cómo va a aprender si no se equivoca? Mi mamá, cuando yo cometía un error, se mataba de risa y me decía: “Bueno, ahora tenés que hacer todo de nuevo”.
También fue muy exigente con tu educación.
Sí. Yo hice la primaria en una escuela rural, en la chacra, en Los Helechos. Después nos mudamos a Oberá. Mamá sabía que la formación en la escuela rural había sido limitada y me dijo que tenía que terminar el secundario. Me decía: “Vos vas a estudiar. No sé si vas a terminar en cinco años o en diez, pero vas a terminar”. Me daba la responsabilidad. Yo tenía que decidir si estudiaba y terminaba en cinco años o si me llevaba diez. Pero tenía que hacerlo.
Si nunca soñaste con ser modelo, ¿qué querías estudiar?
Me gustaban mucho el diseño gráfico, la comunicación a través de las imágenes, organizar eventos, el turismo y también la arquitectura. Siempre me gustó dibujar. Donde hay una birome, estoy dibujando, subrayando o creando algo. Pero económicamente no estábamos en condiciones de que mamá me mandara a Córdoba a estudiar Arquitectura. Entonces hice un año de Diseño Gráfico, que era lo más parecido a lo que me gustaba. Y después la vida me sorprendió. Cuando fui reina de los Inmigrantes gané un pasaje a Buenos Aires. No sabía cuándo iba a utilizarlo. Casi al final de mi mandato me convocaron para el concurso de Elite y usé ese pasaje. Seis meses después me llamaron para ir a vivir y trabajar a Barcelona. Ahí apareció nuevamente el dinero que mamá me había guardado. Por eso digo que el destino me fue empujando. Yo nunca soñé con ser modelo.
Pero supiste qué hacer con ese destino, Ingrid. No solamente te llevó hacia algún lugar: vos supiste aprovechar las oportunidades.
Nunca nadie me lo había dicho así. Es la primera vez que alguien me lo plantea de esa manera y me impacta, porque tenés razón. No lo había visto así. También fui construyendo mi carrera por intuición, observando, preguntando, tratando de entender cada trabajo. Cuando me convocaron para el teatro de revista, por ejemplo, no sabía qué era. Entonces fui a mirar una obra. Tenía curiosidad.
“Pensá que yo venía de una chacra, donde nuestro contacto con el mundo de la televisión eran los dibujitos animados de la vieja ATC, Argentina Televisora Color, y el SNT de Paraguay. Eso era todo lo que veíamos. No sabía cómo funcionaba un teatro, qué era una revista ni qué había detrás de escena. ¿Cómo iba a saberlo si vivía en medio del monte, con otra vida?”. Pero siempre fui así: curiosa, intuitiva y sin miedo. Hoy escucho a mucha gente que tiene miedo de hacer cosas nuevas. Incluso personas grandes, que están bien económicamente, pero tienen una pasión reprimida y no se animan a desarrollarla por miedo al fracaso. Yo prefiero atreverme a intentar algo antes que quedarme con la duda. Si después no me va tan bien, no lo considero un fracaso. Para mí es mucho peor no haberlo intentado y pasarme la vida preguntándome qué hubiera pasado.
Durante tres décadas, Ingrid Grudke trabajó para marcas de terceros. Su imagen ayudó a vender ropa, cosméticos y productos de distintas compañías. Pero nunca había puesto su nombre y su reputación al servicio de un producto propio de consumo masivo. La Oma cambió esa lógica. No se trata solamente de una nueva unidad de negocios: es una apuesta que une su capital de marca, su identidad misionera y la historia de su familia.
Ingrid, hablemos de la yerba. Desembarcaste en el mercado con La Oma y el lanzamiento generó mucha repercusión. ¿Cómo estás viviendo este momento?
Estoy muy feliz. Feliz, feliz. Honestamente fue un impacto nacional e internacional que no esperaba. Uno no es del todo consciente de lo que construyó durante 30 años. Mi nombre se convirtió en una empresa, en una marca que tiene asociados determinados valores. Bondad, familia, amistad, lealtad. Con errores, por supuesto, porque todos los tenemos. Pero esa construcción se vio reflejada en la reacción del público cuando decidí lanzar La Oma. Y lo más importante es que es un homenaje a mamá. A mamá y a su historia.

Siempre mantuviste una relación muy fuerte con Misiones, a pesar de vivir tantos años en Buenos Aires. ¿Por qué esa necesidad de volver?
Porque toda mi familia está acá. Mi infancia fue muy feliz. Mis hermanos, mis sobrinos, todos están en Misiones. Siempre vuelvo porque necesito estar con mi familia, con la naturaleza, con el lugar de donde vengo.
Volver a Misiones me desintoxica, me devuelve a mi esencia, a lo que soy como persona. Me llena de energía para regresar a trabajar a Buenos Aires. No digo que Buenos Aires sea malo, pero es otra cosa. Es otra selva.
¿Y cómo nació concretamente el proyecto de la yerba?
Por mi equipo de marketing. Ellos venían insistiendo desde hacía tiempo. Siempre me decían: “Vos sos misionera, sos sinónimo de Misiones, ¿cómo no vas a tener tu propia yerba?”. Pero yo tenía muchas dudas. Mi contador de Buenos Aires, con quien trabajo desde 1999, siempre me decía que lo más poderoso que tenía era mi nombre. Que mi nombre era lo que más dinero valía. Y yo lo cuidé muchísimo. Me ofrecieron hacer anteojos, zapatos, líneas de lencería y otros productos. Siempre decía que no porque sabía que, si una empresa cometía un error, eso iba a impactar sobre mi imagen.
Hasta entonces Ingrid Grudke era la modelo, la artista, la figura pública. Una unidad de negocios en sí misma. Pero nunca había lanzado un producto propio.
¿Qué cambió para que finalmente dijeras que sí?
Bastián (lara), que trabaja con mis redes y es de Misiones, conocía el negocio de la yerba, incluso había trabajado en exportaciones. Él empezó a insistirme. Venía a casa, tomábamos mate, hablábamos de proyectos. Observaba a mamá, cómo se movía, cómo hablaba de la chacra y de la yerba. Un día llegó con todo un desarrollo y me dijo que tenía que sacar mi propia marca. Durante tres años me lo estuvo planteando. Hasta que en diciembre del año pasado tomé la decisión. Entonces incorporé a uno de mis sobrinos al proyecto para que se ocupara de la parte administrativa y operativa. Porque yo estoy mucho tiempo en Buenos Aires y necesitaba alguien de confianza que estuviera acá. Le pregunté si se animaba y me dijo que sí, pero que tenía sus condiciones para trabajar y que, si lo hacíamos, había que hacerlo bien. Y eso me encantó.
¿El nombre La Oma fue idea tuya?
No, fue del equipo de marketing. Surgió de observar a mamá. Bastián la veía tan activa, yendo y viniendo, siempre haciendo algo. Nosotros estábamos trabajando en casa y ella aparecía, preparaba mate, contaba historias. Entonces dijo: “Tiene que ser La Oma”. Y empezó a explicarme el concepto.
Porque todos tenemos una Oma en la familia. Una abuela, una madre, una tía, alguna mujer que ocupa ese lugar de reunir, de mantener unida a la familia. Esa persona que vuelve a convocarnos alrededor de un mate. Cuando me presentó la idea y me explicó todo eso, no pude decirle que no. Me encantó.
La protagonista de la marca no estaba inicialmente convencida de convertirse en protagonista de una campaña comercial. Acostumbrada a una vida de bajo perfil, la madre de Ingrid no tenía particular interés en mostrarse ante las cámaras.
Pero había algo que sí le gustaba hacer: contar la historia de su familia y de la tierra donde había crecido.
¿Cómo lograron convencer a tu mamá para que participara?
Al principio estaba un poco reacia. Mi familia siempre fue de perfil bajo, nunca les gustó mostrarse demasiado.
En una de las reuniones en casa, Bastián le dijo: “Oma, vamos a la chacra a hacer unas fotos, unos videos. Contame tu historia”. Y mamá no estaba muy convencida. Entonces él le recordó todo lo que nos había contado: cómo su padre había llegado a la Argentina, cómo desmontaron, cómo hicieron las chacras, cómo plantaron yerba. En diciembre se van a cumplir 100 años de la llegada de mi abuelo, el papá de mamá, a la Argentina. Llegó incluso antes de que Oberá cumpliera su primer siglo de historia.
Entonces Bastián le dijo algo que fue muy fuerte: “Si vos no contás tu historia, eso se va a perder“. Y creo que eso le llegó. Porque es verdad. Son historias de familias que vinieron, trabajaron la tierra, construyeron todo desde cero. Y si no las contamos, las próximas generaciones no las van a conocer. Ahí mamá aceptó ir a la chacra para hacer las fotos y los videos.
Hay algo muy interesante en La Oma que va más allá del producto. Es también un reconocimiento al trabajo de la mujer rural, a esas mujeres que sostuvieron las chacras y que muchas veces no aparecen en la historia económica de Misiones.
Exactamente. Y sabés que recibí muchísimos mensajes de mujeres que me decían eso mismo. Que La Oma es un reconocimiento a las mujeres que trabajan la tierra colorada, a las tareferas, a las mujeres que están todos los días en la chacra y que muchas veces no son visibilizadas. Fue una de las cosas que más me dijeron en las redes sociales. Muchas mujeres se sienten representadas por la imagen de mamá. Porque su historia es también la historia de muchas familias misioneras. Y eso me emociona muchísimo. Siento que hay algo que va más allá del homenaje a mi madre. Es un homenaje a todas las mujeres misioneras.
A esas mujeres que aman la tierra, que trabajan, que sostienen la familia, que transmiten las tradiciones. Mi mamá tiene 83 años y todavía estaría viviendo en la chacra si fuera por ella. Nos mudamos a la ciudad porque teníamos que estudiar y por cuestiones de la vida, de seguridad. Pero ella estaría feliz allá, con sus perros, sus mascotas, sus plantas.
Porque esa es su vida. Esa es su esencia.
Y eso también es lo que representa La Oma.
La conversación vuelve entonces al punto de partida. A la mujer que durante 30 años construyó una carrera internacional, aprendió a administrar su propio dinero, rechazó propuestas millonarias cuando no coincidían con sus valores y ahora apuesta a una marca que lleva el nombre de su madre.
En su relato, el éxito aparece menos asociado a la fama o al dinero que a la posibilidad de decidir.
Para ir cerrando, siempre hacemos una pregunta en Eco Sistema Podcast: ¿qué aprendiste de los errores y qué aprendiste del éxito?
Aprendí de los errores a tener éxito. Es eso. Si no te equivocás, no sabés para dónde ir. Tenés que intentar una vez, otra vez y otra vez. A veces la gente se frustra demasiado rápido. Volvemos a los castings, a las entrevistas de trabajo. Una chica dice: “Fui a cinco castings y no me eligieron”. Bueno, quizás no estabas lista para ese trabajo en ese momento. Pero van a venir otros. Quizás estás preparada para otra cosa. No hay que focalizarse tanto en una sola oportunidad, porque cuando estás demasiado concentrado en lo que querés, a veces dejás de ver todo lo que aparece alrededor. Hay que observar, abrirse, tomarse tiempo. Hoy nadie se toma su tiempo. ¿Por qué corremos tanto? Estamos viviendo siempre adelantados. Sale el último celular y hay que tenerlo ya. Llega Navidad y hay que comprar todo. Siempre estamos pensando en lo próximo. ¿Y el presente? Muy poca gente practica realmente vivir el hoy.
¿Te arrepentiste de algo?
No. Nunca. Porque en el momento en que hice cada cosa, era lo mejor que podía hacer.
¿Qué desafíos te quedan?
No sé. A veces el destino me presenta una oportunidad diferente y ahí veo si la hago o no. Si tengo que pensar en algo, quizás una comedia musical. Me gusta, me divierte, me entretiene. No sé cantar, pero bueno… Susana cantó y yo también puedo aprender -se ríe-. Para una obra de teatro se ensaya, se practica. Podría ser un desafío. Pero yo vivo el hoy, el ahora. Desde chica aprendí a vivir así. Por supuesto que tengo proyectos, que programo cosas, que me pongo objetivos. Todos necesitamos tener metas porque eso también nos mueve en la vida. Pero sin desesperarnos. Si querés hacer algo, ponete esa meta. No importa si te lleva un mes, un año o diez años. Lo importante es que tengas un proyecto que te haga feliz.
Hay una última pregunta, la que habitualmente cierra las entrevistas. No habla de dinero, de negocios ni de fama. Busca algo más sencillo y, quizás por eso, más difícil de responder.
¿Qué te gustaría que la gente piense cuando escucha tu nombre, cuando piensa en Ingrid Grudke?
Que soy una buena persona.
Nada más.
La respuesta es breve. No menciona los desfiles internacionales, los reconocimientos, las revistas ni los negocios. Después de tres décadas de exposición pública, lo que Ingrid quiere que permanezca de su nombre es algo que no se mide en contratos ni en balances.
La entrevista parece terminada. Llegan los agradecimientos. Pero todavía queda una pregunta. Una que lleva la conversación hacia las personas que ya no están.
¿Con quién te hubiese gustado compartir este éxito? Me imagino que con tu papá, ¿verdad?
Y mi hermano.
¿Hace cuánto que no está tu hermano?
Once años.
La voz se le quiebra. Ingrid empieza a llorar.
Siempre que tocan a mi hermano me pongo así.
Ya no hacen falta más preguntas. Durante la entrevista habló de las decisiones que tomó, de las oportunidades que aprovechó y de los errores que la ayudaron a crecer. Recordó los 3.000 pesos que su madre le guardó cuando la familia atravesaba dificultades, la chacra de Los Helechos, el viaje a Barcelona y la popularidad que tuvo que aprender a manejar. Pero el recuerdo de su hermano la desarma.
Es el momento en que la figura pública deja lugar, sin ninguna preparación, a la mujer que extraña. A la hija que hubiera querido tener a su padre cerca para mostrarle hasta dónde llegó. A la hermana que, once años después, todavía no puede hablar de esa ausencia sin emocionarse.
La Oma, la nueva yerba, tiene entonces otra dimensión. No es solamente una marca que busca abrirse camino en las góndolas. Es una manera de reconocer a quienes hicieron posible el camino anterior. A los que están y a los que faltan.
La historia de Ingrid Grudke empezó en una chacra misionera, atravesó pasarelas internacionales y escenarios repletos de estrellas, y hoy vuelve a la tierra colorada con el nombre de su madre impreso en un paquete de yerba mate. Quizás ahí esté la síntesis de esta nueva etapa de reconstrucción: después de dedicar buena parte de su vida a construir una marca alrededor de su imagen, Ingrid decidió que su primer producto propio llevara el nombre de otra persona. El de la mujer que le enseñó a trabajar, a administrar su dinero, a equivocarse sin miedo y a ser libre. La Oma.
